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El mercado busca un techista
La Fed emitió el miércoles pasado un comunicado de 60 líneas. Distribuyó un documento de cinco páginas con sus proyecciones económicas y las preferencias de sus miembros con respecto a lo que cada uno de ellos considera, con la información disponible, como el sendero óptimo de política. Y, por si fuera poco, despachó al propio Bernanke a una conferencia de prensa que se tradujo en 56 minutos de conversación. Se sabe, los mercados crujieron después. ¿Cuál es la conclusión en boga? Que los inversores no entendieron lo que la Fed pretende. Que hay un problema de comunicación. Vaya que les costó comprender el QE3 cuando Bernanke lo anunció en septiembre último. Pero, ataron cabos, hicieron las cuentas, que un bono comprado por aquí y otro por allá, que es mucha plata fresca dando vueltas, y así, a pura deducción, a partir de noviembre montaron sobre su lomo un rally de aquellos en las Bolsas. El lenguaje del estímulo es universal. Gracias a las Abenomics no hubo siquiera "sell in May". Estos mercados, hábiles en descifrar el japonés, ¿qué parte de lo que dijo Bernanke no entendieron? Si comprendieron el QE3, tienen que saber muy bien qué significa su paulatina desconexión. La caída no es el fruto de la confusión. El mensaje no es lo que se quiere escuchar. Bernanke machacó un nervio sensible. Y el retroceso generalizado es el resultado que cabía esperar.
La comunicación es el arma que más se usa de la política monetaria no convencional. La Fed no es amiga de dar pasos en falso, y se sirve de ella para probar primero la solidez del terreno. Bernanke sabe que se puede cambiar de discurso a bajo costo. Contrario sensu, dar marcha atrás con una mala decisión es terrible para la reputación. La Fed se tomará su tiempo antes de retocar el QE3. Querrá asegurarse una buena fijación para la tasa larga. El único apuro es que, Obama dixit, Bernanke planea alejarse a fines de enero y no desearía dejarle la sorpresa de una tormenta al nuevo timonel.
La agenda de la Fed tiene nueve oradores anotados para esta semana. Sin contar a James Bullard, que no quiso esperar, y ya se despachó a gusto explicando su voto en disidencia (sólo le faltó escribir un paper). Tres funcionarios se pronunciaron ayer. Un "duro", Richard Fisher, de la Fed de Dallas, comparó a los mercados con puercos salvajes que merodean en busca de la primera señal de debilidad. Dijo, desafiante como buen tejano, que la Fed no va a dejarse amedrentar por unos días de turbulencia. Fisher es un anti-QE3 (si cabe el término), pero acepta que la mudanza no debe producirse abruptamente. Más vocación de techista exhibió Noreyana Kocherlakota, quien mutó de halcón acérrimo cuando se lanzó el QE2 a impulsor del QE3. El titular de la Fed de Minneapolis sí escribió un paper. Y propone una regla explícita -vinculada a la evolución del desempleo y la inflación- como vara objetiva para abandonar el programa. De aplicarse, no sería tan seguro que el QE3 podrá concluirse a mediados de 2014. Y aquí cabe citar al mejor prospecto de techista: Bill Dudley, el hombre fuerte de la Fed de Nueva York, y el que se moja con la filtración. Dudley dijo lo obvio: "La Fed se ha quedado corta con (el cumplimiento de) sus objetivos de empleo e inflación. La política, aunque agresiva según los cánones históricos, no es lo suficientemente acomodaticia". Fantástico. Sólo que Dudley votó a favor de la iniciativa que transmitió Bernanke. ¿Hay entonces una falla en la comunicación? Más bien parece una inconsistencia en la política. Si no es lo suficientemente laxa, ¿por qué comenzar a restringirla? Ése es el lado oscuro de la luna. Lo que se ve en su lugar es el poster de un pronóstico dudoso de una más rápida recuperación.


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