7 de julio 2009 - 00:00

El eterno Kissinger, tras bambalinas

De la cumbre de dos días entre los presidentes Barack Obama y Dmitri Medvédev en Moscú, el encuentro más importante será el que hoy mantenga el estadounidense con el primer ministro Vladimir Putin. De esos 90 minutos asignados para la cita surgirán posiblemente los lineamientos del «reseteo» en la relación entre Rusia y EE.UU.

Es que ese reseteo, si bien pasa por un paquete de temas geopolíticos y de desarme nuclear que rediseñarán la relación de fuerzas, más relajada, entre Occidente, la OTAN, Europa y Moscú, también puede devolverle a Rusia el «ego» de poten-cia mundial que perdió con la disolución de la URSS en los 90.

Es lo que pretende Putin. Y a lo que apuntó Obama la semana pasada, cuando destacó la buena disposición de Medvédev y la contrastó con la de Putin, que «tiene un pie puesto en la antigua manera de hacer negocios y el otro, en la nueva». Algo que el aludido Putin contestó con «estoy firmemente parado sobre mis dos piernas», respuesta que buscó reforzar la imagen de una Rusia que ya no está «de rodillas» sino de pie.

Así, el intercambio verbal entre Obama y Putin dejó traslucir el tema de fondo de esta cumbre Rusia-EE.UU.: ¿cuál debe ser el papel del país euroasiático dentro del nuevo orden mundial? ¿El que tuvo en la Guerra Fría, como pareciera pretender Putin? ¿O el de aliado de EE.UU. en los conflictos de Asia Central, Irán, Afganistán y Medio Oriente?

Acuerdos

Algunas de esas aristas en las pretensiones tanto de Rusia como de EE.UU. ya fueron limadas en los acuerdos firmados ayer. Por un lado, el compromiso mutuo de desarme, por el que ambos países reducirán en casi un 50% las cabezas nucleares y vectores desplegados. Un beneficio, sobre todo para el Kremlin, que en esta debacle económica mundial, se las ve negras para mantenerse en la carrera armamentística con el Pentágono.

Por el otro, un acuerdo en el que Moscú autoriza a tropas norteamericanas a transportar por territorio y espacio aéreo ruso los aprovisionamientos para la guerra en Afganistán. Es una ruta alternativa a la utilizada hasta ahora por los convoyes de EE.UU. a través de Pakistán.

Lo que no se resolvió aún y es lo que se presume definirán en su «minicumbre» el presidente Obama y el primer ministro Putin es el mapa de Europa. Es lo que permitirá percibir si se pudo concretar la relación reseteada, que busca la administración Obama. En otras palabras, si prevalecerán las políticas heredadas del Gobierno de George W. Bush, de expansión hacia el Este, con posibles nuevas incorporaciones a la OTAN de ex satélites soviéticos (como Georgia o Ucrania) y si en ese derrotero se continuará con la idea de erigir escudos antimisiles en Polonia y en la República Checa. O si, como pide Rusia, se le permitirá a Moscú seguir controlando su «buffer zone» o zona de influencia sobre lo que fue la URSS.

Pero así como en Rusia, analistas políticos como Ieugeny Kinselyov previenen que la política de Putin puede asemejarse a la de los 70, cuando Leonid Breshnev en plena bonanza de petrodólares lanzó un ambicioso plan militar y de expansión mundial, en Washington también recurren a la experiencia de los 70. Un ícono de la diplomacia de aquella década, Henry Kissinger (secretario de Estado con Nixon y con Ford), es quien ha estado al frente, desde diciembre de 2008, de las negociaciones con Vladimir Putin.

Kissinger, a quien se le atribuye haber acuñado el concepto de «nuevo orden mundial», es desde hace una década un frecuente invitado a la «dacha» de Putin, en las afueras de Moscú. Un referente de confianza. Que no sólo fue de los primeros en valorar el resurgimiento de Rusia, sino quien habría cerrado -se dice en Washington- un preacuerdo con Putin: el permiso de paso para tropas de EE.UU. por territorio ruso hacia Afganistán a cambio de un «detente» en la expansión de la OTAN hacia el Este. En esto contaría con el necesario aval de París y Berlín. Si así fuera, el reseteo buscado ya estaría en marcha.

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