El cuarto mayor banco de inversión del mundo, el más antiguo, el más exclusivo, se fue a la bancarrota el 15 de setiembre de 2008 con deudas de u$s 613.000 millones, el mayor agujero financiero de la historia.
Lehman Brothers se hundió infectado de productos exóticos que minusvaloraban sus riesgos, con miles de millones de activos concentrados en el sector inmobiliario, con las mejores calificaciones de las agencias de rating, y con los directivos que lo condujeron a la ruina onerosamente remunerados. Hoy podría repetirse la quiebra, aunque ningún Gobierno la permitiría.
Éstas son las siete las causas que hicieron zozobrar el capitalismo mundial hace un año:
Los medidores de riesgo de los CDO (Obligaciones de Deuda Colateralizada, es decir, los bonos basados en hipotecas de mala calidad que perdieron todo su valor tras el estallido de la burbuja inmobiliaria) afirmaban que esos activos eran solventes. Sin embargo, fueron ellos los que hundieron el banco.
El banco quebró por su cartera de CDO, que están regresando lentamente al mercado. Igual que los Total Return Swaps, unos derivados con los que los bancos prestan dinero a los hedge funds (fondos que no están regulados y que pueden tomar todos los riesgos que quieran) para que éstos, a su vez, compren créditos titulizados a los bancos.
Sorprendentemente, nadie ha hecho nada por reformar este sector, controlado, en un curioso oligopolio, por las estadounidenses Standard and Poors y Moodys, y la francesa Fitch IBCA.
Estas firmas tienen dos problemas: un conflicto de intereses porque califican la deuda de sus propios clientes, y que sus modelos de análisis de solvencia son públicos, por lo que los bancos de inversión los analizan y construyen bonos diseñados para obtener la mayor cantidad de basura, pero estructurada de forma que puedan obtener la máxima calificación de solvencia.
Eso provocó un boom en el sector gracias a operaciones en derivados, cuya regulación quedó expresamente prohibida por el Congreso de EE.UU., y al apalancamiento fomentado por la Reserva Federal a partir de 2005.
Al mismo tiempo, la constelación de supervisores creó el arbitraje regulatorio, que consiste en que una empresa financiera diversificada decide bajo qué supervisor quiere estar. Así, Lehman hizo arbitraje regulatorio a nivel internacional, optando por su división en Londres, donde la regulación para ciertas operaciones era menor, a costa del control de riesgos. Al final, gran parte de los problemas de Lehman no vinieron de Wall Street, sino de lo que hicieron sus empleados en la City.
Esta cifra es un 6,6% menos que en el mismo período de 2008, pero las apariencias engañan porque, desde entonces, las fusiones y la crisis han provocado una oleada de despidos tras otra. Así que, en definitiva, el sector financiero está pagando hoy más que antes de la crisis, según The Wall Street Journal.
Las empresas han logrado esquivar los límites a la compensación fijados por la administración de Obama y el Congreso de EE.UU. elevando los salarios, que no se computan como bonus. Entre ellos están Citigroup y Bank of America, ayudados con más de 350.000 millones de euros cada uno.
Así, basta con sufrir una pérdida mínima, para que la base de capital desaparezca. Y de paso provocar un efecto dominó: todos los que han prestado dinero a ese banco no lo pueden recuperar si éste quiebra.
No obstante, la cuestión más compleja es si los modelos de gestión han cambiado. En los años anteriores a la crisis, los bancos y demás instituciones financieras actuaban como si fueran gigantescas dictaduras. El mayor ejemplo es Dick Fuld, que literalmente despidió a todo directivo que le advirtiera de los riesgos que estaba adquiriendo Lehman y que llegó incluso a desafiar al secretario del Tesoro cuando éste le pidió más prudencia en la primavera de 2008. ¿Ha cambiado esto?


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