8 de julio 2009 - 00:00

“El político es sólo uno de los aspectos de mi novela”

Para Franz, Chile es un país que «tuvo una dictadura muy intensa en la represión de la literatura; en los 90, cuando eso se termina, hubo una explosión aparente de creatividad que no podía durar. Ahora vivimos una normalización».
Para Franz, Chile es un país que «tuvo una dictadura muy intensa en la represión de la literatura; en los 90, cuando eso se termina, hubo una explosión aparente de creatividad que no podía durar. Ahora vivimos una normalización».
«Almuerzo de vampiros», la nueva novela del escritor chileno Carlos Franz, actual Agregado Cultural de la embajada de su país en Madrid, ha sido considerada como una «parábola acerca de los cambios, a veces ridículos y hasta brutales, que la madurez impone sobre los ideales de la juventud, y sobre las fantasía de vivir en un eterna juventud, de belleza física y prosperidad material». Todas las obras de Franz -»Santiago cero», «El desierto», «La Prisionera» «La muralla enterrada»- han conquistado prestigiosos premios internacionales y «El lugar donde estuvo el Paraíso», además fue llevada al cine por el director español Gerardo Herrero. En su breve visita a Buenos Aires, dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué lo llevó a escribir una novela gótica?

Carlos Franz: Es una novela deudora de varios géneros entrecruzados. Quise hacer una especie de gótico político, y esa es una de las maneras de leer la novela. Los vampiros no son vampiros que chupen sangre real, son muertos en vida, gente que perdió la sangre de sus ideales y absorbió los ideales de otros. Ésa es una primera lectura, que me parece muy evidente.

P.: ¿Cómo llega a tener un personaje que es y no es un vampiro?

C.F.: Ése fue mi primer dato argumental, un maestrito que el protagonista encuentra, y que podría ser aquel profesor que lo formó en sus ideas y que fue desaparecido, que ahora parece haber vuelto, aunque nunca hay seguridad de que sea aquel otro por lo mucho que ha cambiado, y sin embargo sigue siendo el mismo. Eso me llevó a usar el símbolo del vampiro que es alguien que ha cambiado profundamente, ha perdido el alma, pero sigue pareciendo el mismo. Una lectura más amplia del relato trata de la muerte de los ideales. Al vaciarse de ideales la política, quienes la practican son una especie de muertos en vida que se dedican a una lucha por el poder, a una lucha por los intereses y no ya por los ideales. Si bien ése es el aspecto político, no es el único. No me gustan las novelas unidimensionales, y menos unívocas.

P.: ¿Cuál sería otra forma de entender su novela?

C.F.: A un nivel mucho más humano, a escala individual. Es un proceso que, no sé si todos, pero muchos pasamos, el de la maduración, de llegar a cierta edad (la edad que tienen mis protagonista, alrededor de cincuenta años) y haber tenido tiempo de desilusionarse de muchas cosas, de incorporar un cierto grado de muerte en la propia vida. Uno lleva muertos, y lleva algunos muertos que son uno mismo, versiones anteriores de quien fue y ha dejado de ser. Eso es también un poco vampiro, y no necesariamente con sentido peyorativo. De hecho hago una crítica a esa edad mediana tanto como al culto de la juventud, del cuerpo, de la eterna salud y belleza.

P.: La novela cubre lo que dura el encuentro de dos amigos en un bar.

C.F.: Dura una jornada. Me gustan las unidades temporales y espaciales. Trato de ser muy clásico en la construcción de mis tramas. En mi novela anterior, «El desierto», hay una unidad de tiempo, es la larga, pero unificada, escritura de una carta. En eso soy un poco aristotélico. Si bien en el reencuentro del bar de «Almuerzo de vampiros» hay un personaje dominante, el protagonista, es su amigo Zósima quien lo empuja constantemente a recordar cosas que él no quisiera recordar. Zósima de forma oblicua, basándose sobre todo en juegos de palabras lo obliga a hacer asociaciones con su memoria que el narrador no tiene ningún interés de hacer. Es una historia muy clásica, la historia de un retorno, la historia de Ulises a su patria y el descubrir cosas que no quisiera descubrir.

P.: ¿Por eso, como contraste, el ambiente es de un bar de moda, lejano de los cafés, plenos de ideologías, de la bohemia?

