27 de enero 2012 - 00:00

¿El QE3 en la mira de la Fed? Algo que todavía está lejano

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Las Bolsas suben, y lo hacen con ahínco, justo cuando el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional revisan a la baja sus proyecciones de crecimiento mundial. Standard and Poors degolló las calificaciones de la deuda de nueve países de la eurozona, y sólo las obligaciones de largo plazo de Portugal acusan el golpe. Europa sucumbirá a una recesión este año, sostiene el FMI, arrastrada por severas caídas en España (-2,2%) e Italia (-1,7%). Suena plausible -más que las estimaciones anteriores, de septiembre, en donde ambos crecían- pero a Madrid y Roma se les hizo cuesta arriba entonces colocar su deuda, y ahora las subastas fluyen sin contratiempo, y a tasas más relajadas. La corrida en contra de sus papeles se esfumó. MF Global no pudo soportar el peso de una apuesta apalancada a favor de los activos de riesgo, y colapsó en octubre. George Soros -que se quedó con la cartera de 2 mil millones de dólares en bonos italianos de la firma- no sólo cuenta ganancias, sino que se pavonea diciendo que compraría más. Grecia y sus acreedores privados caminan en la cuerda floja de una negociación cuyo éxito tampoco garantiza que se esquive el default, y aún así, los mercados no se arredran. 2012 nació condenado, por unanimidad, a ser un año duro. ¿Qué fuerza inesperada es la que revirtió la sentencia o, al menos, mantiene su ejecución en suspenso? La reacción furibunda de Wall Street conocido el último comunicado de la Fed -en el que se esboza un escenario de tasas cortas sin cambios por tres años más- da una pista.

La crisis abolló la fe en los bancos centrales del G-7. Ya no hay maestros ni mesías. La trampa de la liquidez, o algo que se le parece mucho, está vigente, y dejó de ser una mera curiosidad teórica de pie de página. Ya no se piensa que la política monetaria mueva montañas. Pero sí se confía en que, utilizada con criterio, logre evitar calamidades. Así el BCE de Trichet (con la colaboración inestimable de los planes de ajuste de la Unión Europea) cayó en una trampa peor: la corrida contra la eurozona empujó a la iliquidez de bancos y gobiernos. Y Mario Draghi, pulsando los mismos resortes del BCE, pero con mayor tino, mostró que era factible eludir la catástrofe.

La Fed se cuidó mucho de mentar el QE3. En la conferencia de prensa posterior, Ben Bernanke tampoco hizo alusión. Sin embargo, dos de cada tres dealers primarios de la Fed -aquellos intermediarios con los que el banco central opera en forma directa- piensan que habrá una tercera versión de la estrategia de expansión cuantitativa en 2012. Quizás antes que en junio expire la inocua operación «twist» (en la que

el banco central cambia la composición de su cartera de títulos, canjeando los de corto plazo por otros de largo). Las proyecciones económicas que actualizó la Fed dejan la mesa servida. Se revisaron a la baja las estimaciones de crecimiento de 2012 y 2013, la tasa de desempleo permanece muy por encima del nivel deseable a largo plazo y la inflación, en todos los escenarios propuestos, responde de manera benigna. No parece casual que la Fed se atreva a sugerir un horizonte más prolongado de estímulo monetario sin retaceos -hasta fines de 2014-y, a la par, se autoimponga, por primera vez, un objetivo específico de inflación del 2% anual. No percibe amenazas de precios. Ni latentes ni en proceso de gestación. No siempre fue así. Hasta mediados de 2010 lo que planificaba como próximo paso era una cuidadosa estrategia de desconexión del estímulo monetario que abortó cuando la desinflación mostró los dientes, y hubo que lanzar, como prevención, el controvertido QE2.

Cuando la Fed anuncia que probablemente hibernará hasta 2014 resulta enteramente creíble. Entre otras razones, porque se comprende que, en el entorno de la tasa cero, la política monetaria no tracciona a plena potencia. Ya van tres años de aplicación agresiva de su vertiente no convencional, y la recuperación de la economía real es todavía subpar. La política monetaria no puede reparar el daño específico en los mercados de la vivienda o de trabajo, aunque al permitir la vigencia de condiciones financieras benignas ayuda a su cicatrización. ¿Podría la Fed hacer más que mantenerse como un espectador pasivo por los próximos tres años? Seguro. ¿Acaso una inflación bajo control y expectativas de inflación bien ancladas no le conceden a su accionar mayores grados de libertad? También. Ya ni siquiera el debate estímulo versus austeridad le juega en contra. Si en la Cumbre de Toronto del G-20 -en junio de 2010- se impuso la retórica europea de volver al canon de la ortodoxia, hoy se acepta que la prisa fue un error. El último informe del FMI al G-20, por caso, alerta sobre los peligros de imponer la austeridad demasiado pronto. La recomendación al BCE es memorable: que baje más las tasas de interés y que procure más medidas no convencionales. Si la Fed puede darse el lujo de ensayar esas iniciativas, ¿no debería impulsarlas? Lo haría si estuviera convencida de los beneficios en el margen. Los escollos que tuvo que sortear el QE2 (entre ellos, una feroz discusión dentro y fuera de la Fed) ya no son óbice. Y si la Fed decidiera el QE3, también se sabe cómo sería su diseño. La compra de bonos largos no haría hincapié en los papeles del Tesoro, sino en bonos hipotecarios con la idea de reducir el diferencial de tasas y favorecer la financiación del mercado de la vivienda. Lo que no existe es masa crítica dentro de la Fed para darle prioridad de paso. La economía se recupera. Los temores de una doble recesión resultaron exagerados. Las variables monetarias y crediticias responden favorablemente. ¿Cuánto más lo harían si se ejecutara el QE3? No hay convicción de que marcaría una diferencia significativa. Los problemas más tenaces -como los de la vivienda- pertenecen a una «provincia diferente de la política monetaria», Bernanke dixit en Jackson Hole (y la Fed publicó un paper con propuestas que le valió una reconvención del Congreso por pisar una quinta ajena). O están en su órbita -como los de Europa- pero bajo otro comando estratégico. Si por último, los ejercicios de comunicación -como el de esta semana- son eficaces, mejor será conservar la posibilidad del QE3 en la guantera. Como reserva para tiempos peores. Y por prudencia -para no desatar la ira de los republicanos- en un año electoral.

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