25 de marzo 2010 - 00:00

El euro, por primera vez, rinde examen

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Dar sonoros martillazos a un clavo que no existe es una manera de instalar una idea. Sostenerla en el tiempo exige más. Contrariamente a lo que se decía, y se machacaba una y otra vez, el euro no se apresta a disputarle la supremacía monetaria al dólar de los EE.UU. Por extraño que parezca a quien prestó oídos a esa percusión -familiar hasta hace muy poco- ya no se escuchan voces a favor, siquiera, de un mayor prota-gonismo del euro. ¿No es un giro excesivo? Aun así, el viraje se justifica. La reali-dad tal como es, sin maquillaje, denota que no hay reforma en ciernes, ni mutación del sistema monetario internacional. El rol central del dólar se preserva inalterable; no importa si su cotización se fortalece (como ahora) o se debilita (como ocurriera desde 2002 a 2007). Que le toque al euro soportar los chubascos tampoco debiera llevar a extremos; mucho menos a expulsarlo bruscamente de los portafolios. Pero hay una verdad que no conviene pasar por alto.

A diferencia del dólar, la consistencia del euro -vale recordar, una moneda supranacional- no ha sido nunca puesta verdaderamente a prueba. Un hecho que se supo siempre, que nadie puede descubrir azorado -como si fuera una revelación divina- recién en 2010.

Visión

No hay nada personal contra el Banco Central Europeo (BCE). No hay críticas tampoco. No todavía. Pero la visión sobre la fortaleza del euro giró en un mosaico y se pobló de interrogantes. No es la política monetaria, por cierto, la que cambió. Es la política fiscal la que levantó campamento y desanda el camino. Bajo cualquier óptica, la crisis golpeó más duro a Europa que a los EE.UU. Ni qué comparar con China. Pero es el Viejo Continente, con determinación y el compromiso de anuncios tajantes, el primero que recorta la provisión de estímulo extraordinario. No hay aquí ninguna pretensión de sintonía fina. Ocurre que Grecia escaldó y disparó las alarmas.

El objetivo europeo es regresar, cuanto antes, a la disciplina de los límites de Maastricht (un déficit anual de las cuentas públicas que no exceda el 3% del PBI y, de ser posible, una deuda que no supere el 60%). En ese empeño, el programa fiscal por ejecutar es monumental. Grecia debe podar un desequilibrio de casi 10 puntos del PBI de aquí a 2013. España e Irlanda, 8 puntos y medio. La propia Francia, 5 puntos. No hay nadie holgado: todos deben apretarse el cinto.

Como mentir está mal visto, y después de Atenas cunde el escepticismo, los ajustes comenzaron a rodar ya. Poner a Grecia contra la pared, uno imagina, convenció a los reticentes. ¿Qué margen de maniobra le queda al BCE? La inflación de la eurozona no es problema. Su última lectura -el 0,9% anual- es apenas la mitad de su meta. La huerta está en orden. Sin embargo, forzar un ajuste fiscal sobre una economía tan frágil es una apuesta con riesgos enormes. De ahí que la expectativa de un endurecimiento de la política monetaria haya pasado a cuarteles de invierno, justo ahora que debería florecer la primavera. La debilidad del euro es su correlato bienvenido, el único bálsamo entre tantas asperezas.

Austeridad

Recuperar Maastricht es volver a las fuentes del euro. Es un baño de austeridad que se promete purificador pero es también una incursión peligrosa en río revuelto. Y, en principio, hasta el momento sólo ha sido tragar agua. Desempacar el plan fiscal de Grecia, por caso, no mejoró sus condiciones monetarias ni crediticias. La economía se hundirá más y buena parte del ajuste fiscal se perderá por ese lado y, a la par, tasas de interés más altas amenazan devorar el resto del esfuerzo. La insólita impasse que se produjo en el eje Berlín-París -que, a la manera del perro del hortelano, no resuelve a qué ventanilla financiera Atenas puede acudir- extiende gravosamente la agonía.

En concreto: el ajuste fiscal no entrega las ganancias de reputación que en el papel se prometen. Ayer, la agencia Fitch aportó otro botón de muestra: ponderó el paquete portugués, y lo juzgó «creíble», pero le rebajó a Lisboa la nota de su deuda porque augura hacia delante «decepciones macroeconómicas». Esto es, anemia de actividad. En otras palabras, Fitch no cree que un buen carro tire del caballo. Si algo se aprendió de la Depresión es que conviene, primero, asegurarse de engordar el caballo.

El cielo puede esperar. Esquivar el infierno es más urgente. Grecia es un país pequeño y Europa puede permitirse castigarlo en la plaza pública para que purgue, aquí en la Tierra, sus pecados. Pero, siendo pequeño, Grecia es el talle más grande que Europa puede alojar en el limbo hasta decidir qué tratamiento, entre varias alternativas, aplicarle. Depende sólo de Europa determinar si se hace cargo a su exclusiva cuenta o si lo transfiere al FMI, como ocurrió con Lat-via, Bielorrusia o Hungría, entre otros países de Europa Central y del Este en 2008/2009. Pero el ancho de las espaldas del Viejo Continente es limitado. Y, si no se le pone freno, el contagio de la crisis griega muy fácilmente las doblegará. Nada cuesta vituperar y hacer leña del árbol caído aunque sea de pésimo gusto -basta recordar qué se decía de Asia cuando tambaleó doce años atrás-, pero la verdad es que Europa no podría digerir un tropiezo severo de los menoscabados PIGS. España sola sería demasiado grande. Y mucho antes, inclusive con un mal paso en Grecia, la crisis ya se habría convertido en una crisis bancaria. Y nadie tiene más para perder allí que Alemania y Francia. Tirar manteca al techo es una manera de fundirse. Financiar la manteca, es otra. En definitiva, una crisis de la banca europea sería una real prueba de fuego para el euro. Una que habría que evitar.

Dejá tu comentario