C.F.: Luego de treinta años, el protagonista regresa y a través de los ojos de su amigo mira el entorno, el ambiente del bar y se encuentra con políticos exitosos, periodistas exitosos, editores y artistas que parecen cubiertos de logros. Todos radiantes de entusiasmo y, a la vez, incapaces de ver el trasfondo, de echar alguna mirada al pasado. Eso me interesó mucho porque es algo que he visto en Chile y que creo simbólicamente representativo de un fenómeno mundial. Acabamos de vivir una época, y no sé si esta crisis es el final de ella o una etapa más, de gran entusiasmo en las posibilidades del crecimiento material, de la salud material, de la inmortalidad material, que es la de los vampiros.

P.: Usted enfrenta a su personaje a dos tipos de maestros: el que le impone una vida de compromiso con los ideales y el pícaro que lo empuja en un mundo a la vez divertido y sórdido.

C.F.: Ése es realmente el personaje central de mi libro, el que más me costó hacer, lo que más me gustó hacer. Es esa epifanía que uno tiene no en la lectura como es la interpretación tradicional, joyceana, sino en la escritura. Cuando se va tras algo de lo que no se tienen palabras, y de pronto encuentras una forma de expresar eso que buscabas, la idea encuentra la forma para manifestarse. Yo tenía el profesor que es un desaparecido y que regresa transformado, en un momento me di cuenta de que no podía ser el mismo sino un doble, alguien que había suplantado al anterior. Debe ser la experiencia más terrible que pueda tener un ser humano, mirarse al espejo y decir: soy el doble de mí mismo, por tanto que he cambiado, tantas cosas han fracasado, han sido tantas las derrotas que han hecho que sea otra versión, ya no yo mismo. Así al profesor que había sido el gran instructor para la vida buena, en el sentido filosófico, en el de la precisión de la lengua, se lo ve transformado en una especie de hamponsete, que también conoce una lengua a fondo, riquísima y llena de matices, que es la de los bajos fondos. Ahí lo que me gustó encontrar es que ese primer lenguaje, el de las humanidades, no servía para la vida real. El que servía para la vida real era el lenguaje del crimen. Y esta paradoja es la que yo ni mi personaje podemos resolver.

P.: Ese maestro caricaturesco lleva al personaje a buscar en lo peor de la noche el mejor chiste chileno para una película, ¿cómo aparece la idea de la película?

C.F.: Tiene que ver tal vez con señalar el culto de la imagen. Estos hampones de tercera fila, que ni siquiera son demasiado peligrosos, quieren hacer una película porque lo predominante en el mundo que están viviendo es la imagen, no la palabra. Y quieren hacer una película cómica, porque es el reverso de la época que están viviendo, la de la dictadura chilena, muy grave y muy siniestra, donde todo es silencio, y la única manera de expresar ese silencio es el chiste porque bromas se pueden hacer, hablar en serio no.

P.: ¿Cuál es la situación de la literatura chilena que hace una década vivió un boom internacional, más allá de Isabel Allende o José Donoso, y después de la muerte de Roberto Bolaño?

C.F.: El de Bolaño es un fenómeno extra chileno, es un fenómeno global de la lengua española, es un gran autor hispanoamericano, de tres lugares por lo menos: Cataluña, México y Chile. Ha habido en Chile una gran influencia de él, pero es una influencia que se da en muchos otros sitios. En cuanto a la literatura chilena lo que ha pasado es que ha habido una normalización solamente. Un país que tuvo una dictadura muy intensa en la represión de la literatura en la medida en que hubo dos exilios, el propiamente tal y el exilio interior donde era casi imposible publicar. Cuando eso termina en 1990, hay un boom, una explosión aparente de creatividad, cuando en realidad lo que se liberan son fuerzas que estaban reprimidas, y eso no podía durar porque era algo excepcional. Ahora vivimos una normalización que es muy parecida a la que ocurre en otras partes. Ahora hay varios niveles, por lo menos tres: una literatura comercial que vende muy bien, que se sitúa en el best seller internacional, luego hay una producción literaria que fluctúa entre ambas cosas y que se suele llamar el best seller de calidad, y hay mucha creatividad joven en la narrativa y en la poesía a la cual le cuesta mucho encontrar canales de difusión; no es que no puedan publicar, porque han surgido muchas editoriales pequeñas, y que suelen utilizar Internet para expresarse. Hay una atomización, no se puede hablar de un canon claro porque hay varios en contraposición. Y eso, a su vez, es muy rico. No creo que esté ofreciendo un cuadro muy diferente del de la Argentina.

Entrevista de Máximo Soto

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