2 de julio 2010 - 00:00

El euro está condenado al éxito

Enrique Blasco Garma
Enrique Blasco Garma
Algunos comentaristas dictaminan el fracaso del euro y su desaparición con frases pegadizas. «Dieciséis países con economías y productividades tan diferentes no pueden compartir la misma moneda», es un verso repetido en tono doctoral y gesto sabihondo. La frase es tan contagiosa y fácil de digerir que, de inmediato, los oyentes desprevenidos la comparten y hacen suya, sin más consideración.

La falla lógica es similar a decir: ¿Cómo pretender que se mida con el mismo kilogramo a flacos y a gordos? Precisamente, la balanza existe para medir pesos diferentes de unos y otros sin inconvenientes. Usar la misma medida ofrece muchas ventajas y es el primer paso para entenderse. Justamente, las medidas están para comparar y, en el comercio, saber qué se entrega o se recibe.

Lo mismo ocurre con el euro. Los intercambios económicos superaron al trueque mediante el uso de una medida de valor consensuada, la unidad de cuenta y de crédito. Poniéndose de acuerdo en un signo monetario, los humanos vencimos las limitaciones del trueque y ampliamos el ámbito y extensión de los intercambios. Podemos seleccionar más opciones, mejores productos y proveedores.

Necesario

La moneda permite separar -en el tiempo y en el espacio- las compras de las ventas, porque es una medida de valor. Entonces, lo único necesario en los intercambios, con cualquier moneda, es que las partes se pongan de acuerdo en el valor de la cosa intercambiada.

Tantos euros por hora trabajada, por un kilo de pan, un auto o cualquier otra cosa. Los millones de transacciones diarias que se realizan en la eurozona confirman la vigencia de ese requisito. Es más, los intercambios crean tanto más valor cuanto más diferentes las capacidades y necesidades de las partes. Justamente, una de las grandes ventajas de la eurozona es facilitar transacciones entre naciones diferentes.

Al acordar una moneda común, las más rezagadas ganan y progresan más. Las más avanzadas reducen los costos de transacción y llegan a más clientes. Todos se benefician. El comercio desplaza a la guerra. Por eso adoptaron esa moneda. El euro y sus instituciones facilitan la paz y la inclusión social de más actores y negocios, aumentando la creación de valor en toda la eurozona. Más alimentos y bienes, menos armamentos. Esa es la razón de su éxito y de que exista una cola con naciones deseosas de adoptarlo, de ser admitidas como socios en el club.

El planteo de que Alemania no puede usar el mismo patrón que Grecia o Portugal es tan absurdo que nunca se planteó, durante la larga vigencia de los patrones monetarios metálicos, el oro o la plata. El mismo patrón se aplicó para todos los países del mundo sin dificultades de competitividad durante siglos. Las monedas del Imperio Romano se utilizaron en la mayor parte de Europa y en el Cercano Oriente, en una superficie geográfica aún más amplia que la del euro, sin que nadie incurriese en la falacia de cuestionar si se pueden realizar intercambios entre personas de distinta productividad.

Productividad

Bill Gates puede comerciar con el comprador común de software; nadie pretende que ganen lo mismo. Si Alemania es más productiva que Grecia, su gente ganará tanto más. La productividad tampoco es la misma en las distintas provincias argentinas o en los estados de EE.UU. No obstante, utilizan la misma moneda. Y nosotros seguimos empleando el dólar en la compra de inmuebles, el comercio exterior y las reservas internacionales. El euro ha sido un éxito y lo será cada vez más. Tanto que las naciones miembros verán achicarse las brechas de productividad entre ellas.

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