- ámbito
- Edición Impresa
El FMI ya cuenta con nueva bazuka global (apuntará a Europa)
José Siaba Serrate
-como los BRICs- dejaron claro que su pretensión es la de adquirir, en paralelo, más voz en el FMI y en los organismos internacionales.
La red de seguridad de la eurozona está lista. Dice Joerg Asmussen, miembro alemán del BCE: el muro cortafuego supera el billón de euros. En marzo el acuerdo que autorizó la coexistencia futura de los dos principales fondos de rescate europeos (FEEF - MEDE) alumbró un cañón de 700 mil millones de euros (de los cuales 500 mil millones se preservan intactos). Para redondear el billón hay que contabilizar como propios los flamantes recursos comprometidos al FMI. En ese sentido, Canadá propuso sin éxito que los países no europeos tuvieran un derecho de veto para limitar la proporción de la asistencia del FMI que absorbe Europa.
Amén del muro cortafuego existe una segunda batería de defensa a cargo del BCE. El incendio de la crisis, después de todo, lo apagó el banco central con su política de pases y el vertido de un billón de euros que irrigaron, en un momento álgido, las arterias taponadas de los bancos. Aparte de los pases, el programa SMP del BCE permitió compras de bonos públicos (que se mantienen en cartera) por 214 mil millones de euros. La cifra total trepa a 280 mil millones si se suman sendas iniciativas de compras de bonos cubiertos. Aun así, el BCE no es la panacea. Provee recursos de liquidez, pero
-como se demostró en la reestructuración griega- no está dispuesto a absorber pérdidas. Y la crisis no se debe sólo a la falta de un prestamista de última instancia. Hay trastornos de solvencia (y dudas y temores) que necesitan ser atendidos. La barrera cortafuegos es un complemento idóneo para sellar esas fisuras.
Qué paradoja: Europa, a la par que nos muestra la altura del muro, nos muestra también que no sabe cómo usarlo. No hay asunto importante más demorado en su tratamiento que la capitalización adecuada de sus bancos. Dos años atrás, EE.UU. y Gran Bretaña abordaron el problema a satisfacción. Podrá discutirse o no cuál es la verdadera situación patrimonial de ambos sistemas financieros, pero, de hecho, no hay signo exterior alguno que denote una preocupación material. No puede decirse lo mismo de los bancos europeos (que en el renglón del apalancamiento, como bien se sabe, militan en una liga aparte). Y cargarle el sambenito exclusivo a España, como se pretende, es un engaño trivial. La solución anglosajona fue contundente: la reposición velocísima del capital (sin descartar la inyección de prepo de recursos públicos). Lo que en EE.UU. se financió con el plan TARP lo puede hacer la bazuka de los fondos de rescate. El FMI es quien más empuja la moción. Cita razones de peso: una estabilización europea exitosa requiere reestructurar a los bancos débiles, y asistir al sistema financiero en el proceso de desendeudamiento.
El muro cortafuegos cuenta con los medios para ambas tareas. El FMI propone que, cuando la situación lo requiera, se puedan inyectar aportes de manera directa a los bancos. Bruselas se opone (en rigor, como siempre, es Berlín la que se niega). La posición europea sostiene que la asistencia debe volcarse al país, éste comprometerse a un programa convencional, y responder por el dinero (que, por su intermedio, se girará después a los bancos). Es una dura pulseada. Oli Rehn, el comisionado de Asuntos Económicos, el fin de semana, descartó que la Unión Europea vaya a seguir la recomendación del FMI. La pregunta es obvia: si el muro no se puede usar para lo que de veras se necesita, ¿para qué sirve?
La experiencia de Grecia, Irlanda y Portugal señala que los rescates europeos son un salvavidas de plomo. Con toda razón España rechaza el convite. No lo aceptará mientras pueda evitarlo porque nadie aspira a ser un muerto en vida. ¿Cuál es el corolario? Que si el rescate convencional es la única vía para aceitar una capitalización vigorosa de la banca, ésta tampoco procederá. Así se explica que el asunto permanezca en el limbo. Lo que a su vez realimenta las tribulaciones de los países bajo sospecha. Lo expresó Mohammed El Erian de Pimco con claridad meridiana: «España no es insolvente. Italia no es insolvente. Si España logra convencer a los inversores de que está haciendo progresos en la reestructuración de sus bancos no necesitará ayuda externa». Mientras rija el criterio que defiende Bruselas, los dos barcos -España y su sistema financiero- se hundirán (o se salvarán) juntos. ¿Tiene sentido? Alemania así lo prefiere.
Canalizar la asistencia directamente a los bancos expone a esos recursos a la posibilidad de un quebranto (como los tuvo que afrontar el plan TARP en los contados casos en que así ocurrió). La deuda ya no sería de España, sino de cada banco individual. Como contrapartida no se le debería exigir más ajuste y más reforma a España, sino, caso por caso, a cada entidad. ¿No sería lo lógico? ¿Por qué transformar automáticamente en fiscal un problema que no lo es? Europa puede lidiar con el riesgo sistémico de la banca mucho mejor que cada país en forma independiente (fue, dicho sea de paso, lo que hundió a la infortunada Irlanda). Si la fortaleza del muro consiste en la agregación de los recursos, ¿para qué fraccionarlos a escala nacional a la hora de abordar el problema? Cuando además se sabe que el sistema financiero es una madeja de conexiones que no reconoce fronteras (y tampoco el contagio). Convencer a Europa no será fácil. Aun para el FMI. Así lo único bueno del escozor por España es que debería acortar los tiempos de ablande.


Dejá tu comentario