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El Mamba engarza un nuevo eslabón al proyecto Tándem
Una de las obras más representativas del espíritu de la muestra del artista francés Pierrick Sorin, que el Museo de Arte Moderno inauguró dentro de la cadena de intercambios culturales movilizados por el proyecto Tándem, Buenos Aires-París 2011.
La obra de Sorin es atractiva, acaso porque está más ligada al cine, el arte del movimiento por excelencia, que a las estáticas bellas artes tradicionales, la pintura y la escultura. Además, es obvio que Sorin busca sorprender al espectador y sin duda lo logra. Para alcanzar su objetivo, con la habilidad de un ilusionista despliega una serie de «trucos» que elabora con verdadero ingenio y de este modo genera el encantamiento característico del espectáculo. Un encantamiento que acaba por brindarle sentido a una obra que, de inmediato, suscita el recuerdo de las películas de Chaplin, Buster Keaton y, sobre todo, Jacques Tati y su inolvidable personaje Monsieur Hulot.
Luego, el artista llama «Teatros ópticos» a unas cajas de sorpresas, realizadas con herramientas que toma de las diversas disciplinas que pone al servicio de su imaginación, como la ingeniería, el diseño, la fotografía, el cine, el video-clip, la publicidad o la historieta, entre otras. Las ficciones de Sorin no ocultan los aspectos que poseen en común con los perfiles más engañosos del espectáculo y de sus brillos inmateriales. Por el contrario, esta relación está subrayada a través de los temas que aborda. Una de las obras más representativas del espíritu del artista es un escenario convertido en una pecera, allí, en un universo surrealista, una banda de chicas aparece sumergida en el agua, bailando entre algas y peces de colores.
Del mismo modo, al carácter familiar que posee un objeto común, como un viejo tocadiscos, Sorin le contrapone el extrañamiento que genera el encuentro con unas imágenes fantasmáticas: la del propio artista corriendo sobre el disco de pasta (para estar siempre en el mismo lugar) o las de unas jovencitas bailando como apariciones. En suma, la obra se asimila a la receta de surrealista del Conde de Lautreamont, al encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser con un paraguas. Antes de que terminara el montaje de la muestra, uno de los «Teatros ópticos» todavía desarmado permitía espiar la trastienda y descubrir un viejo truco: la proyección de imágenes a través de un juego de espejos.
En el recorrido de la muestra figura, por otra parte, una galería de autorretratos del artista, quien sin ningún afán narcisista asume diferentes papeles y se ríe de los personajes que encarna.
La artificialidad de la obra opera como detonador de sensaciones, impone un estímulo inmediato: alienta la búsqueda de algún sentido a las fantasías que estamos viendo, a las cosas que resultan incongruentes y -como suele ocurrir en la vida- en realidad no son lo que aparentan.
El rasgo más pictórico de toda la muestra es el «Homenaje a Daniel Buren», un gran artista de Francia. La obra consistente en una marea de colores intensos que se desliza por una inmensa pared para celebrar el eterno rito de la pintura. El efecto es imponente y, sin embargo, la pintura como materia está ausente, fluye a través de una proyección.


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