16 de octubre 2013 - 00:00

“El hampa funciona como un espejo de la sociedad”

Herrera: “Más que llevar al lector por el suspenso lo hago ingresar en una especie de torbellino (...). Pienso que el destino es lo que debemos cumplir, y no el plan que trazamos con displicencia”.
Herrera: “Más que llevar al lector por el suspenso lo hago ingresar en una especie de torbellino (...). Pienso que el destino es lo que debemos cumplir, y no el plan que trazamos con displicencia”.
Marcos Herrera dejó de escribir poesía, y se pasó a la narrativa a fines de los años 80, para contar del deterioro del conurbano, del mundo de la marginalidad extrema, y de los amores no convencionales. Sus primeros cuentos se los dio a Ricardo Piglia, y eligió uno para su libro "Las fieras, antología del género policial en la Argentina". Tras la premiada "Ropa de fuego" y "La mitad mejor", acaba de publicar su tercera novela, "Polígono Buenos Aires" (Edhasa). Dialogamos con él.

Periodista: Su novela, que está escrita en primera persona, cuenta la historia de una especie de micro dealer con mucha veracidad.

Marcos Herrera: Para poder escribir "Polígono Buenos Aires" tuve varias entrevistas con un dealer porque necesitaba conocer puntualmente algunas cuestiones que aparecen al pasar en mi libro. Era un chico joven, particularmente muy inteligente, y bastante averiado. El mundo narco es un tema que me interesa desde siempre porque creo que el hampa funciona como un espejo de la sociedad, un espejo más brutal y más franco, y porque el poder tradicional tiene una estructura mafiosa oculta. La droga, como tema tabú, como cosa prohibida, ilegal, es interesante para armar tramas que meten el dedo en la llaga, entre otras cosas, sobre aspectos de la moral convencional. El narrador de "Polígono Buenos Aires" viene de un proceso de rehabilitación de cocaína, tras haber sido un dealer exitoso y un consumidor desbordado,

y se enfrenta a un duelo filial.

P.: ¿Por qué el escenario donde comienza todo es Avellaneda?

M.H.: Eso tiene que ver también con otros textos que vengo trabajando. Yo viví durante mucho tiempo en Quilmes y en Bernal, y conozco muy bien la zona sur, y creo que el conurbano es narrativamente muy interesante. Ese escenario impone un estilo al relato.

P.: Su modo de contar se establece en una línea de la literatura argentina donde están Roberto Arlt, Bernardo Kordon, el primer Jorge Asís. ¿Se siente pariente de ellos?

M.H.: Sin duda. Fundamentalmente el gran Arlt, y obviamente de Kordon. Pero también de mucha literatura estadounidense. William Bourroughs, Norman Mailer, Thomas Pynchon, y el últimamente lejano Henry Miller, son autores que siento cercanos aunque los que ellos cuentan son otros universos. Después, claro, está la novela negra de Jim Thompson, de James Ellroy. Por ahí vienen mis influencias.

P.: "Polígono Buenos Aires" no es una novela policial, pero usa cierta intriga del thriller, no trabaja desde el suspenso sino que va tejiendo momentos de una vida.

M.H.: Comienzo desde un hecho clave, la muerte del padre, que contiene peripecias tragicómicas, a la vez que es simbólicamente fuerte. Creo que es una especie de novela familiar desplazada. Yo nunca trabajo desde la trama, me voy enterando de lo que va pasando a medida que voy escribiendo. Trabajo más desde el lenguaje, y averiguando a partir de lo que se me ocurre. Más que llevar al lector por el suspenso lo hago ingresar en una especie de torbellino. Me gusta ese tour de force del protagonista que anda como bola sin manija. Pienso que el destino es lo que debemos cumplir, y no el plan que trazamos con displicencia.

P.: ¿Cómo llega a instalarme en una especie de realismo duro?

