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En las crisis, los huecos se llenan con pánico
José Siaba Serrate
Tal conclusión se apoya en evidencia más amplia que la mencionada. Así, uno esperaría que una recaída de la actividad estuviese precedida por una reducción sistemática de las horas trabajadas; las que -en cambio- se mantuvieron en mayo y registraron un leve aumento en junio. Es muy sugestivo que la cantidad de trabajadores a tiempo parcial (por falta de oportunidades de jornada completa) disminuyera en 182 mil personas en junio (y en 525 mil en el bimestre mayo-junio). Además, las revisiones de datos pasados retienen el sesgo positivo. Lo que sumó otros 25 mil empleos a la cuenta de abril y mayo (y, en el margen, podría afectar favorablemente la estimación final de junio).
Desde ya que los avatares del mercado laboral repercuten más allá de su esfera estricta. Se supo de la angustia de la Bolsa por conocer el dato puntual de junio. No se debe ignorar su influencia en la política. La Casa Blanca reaccionó junto con Wall Street. «No se equivoquen, vamos en la dirección correcta, dijo el presidente Barack Obama, pero no a la velocidad suficiente para muchísimos norteamericanos. Ni para mí». En efecto, los desocupados suman casi 15 millones en los EE.UU. Y hoy existen 7,9 millones de empleos privados menos que cuando irrumpió la recesión a fines de 2007. En 2010, como se dijo, el sector privado retomó la senda expansiva. Añadió 593 mil puestos de trabajo. Sin embargo, al ritmo de 150 mil por mes apenas cubriría, en tiempos normales, el crecimiento vegetativo de la fuerza laboral. Así no se cicatriza la herida abierta por una desocupación que se duplicó por la crisis. Con la «pausa» de mayo y junio -que podó la cifra mensual en un 60%-, el problema vuelve a agravarse. Es verdad que la tasa de desempleo declinó de manera inesperada (al 9,5% desde un máximo del 10,1% en octubre), pero el motivo es otra desgracia. Frustrada por una búsqueda infructuosa, un millón de personas abandonó la fuerza de trabajo en mayo y junio.
Tareas urgentes
Dice bien Obama. Tampoco la velocidad del proceso es satisfactoria para él. Con las elecciones de mitad de período en noviembre, y presionado por el desastre del derrame de petróleo en el Golfo de México, el presidente tiene dos tareas imperiosas por delante. Conseguir que se cierre el grifo por el que se vierte el crudo, lo antes posible. Y, con igual premura, abrir el que provee ocupación. La intervención estatal pesará en ambos frentes. Pero mientras el aliento gubernamental en la nuca de BP aumentará, no está nada claro qué va a ocurrir con el aliento a la demanda agregada. Por diseño, ya comenzó su repliegue. Reforzarlo, para combatir la pausa del sector privado, sería la reacción instintiva de la política, máxime con elecciones a la vista. ¿Son las palabras de Obama un preámbulo? La pulseada entre estímulo público y austeridad fiscal es una dura porfía que traba su accionar. Vale recordar que la pérdida de la banca Kennedy en el Senado lo privó de la supermayoría de los 60 votos. Y su propio partido alberga disidentes que, en este tema particular, se pliegan a la oposición de los republicanos. En última instancia, quien no puede lo menos no podrá lo más. Obama no logró extender aún el pago de subsidios a los desempleados por más de seis meses. El jueves, por tercera vez, el Senado le rechazó la iniciativa. Y de persistir el bloqueo, cada semana, 200 mil personas verán esfumarse el cobro del beneficio.
Por último, pero no menos importante, la cadencia del proceso tampoco satisface a las Bolsas. El mercado lateral que se interrogaba sobre el vigor de la recuperación económica, pero prefería no tomar partido hasta reunir mejor evidencia, se sumó a los incrédulos. Quebró los pisos que sostuvo en los peores momentos de mayo y descendió un nuevo escalón. Lo hizo sin zozobra ni oleadas nerviosas de venta, casi con resignación. Tomó posiciones más defensivas, aun con las tasas largas hundidas por debajo del umbral del 3% y a sabiendas, el viernes, de que el empleo privado se desaceleró pero todavía crece. La fe se resintió: se les exige a las acciones una prima de riesgo mayor. Sea una pausa o no, los inversores no creen en una contraofensiva próxima. Mucho menos en un remache fiscal (aunque éste sea el momento justo). Sí creen, como aquí se dijo, en una intervención masiva de la Fed en caso de necesidad. Tanto que el euro respondió con una reacción memorable, cual Lázaro que echa a correr. En su propio desbarajuste de refinanciación de asistencias, el Banco Central Europeo endureció su política monetaria. Y, en el desconcierto, no faltó quien alegase que la economía de los EE.UU. se está deteriorando más de prisa que la misma Europa. Tamaña desorientación urge una respuesta rápida. En tiempos difíciles, todo vacío, tarde o temprano, lo llena el pánico. Costó muchísimo, después de Lehman, recobrar la confianza en el futuro. Es un crimen que ahora se la derroche sin ofrecer pelea.

