“Para novedad, los clásicos”, dice el dicho, y su razón tiene, lo que puede comprobarse desde mañana con el reestreno en copia nueva 4K de “El conformista”, de Bernardo Bertolucci, en salas comerciales, y desde el viernes con el ciclo Akira Kurosawa en Sala Lugones: ocho películas en 35 mm, especialmente enviadas por The Japan Foundation, Tokio, como parte de las celebraciones por los 125 años de amistad nipo-argentina.
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El retorno de los clásicos: vuelve “El conformista”, de Bertolucci
Simultáneamente, en la Sala Lugones, se podrán ver en copias nuevas ocho títulos del cineasta japonés
Akira Kurosawa.
Estrenado en 1970 con marcado éxito internacional, “El conformista” dejó en la retina de varias generaciones por lo menos tres escenas notables: Dominique Sanda y Stefania Sandrelli bailando sensualmente un tango en plena reunión social, una revelación cerca del desenlace, referida a un episodio traumático en la infancia del personaje protagónico, y un traicionero asesinato en el bosque, episodio casi insoportable desarrollado con magistral puesta en escena. No son los únicos momentos notables, por supuesto, pero son bien representativos de los ejes temáticos habituales en el cine de Bertolucci: las ocultas razones de un crimen, los trasfondos de posible explicación psicológica y la turbación, incluso la perturbación, sexual. Representativas, también, del nivel casi impecable de su estilo, atento a las formas refinadas, el drama emocional y el interés del público.
Baste citar “Ultimo tango en Paris”, “Novecento”, “La luna”, “La tragedia de un hombre ridículo”, “El último emperador”, “El cielo protector” (engañosamente rebautizado “Refugio para el amor” en nuestro mercado) y, sin agotar la lista, “La estrategia de la araña”, basada en el “Tema del traidor y del héroe”, de Jorge Luis Borges. “Yo estoy muy agradecido de que un señor Bertolucci, que me dicen es uno de los directores más importantes de estos tiempos, se haya inspirado con tanta inteligencia en un cuento mío”, decía el escritor, lamentando que en ese momento el film no pudiera verse en Argentina. Más de una vez la censura local prohibió por entero, o pretendió cortar escenas, de las películas de Bertolucci. También “El conformista” tuvo sus problemas. Lo más grave para los censores no era la escena del tango, sino la historia que narra, ambientada en los años ’30, donde un tipo cobarde, acomodaticio, encarnado por Jean-Louis Trintignant, se hace fascista y acepta la consigna de participar en la eliminación de un intelectual exiliado, un marxista del que en otros tiempos había sido discípulo amado. Por suerte la película pudo verse entera, y renovó el interés por la novela de Alberto Moravia en que se basa, inspirado a su vez en un hecho real: el asesinato en Francia del socialdemócrata Carlo Rosselli por un grupo secreto anticomunista.
Bertolucci tenía 30 años cuando realizó esa película, y siguió activo hasta los 77, cuando ya se movía en silla de ruedas. Le quedó en carpeta una adaptación de “Cosecha roja”, de Dashiell Hammett, que de algún modo prometía ser un homenaje al “Yojimbo”, de Kurosawa. Ya lo había homenajeado (o copiado) en sus comienzos, cuando imitó la estructura de “Rashomon” para su primer largo, “La cosecha estéril”.
Kurosawa
Lejano descendiente de samuráis, dolido hijo de una familia con demasiadas muertes en su entorno, Kurosawa entró como aprendiz en la empresa Toho, hizo el escalafón hasta debutar como director durante la guerra, enfrentó la censura en la posguerra con obras como “El ángel ebrio” (un médico suburbano respetado por un yakuza enfermo) y dio a conocer el cine japonés en el mundo con el singular “Rashomon”, sobre dos cuentos de Akutagawa, donde la víctima, el sospechoso, el testigo y hasta un muerto dan sus respectivas, contradictorias versiones de un hecho luctuoso. Con esta película comienza el ciclo en Sala Lugones, y con ella empezaron también las imitaciones. Primero, el western “Cuatro confesiones”, después, ante el éxito de “Los siete samuráis”, otro western, “Siete hombres y un destino”, y más tarde, “Star Wars”, que se inspira básicamente en “La fortaleza escondida” (antes llamada, con más gracia, “La fortaleza oculta”).
Kurosawa, a su vez, supo tomar prestado de Shakespeare (aquí se verá el impresionante “Trono de sangre”, es decir el “Macbeth” llevado al medioevo japonés y sus flechas finas y sibilantes), Gorki, John Ford y, entre otros autores, Dashiel Hammett, cuya novela “Cosecha roja” sirvió de inspiración a “Yojimbo”, también llamada “Yojimbo el bravo”. Las vueltas de la vida: esa película japonesa inspiró a Sergio Leone para el western-spaghetti “Por un puñado de dólares”, y ambas inspiraron a Walter Hill para “El último hombre”, donde “Cosecha roja” volvió, al menos, al género y el lugar de origen. En su país, y en la programación anunciada, “Yojimbo” va de la mano con “Sanjuro, el samurái”, y las dos van de mandoble seguido por el medioevo. Inolvidable, el perro llevando una mano en la boca, a la entrada de un pueblo.
Otra novela policial, “El secuestro del rey”, de Ed McBain (ocasional guionista de Hitchcock) permitió a Kurosawa hacer uno de sus mejores dramas contemporáneos: justo cuando va a concretar su gran negocio, un empresario recibe la noticia del secuestro de su hijo. Adiós, negocio. Pero no es su hijo, sino el hijo de su chofer. Por piedad, igual debería pagar el rescate exigido. Puede haber final feliz, pero la última escena, el intento de diálogo del empresario con el marginal, es terminante. Título: “El cielo y el infierno”.
Esas películas, con Toshiro Mifune, y “Vivir”, componen el ciclo. Pero “Vivir” no tiene samuráis ni policías. Simplemente, tiene a un burócrata. Un día le diagnostican una enfermedad terminal. Se angustia, luego decide hacer algo que justifique su existencia. Y pone su empeño en ayudar a unas simples mujeres que solo piden una plazoleta con juegos para sus niños. Takashi Shimura encarnó a ese hombre ya viejo y enfermo que decide cambiar. Setenta años después, el veterano Bill Nighy protagonizó la remake inglesa, de Oliver Hermanus, según adaptación del Nobel Kazuo Ishiguro. Ambas obras son bellísimas, tan emotivas una como otra. Es que solo los clásicos sobreviven al tiempo y siguen dando frutos tan hermosos como éste.


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