M.H.: Eso resulta curioso porque empecé en la poesía. A fines de los ochenta comienzo a escribir una serie de relatos donde se va a prefigurar lo que va a ser la crisis del 2001. Empiezo a retratar el deterioro que se ve en conurbano. Y ahí me intereso mucho por el mundo de la marginalidad, por ponerle una etiqueta. Mi primer libro de relatos fue "Cacerías", después, en 2001, aparece la novela "Ropa de fuego", y en 2009, "La mitad mejor", en donde partí de la frase de Goethe: "la noche es la mitad de la vida, la mitad mejor". En "La mitad mejor", que al no estar escrita en primera persona, es como si trabajara con más cámaras, cuento de personajes "villeros villeros", más marginales, en una ciudad un tanto imaginaria, una mezcla de Buenos Aires y Rosario, con mucha presencia del río. Sí, obvio, Juan Carlos Onetti es otro escritor que admiro. Mi viejo decía que "después de leer a Onetti, y que él te envíe a leer a Faulkner, y leés a Cortázar parece que pasás de tomar ginebra a tomar agua mineral". Quizá esa influencia me lleva a interesarme en los amores que están fuera de la norma, no convencionales.

P.: Como la que tiene Claudio, el narrador, con Carla, y que él, igual que otras. va dejando atrás en un perpetuo avance que se convierte en huida.

M.H.: Son distintas historias que quedan abiertas, y que podrían reaparecer en una obra futura. En "Polígono Buenos Aires" aparece Cilirius, que ya estaba en mi novela anterior, y es quien viene con esa droga nueva que se sintetiza a partir de unos gusanos transparentes. Tanto el tío que llaman Buda, que hace experimentos genéticos con ratas para convertirlas en chinchillas, como lo de Cirilius, son trazos arltianos que funcionan dentro de este verosímil descolocado.

P.: ¿Esa característica de estilo es lo que llevó a Ricardo Piglia a colocar un relato suyo en "Las fieras, antología del género policial en la Argentina"?

M.H.: Cuando estaba escribiendo mis primeros relatos fui a la presentación que hacía Piglia de la última novela de Onetti "Cuándo ya no importe". A instancias de la que en ese tiempo era mi mujer, le llevé unos cuentos. Al otro día, para mi sorpresa, me llamó por teléfono y me dijo que le había gustado mucho el tono. Y así fue como, cuando hizo su antología del policial, incluyó uno de los cuentos de "Cacerías". Ahora, cada tanto nos juntamos a tomar un café.

P.: ¿Cómo hacer para mezclar lenguajes marginales diversos en "Polígono Buenos Aires"?

M.H.: En un caso es una cuestión de oído, proviene de lo que escuché durante muchos años en el tren de Constitución a Quilmes. El idioma es un material que va mutando permanentemente. Hay palabras del argot que desaparecen, pero otras son normalizadas. En el caso del lenguaje de los ucranianos de un capítulo de mi novela, es una invención a partir de formas de imitación de la cultura popular, de cómo apareció en programas de humor, y que tiene como referencia el cocoliche del sainete.

P.: ¿Cómo se instala en una literatura argentina que hoy es muchas literaturas diferentes?

M.H.: Hay autores que creen que la literatura es un blooper, un especie de chiste ingenioso, que ése es el objetivo, y cada tanto reparte guiños para grupos de iniciados. La gran influencia en esto proviene de César Aira. Él desactiva cosas que vienen de la tradición literaria argentina, de Arlt, Kordon, Walsh, Saer, Piglia. Aira escribió "Saer es tan bueno que no lo puedo leer", es desactivarlo. Lo mismo se hace con Borges. A mí, y a otros autores de mi generación, nos interesa retomar aquella tradición donde los conflictos son conflictos y no mera liviandad. Hoy en nuestras letras hay mucha variedad. Nuestra literatura está mucho mejor que cuando volvimos a la democracia, donde se notaba que habían desaparecido muchos. Hoy hay riqueza y mucha variedad.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.H.: Terminé otra novela, y la estoy corrigiendo, y también armando un libro de relatos. En la novela, "Siete puertas", quiero correrme un poco de lo tan relacionado con el género policial y trabajar un poco más con la fragmentariedad de las historias y el lenguaje poético. Pero el universo sigue siendo el mismo, hay una terminal de trenes que es Constitución, aunque no se lo diga, como no se diga que cuento del Hotel Tren Mixto, que está pintado de rosa, y donde se mezclan paraguayos con senegaleses. Entre los personajes excéntricos está Kraus, un tipo instruido que decide hacerse mendigo y al que un médico, del que se hace amigo, lo bautiza como "el mendigo inmortal"- Kraus tiene un séquito de pordioseros que lo escuchan cuando les habla, por ejemplo, de Barba Azul aquel personaje de Charles Perrolt que se dedicaba a matar a sus esposas.

Entrevista de Máximo Soto

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