26 de julio 2016 - 00:00

El “relato” instala la hipótesis de un segundo mandato

 El raid mediático de Mauricio Macri en la última semana -que incluyó entrevistas con Telefé Noticias, los programas de Alejandro Fantino y Jorge Lanata y algunos medios provinciales- arrojó un saldo más que favorable ante los ojos de quienes construyen el relato oficial. La convicción de que el Presidente es el mejor comunicador que tiene el Gobierno nacional se ha instalado en el seno del equipo que lidera el jefe de Gabinete, Marcos Peña, cimentada en algunos sondeos de opinión que muestran al líder del PRO con niveles de aceptación popular todavía altos a pesar del malestar que impera en la opinión pública generado por la inflación, las subas de tarifas y la recesión.

Sin embargo, a la luz de sus últimas intervenciones públicas, en las que se destacaron conceptos poco felices como "si estás en tu casa en remera y en patas es porque estás consumiendo energía de más", muchos se preguntan si realmente Macri es un buen transmisor de ideas o simplemente se ha transformado en un paragolpes de los errores que cometen sus ministros, alguien dispuesto a absorber los costos políticos y obligado a amortiguar los cuestionamientos que arrecian sobre su Gobierno cada vez que se ponen en marcha medidas de corte impopular, como el incremento exagerado de las tarifas.

No han sido pocos los funcionarios que centraron sus autocríticas en las metodologías de difusión de los actos gubernamentales, sin reparar en que el problema pueden ser errores de gestión mucho más profundos que la mera incapacidad comunicativa. Falencias de índole política y económica relacionadas con la matriz de un modelo que requiere de la drasticidad expresada en las medidas. Si bien es cierto que existen sectores de la sociedad que se muestran comprensivos ante la solicitud de sacrificio demandada por el Presidente, no es menos veraz que una porción importante de la población manifiesta un profundo rechazo al estilo con el que se instrumentaron los cambios.

También es necesario reparar en que el relato macrista carece de una épica que transmita la esperanza de que un futuro mejor es posible. Una suerte de puente entre el presente signado por la herencia de la demagógica gestión kirchnerista y ese mañana que se augura como muy positivo, en caso de imponerse con éxito las medidas que hoy resultan antipáticas. La calamitosa situación que en materia de provisión energética heredó del anterior Gobierno luego de doce años de desaciertos no se arregla con un aumento brutal de las tarifas que mucha gente directamente no puede pagar.

Y éste no es el único problema que enfrenta la administración nacional. Se espera que 2016 termine con una tasa inflacionaria que rondará el 40% (unos quince puntos por encima de lo pronosticado a principios de año por el oficialismo). La demora en la reactivación de la economía provoca cimbronazos sociales que se traducen en inconvenientes de índole política. Estos problemas podrían tener su correlato en el escenario del año próximo, cuando las elecciones de medio término signen buena parte del destino de una eventual reelección para 2019. No es casual que en varias de las entrevistas del fin de semana Macri ya haya empezado a instalar la necesidad de pensar un proceso de ocho años de gestión continua como única salida para garantizar la llegada de capitales.

Dentro de ese contexto, magro ha sido el aporte de las apariciones públicas del Presidente, en donde se lo mostró como un analista de la realidad que su Gobierno necesita imperiosamente transformar y no se comunicó nada relevante en el camino hacia esa transformación.

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