Tras unas vacaciones, el fenómeno volvió a los mercados con nuevos récords. Hay expertos que anticipan un escenario cercano de gran conflicto global, pero Wall St. se pavonea en los máximos.
incógnita. Lo sigue siendo el presidente electo. A esta altura, sólo él sabe bien lo que hará.
El Trump rally volvió por sus fueros. Descansó tres semanas, estiró las piernas y regresó con el regalo de Reyes: el S&P500 y el NASDAQ en flamantes récords. Impecable. Es verdad, todavía adeuda el Dow Jones en 20 mil puntos. Y parecía el recado más sencillo. No es que no abrigue la intención, es lo que más desea. El viernes lo persiguió, lo tuvo a tiro, lo encajonó durante dos horas, pero no pudo lograrlo. Lo tiene metido entre ceja y ceja y se mancó en los 19.999,63 puntos. ¿Importa? Que lo diga un psicólogo. Visto desde la vereda del inversor, Trump se acerca a la asunción de mando, gatilla el Twitter a mansalva, nos recuerda quién era en campaña y lo salvaje que puede volver a ser y sin embargo, Wall Street no se asusta. Apoya la moción, y lo vota con su dinero. Como nunca lo hizo cuando apenas era candidato.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
No sólo la Bolsa sube. Los bonos del Tesoro también. La tasa larga ya no se encabrita sino que regresó mansa al redil del 2,35%-2,50%. El informe de empleo de diciembre trajo la novedad de los salarios por hora cobrando altura (+2,9% el último año, el máximo del ciclo) y, a desgano, la tasa subió al 2,42%. En la semana, los informes ISM, ambos (el manufacturero y el de servicios), mostraron rápidos avances en el renglón de los precios pagados por las compañías. Tampoco hubo resquemores.
Cicatrizó la hemorragia en los portafolios de renta fija, por lo visto. La vapuleada deuda basura de los mercados emergentes ya recuperó todo lo perdido desde la elección del 8 de noviembre.
La Fed contribuyó con su óbolo: la aspirina de una suba de tasa de un cuarto de punto en diciembre, la proyección tentativa de tres retoques adicionales a lo largo del año, la difusión de las minutas en las que se refresca el celo vigilante de la institución, y declaraciones varias del mismo tenor. La inflación no dependerá de Trump como pareció pensarse en un principio. La Fed dará pelea si se empecina en viajar por la cornisa. Queda claro en las minutas de la última reunión que existe gran sensibilidad en el banco central por el manejo que hará de la política fiscal. Entiéndase bien: no se discute, y se agradece, que la herramienta se vuelva a emplear. Gracias a ello la Fed puede retomar el camino postergado de la normalización de las tasas de interés. A esta altura, sin embargo, la economía no precisa de un gran empujón. Y atizar demasiado la demanda agregada puede resultar un exceso que requerirá contención. La paz de los bonos - y su recomposición - también la consiguió Trump: su silencio es un bálsamo. Dejó obrar a la Fed, la deja pontificar y hasta el momento no dice esta boca es mía. En campaña era muy beligerante. Y hasta llegó a afirmar que le daría el olivo a Janet Yellen, su titular. Hoy por hoy no pronuncia reproche. Desplazarla sería un despropósito, seguro. En todo caso, puede esperar a febrero de 2018, que expire su mandato al frente de la Fed, y luego gestionar el reemplazo pacíficamente. El espectáculo de Trump apretando a empresas vía Twitter para que localicen su inversión en los EE.UU. y no en México (o, que no la hagan) es deprimente. También es una señal a tiempo de posible cambio turbulento en las gateras. Lo llamativo del Trump rally es que preserve sus bríos y no lo perturbe. Los expertos, los que matan su tiempo leyendo y revisando lo que el republicano escribe y afirma, son muy sombríos. Nouriel Roubini, quien anticipó la trama que condujo a la debacle de Lehman Bros con notable precisión, enfatiza la alta posibilidad de un escenario de gran conflicto global. Y sin embargo, Wall Street se pavonea en récords. Roubini no es infalible (basta comprobar la lozanía del dólar, su obsesión catastrófica previa a Lehman). Pero la Bolsa tampoco. En rigor, sólo Trump sabe bien lo que hará. Eso es lo que uno espera. Fervorosamente. Como pintan las circunstancias, un error suyo costará muchísimo más que la equivocación de cualquier otro.
Dejá tu comentario