- ámbito
- Edición Impresa
"En nuestra época los ignorantes progresan"
• Diálogo con el director francés Bertrand Tavernier sobre su último film, «La princesa de Montpensier»
Tavernier: «Ciertos films históricos parecen filmados por agentes inmobiliarios: ‘miren qué lindo castillo conseguí, miren estos muebles antiguos’».
Periodista: ¿Qué lo sedujo de la novela de Madame de Lafayette?
Bertrand Tavernier: Encontré relaciones apasionantes, profundas, una joven que desea emplear la cultura como un arma, y por eso se cultiva cuando las demás mujeres no acostumbraban hacerlo, y también el hecho de ser amada por tres hombres tan distintos, donde una de las relaciones amorosas va en sentido único hasta que ella después ve que ese era el hombre que más amaba, en fin, hay todo un entrecruzamiento de temas muy ricos, sobre la mujer, la evolución del amor y las costumbres, y el trasfondo de la guerra de católicos y hugonotes. La otra novela famosa de Madame de Lafayette, «La princesa de Cleves», transcurre en un tiempo de paz. El contexto y los sentimientos son muy distintos, si bien ambas son historias de amor.
P.: Sin ánimo de difamar a un colega suyo, la película «La princesa de Cleves» era un plomo.
B.T.: Ciertos films históricos parecen filmados por agentes inmobiliarios: «miren qué lindo castillo conseguí, miren estos muebles antiguos», y encima los actores parecen de acto escolar. Ahí falta vida. Pero si va a esa época, los personajes no saben que son personajes históricos rodeados de muebles antiguos. Esta es una película de amores múltiples: el marido por Marie, ella por Guise y por el deber filial, el preceptor por ella, etc., y todo eso vivido por gente muy joven, apurada, con ganas de vivir. ¿Ve? Eso es lo que me dio ganas de filmar. En las películas históricas siempre tenemos la imagen de gente vieja. A menudo los actores sobrepasan la edad de sus personajes. En la Revolución Francesa, Danton era como Daniel Cohn-Bendit en el 68. En el siglo XVI los reyes franceses eran veinteañeros. El duque de Anjou fue generalísimo a los 17, un tipo muy corajudo e inteligente, que ganó las dos grandes victorias católicas de esa guerra. Después los suyos lo pintaron como cobarde homosexual.
P.: ¿Cómo es eso?
B.T.: Es una propaganda de siglos. Es que años después la jerarquía católica se sintió traicionada cuando él, ya como rey, procuró la paz y la reconciliación nacional nombrando sucesor a un protestante, con la sola condición de convertirse formalmente a la religión. Usted ya sabe, el que dijo «Paris bien vale una misa».
P.: Se tragó unas cuantas.
B.T.: ¡Pero fue rey de Francia! Mi Anjou se basa en el retrato que hicieron Madame de Lafayette y Alejandro Dumas, que los historiadores actuales respaldan. Pero nos estamos desviando del tema. En «La princesa...» Anjou todavía no reina. Es su hermano mayor, muy enfermo, al que no vemos, sólo lo oímos toser. Apenas vemos a Catalina, mostrándose muy agradable en una reunión con las damas de la corte. Tampoco vemos la Masacre, solo la escuchamos. ¿Por qué? Porque lo que sucede es visto por una jovencita que sólo comprende el 20% de las intrigas del momento. Trata de cultivarse, incluso de comprender las razones de una guerra cuyos contendientes veneran al mismo dios de amor, pero todavía sabe poco. Aún así, creo que proporcionalmente sabe más que las americanas de hoy que confunden Iran con Irak y no les interesa reparar su error.
P.: Hablando de errores, ¿cómo eran verdaderamente las peleas de espada en esa época?
B.T.: ¿Las ve diferentes de otras películas, verdad? Me baso en Alejandro Dumas. El dice que en aquel entonces no había ninguna regla, los duelistas se mordían, atacaban en retirada, tenían gestos fanfarrones tales como darle la espalda al adversario igual que el matador le da la espalda al toro, las reglas llegaron después. Y yo muestro a todos impulsivos, salvo al duque de Anjou, que logra dominar sus impulsos y se protege mediante la ironía (y tiene momentos, tres o cuatro, donde llega a ser sincero), y el preceptor que interpreta Lambert Wilson. A este personaje le dimos más espacio, lo que Lafayette ponía en dos palabras le dábamos una frase entera, lo hicimos más profundo. Hay una escena, que no es de amor, donde él simplemente le explica a la princesa el motivo de su deserción. Estábamos rodando, el compositor Philippe Sarde vio esa sola escena en el laboratorio, y me llamó de inmediato: «será una película de amor, y ya sé qué música ponerle».
P.: ¿Qué repercusión tuvo en Francia?
B.T.: Conmovió a mucha gente, aunque los financistas decían que sería un fracaso. Me costó mucho conseguir financistas, e incluso apoyo estatal. Esta es una época donde los ignorantes hacen progresos extraordinarios. Ya decía mi amigo, el finado Michael Powell, «¿Por qué los viejos directores de cine siempre tenemos problemas con los funcionarios? Porque nosotros sabemos lo que hacemos».
Entrevista de Paraná Sendrós


Dejá tu comentario