¿Se enfría la recuperación global? Así lo dice, sin pelos en la lengua, Christine Lagarde, la directora gerente del FMI, quien ya anunció que habrá de borronear la estimación de crecimiento al 3,5%, de por sí mediocre pero, comparada con las migajas que arrima la realidad de los últimos tres meses, demasiado alta. Nadie se salva de la gripe, desde la castigada Europa hasta los BRICS. Así, el Banco del Pueblo de China sorprendió con la segunda baja de tasas de interés en un mes. Si se toma en cuenta la parsimonia oriental, hay que entender que las papas están quemando en Pekín. Bajo los parámetros occidentales, es como si la Fed hubiese dispuesto dos recortes de tasas en la misma semana. Si existía alguna expectativa de perforar pronto este manto de debilidad económica -que se esparce por el mundo sin prisa, pero sin pausa-, se alejó el viernes con la difusión del informe de empleo en los EE.UU. Su lectura -con la adición de apenas 80 mil puestos de trabajo netos en junio- sumó otra decepción (y ya van cuatro al hilo). Todo indica que EE.UU. arañará un crecimiento del 1,5% en el segundo trimestre, después de registrar un magro 1,9% de enero a marzo. Pensar que alguna vez se soñó con la pujanza de una recuperación en forma de ve corta.
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Una semana después de una cumbre europea convertida en batahola -en la que los líderes de España e Italia les arrebataron a sus pares la posibilidad de capitalizar su banca con cargo a un fondo compartido-, el balance de los resultados conseguidos sobre el terreno es poco alentador. Madrid aprovechó la ventana de mayor tranquilidad para volver a los mercados de capitales de largo plazo. Pudo colocar 747 millones de euros a 2022 pero debió oblar el 6,50%, la segunda tasa más alta de los últimos 16 años. Y lo bien que hizo: el viernes, el bono rendía el 7%, como antes de la cumbre. ¿Habrá sido -la de Monti y de Rajoy- una victoria meramente nominal, sin consecuencias prácticas de peso? Con los tipos largos de interés al 7%, España no goza de mucha autonomía de vuelo. Sucumbirá a las redes de un rescate convencional antes de que el mecanismo de capitalización directa esté instrumentado (con todo el viento a favor, recién a fin de año). España necesita, como mínimo, una rueda de auxilio. Pero el BCE no la facilita. Mario Draghi, tras el cónclave de la entidad, anunció una módica rebaja de las tasas cortas. En vez de ser del 1%, serán del 0,75%. Pero, está claro, éstas no son las tasas que provocan la asfixia. Si el BCE hubiera hecho lo que el Banco de Inglaterra, otro sería el cantar. En Londres se mantuvieron los tipos de interés, pero se amplió el objetivo de adquisición de deuda. En Fráncfort, el veto a la compra de deuda española e italiana sigue en pie. Sin intervención oficial, los mercados, está visto, no mudarán de tesitura. Seguirán haciendo blanco en una España indefensa. Por eso Rajoy patalea de nuevo. Promete más ajustes (la recesión y las altas tasas enviaron las proyecciones fiscales al demonio) pero también exige que Bruselas le cumpla ya con lo que se pactó en la cumbre. No es que el líder gallego no conozca los tiempos de implementación, es que también conoce lo perentorio que son los suyos. Le arrancó a Europa el permiso para cruzar el río, pero el puente planeado no estará listo hasta fin de año (y, más probablemente, hasta bien entrado 2013). La balsa del BCE se niega a socorrerlo, y a Rajoy le llega el agua al cuello. ¿Qué se pretende? ¿Que ajuste y cierre la boca para que le entre menos agua? No durará así por mucho tiempo.
Finlandia mandó a decir -en palabras de su ministro de Finanzas- que considerará alejarse de la moneda común antes que tener que pagar por la deuda de los demás. Ya se había dicho: la tensión en la eurozona no pasa por la separación entre Alemania y el resto, o entre sajones y latinos, los que cumplieron Maastricht y trabajan mucho o los que no, y toda esa suerte de clichés. La crisis divide la eurozona cada vez más entre deudores y acreedores. Y ninguno está conforme. Todavía, entiéndase bien, las rajaduras se anotan; nadie ha tenido que pagar platos rotos importantes. Alemania, por caso, se beneficia de su reputación (por cierto, sin relación estrecha con su récord fiscal previo a la crisis). Cuanto mayor la desgracia de los demás, menos tasa paga Alemania. Sólo en cabeza del soberano, el ahorro anual de intereses supera los 10 mil millones de euros. De seguir así, las cuentas se equilibrarán solas el año próximo. El negocio de Merkel es apretar: desde el punto de visto estricto de su caja, disciplinar la eurozona es un proyecto que se autofinancia. Alemania aprieta, pero no ahorca porque, si lo hace, los temores de Finlandia podrían tornarse realidad y ahí sí, el quebranto sería terrible.
La economía mundial se debilita. Europa no augura nada bueno. La apuesta a favor de un repunte del empleo en EE.UU. deberá esperar un mes más para ver si se concreta. Y, sin embargo, Wall Street no pierde los estribos. No le gustó, por supuesto, la noticia laboral y la decepción pasó factura. Pero fue una semana sin grandes cambios en las cotizaciones. ¿Cuanto peor, mejor? Ya no tanto. La respuesta de la política monetaria es evidente, mas no alcanza. La Fed aportó el Twist 2. El Banco de Inglaterra apeló al QE. Hubo baja de tasas por doquier: el BCE, el Banco del Pueblo de China, el Banco de la Reserva de Australia. El Banco de Dinamarca no sólo recortó las tasas esta semana, sino que ahora cobra por mantener los fondos líquidos de los bancos bajo su órbita. El BCE tampoco los retribuirá de ahora en más. Pero Wall Street sabe por experiencia que todo ese dinero, en el mejor de los casos, es sólo un bálsamo. De ahí que se estacione en un rango de negociación. ¿Espera más? ¿El bendito QE3? Donde la banca central podría ser más eficaz, en Europa, no hay voluntad. El QE3 sería un buen placebo, pero la Fed a esta altura entró en la veda electoral. No es que no pueda intervenir, lo hará si se estropea la situación, pero no antes. Primero vendrán los tumbos y sólo después la gratificación.
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