29 de diciembre 2015 - 00:00

El hierro suma potencia a los diseños de Siquier

En el material de los cuadros de Pablo Siquier que se exhiben en Ruth Benzacar está la clave de la expresividad: la densidad y el peso del hierro trefilado transmiten la fortaleza que afianza su condición inmutable.
En el material de los cuadros de Pablo Siquier que se exhiben en Ruth Benzacar está la clave de la expresividad: la densidad y el peso del hierro trefilado transmiten la fortaleza que afianza su condición inmutable.
En los principios del año 2015 la galería Ruth Benzacar dejó la sede de la calle Florida, recicló la arquitectura industrial de un viejo espacio de Villa Crespo y lo inauguró con la muestra de una artista que bien puede considerarse un clásico: Liliana Porter. En estos días, para festejar el 50° aniversario de la galería y cerrar el año, el artista elegido fue Pablo Siquier. Otro clásico. Ligado desde los comienzos de su carrera a la galería, Siquier integró el staff de su fundadora, Ruth Benzacar, luego trabajó con su hija, Orly Benzacar, y también hoy con su nieta, Mora Bacal.

Hasta promediar el mes de enero, el artista presenta en el flamante y enorme espacio de doble altura, tan sólo cuatro obras realizadas en hierro trefilado e instaladas como cuadros sobre las paredes. El origen de los diseños en metal se puede rastrear en los murales realizados con carbonillas in situ para la Bienal de San Pablo del año 2004 y, de un modo más preciso, en la gran escultura también de hierro expuesta en el Centro Cultural Recoleta en 2012. Esta obra monumental fue adquirida por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y emplazada en el Parque Thays, donde se exhibe en la actualidad.

La muestra que exhibe Ruth Benzacar se titula "Confort psíquico". El nombre establece una relación directa con el texto del curador del envío argentino, Marcelo Pacheco, para la presentación del artista en la mencionada Bienal de San Pablo. El texto indaga elementos perdurables y recurrentes en las obras de Siquier, así se destaca la búsqueda de un lenguaje "confortable": "En sus cuadros había algo de pastiche, de simulacro, de maqueta; había apropiaciones, hibridaciones, citas y artificios. Todo su vocabulario se volvía confortable, tenía una razón de ser en este tiempo de las escenificaciones y las nostalgias retro".

El tema de Siquier son las ciudades y, con su gramática abstracta, ha pintado a Buenos Aires como nadie lo hizo antes. Toda su obra se nutre del nervio de la energía urbana y su trayectoria ha consolidado un destino común. De hecho, la propia ciudad parece convocar al artista. Sus murales están emplazados en lugares tan disímiles como el Art District de Puerto Madero, la estación de subterráneos Carlos Pellegrini, el Centro Cultural San Martín, el Sanatorio Güemes o el restorán Calcio, además de numerosas casas de coleccionistas. Es más, cuando comenzó a crecer Puerto Madero, surgió el proyecto de llevar sus imágenes a las veredas (proyecto que nunca se concretó) para brindarle una identidad especial al nuevo barrio porteño.

En sus inconfundibles pinturas en blanco y negro, Siquier diseñó las sombras, los silencios y los recodos de Buenos Aires. Después, con el dinamismo sensible de la carbonilla puso en evidencia el vértigo urbano y los ejes fundamentales que marcan su estilo. Ahora, en los cuadros de hierro trefilado exhibe la fuerza que permanece oculta, el poderoso punto de apoyo que sustenta la arquitectura. No obstante, el sentido de estas abstracciones es difuso, se mantiene agazapado, suspendido en el tiempo y en el espacio como un mensaje secreto. Para comenzar, los diseños han multiplicado su potencia. El material determina esta condición vigorosa, aunque la presencia del hierro trae la nostalgia de los edificios que ostentaban la belleza de las columnas y arcos a la vista, como el antiguo Mercado del Abasto.

En efecto, los cuadros muestran de modo dramático las distintas tensiones que cruzan las megalópolis, representan las fuerzas de los enclaves urbanos que, en ocasiones, resultan incompatibles entre sí: la agitación de las zonas vibrantes y la calma incierta de la periferia. Además, en el material de esos cuadros está la clave de la expresividad: la densidad y el peso del hierro trefilado transmiten la fortaleza que afianza su condición inmutable.

La férrea trama de esas escasas cuatro obras es metáfora de la complejidad de Buenos Aires, a veces tan abierta y vibrante que cuesta reconocer sus límites o tan cerrada que apenas si deja filtrar la mirada.

Liberado de las ataduras de la figuración, el artista exhibe algunos rasgos del art déco porteño, formas que al cruzarse con las derivaciones de otros estilos de la modernidad, fueron dejando su huella.

Siquier explica con claridad su interés por los "rastros" estilísticos: "La arquitectura siempre ejerció una fuerte influencia en mi obra, pero también el diseño, el urbanismo, el modernismo y las secuelas del modernismo. Me interesan sobre todo los repertorios formales de los estilos, ver cómo se van ensuciando y modificando con el paso del tiempo y con los desplazamientos geográficos. Como el art déco, otros estilos también se van enfermando, uno se contagia del otro". Las obras son fácilmente reconocibles, el repertorio de formas se reitera y le depara al espectador la gratificación de adivinar quién es el autor.

Al promediar la década del 90, críticos como Fabián Lebenglik, Carlos Basualdo y Fernando Farina encontraron un parentesco cercano entre la obra de Siquier y el arte concreto argentino, portador de una firme ideología. "Las mezclas de estilo y la hibridación desactivan las ideologías", sostiene Siquier. "Pero siempre me gustó la arquitectura persuasiva que está al servicio de la ideología, como la fascista de Albert Speer. Me atrae Boullee, que en el siglo XVIII diseñó grandes proyectos que no se llegaron a construir por su dimensión desmesurada. Admiro la arquitectura de Salamone, esos edificios monumentales que levantó en La Pampa", agrega.

Hoy, el rigor formal alcanza su máxima expresión con el hierro. Pero los diseños actuales, lejos de gratificar la mirada con los ritmos y vaivenes de las curvas y contracurvas de las pinturas en blanco y negro, muestran un mundo que poco a poco se va cerrando, como una prisión.

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