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Entre el trabajo, el protocolo y la búsqueda del tesoro
Barack y Michelle Obama se mostraron el martes a la noche en varias fiestas con motivo de la asunción del nuevo Gobierno. «¡Qué hermosa está hoy mi mujer!», dijo orgulloso el nuevo presidente.
Sus ojos denotaban cansancio, como si hubieran recibido una paliza laboral. Los restoranes sobre la calle M dejaban exhibir todavía los menús promocionales por el «Inauguration Day». Era el cierre de cuatro días de fiesta, durante los cuales esta ciudad llegó más que a triplicar su población, y que se había volcado por completo a aprovechar el momento como un regalo del cielo para capear la crisis.
Los vendedores ambulantes de distintivos, gorros, banderas y vinchas comenzaron ayer a levantar sus puestos callejeros. Algunos de ellos habían venido especialmente desde otras ciudades, como un hombre negro que ya no ofrecía remeras y que desde la Union Station preguntaba si la cúpula del Capitolio era en realidad la Casa Blanca.
Como este humilde estadounidense, la industria editorial buscó exprimir el efecto Obama. Las librerías y los negocios de revistas muestran el rostro del presidente demócrata, cualquiera sea el rubro de la publicación. Sea de salud, deportes, moda, política, rock o hasta una de animales, que exhibe a Barack con un perrito entre sus manos. Ocurre que el mandatario dijo que un animal de ese tipo será el que llevaría como mascota a la Casa Blanca, en la continuidad de una tradición, aunque no están decididos el tipo ni la raza. Mientras trata la crisis económica y los problemas internacionales con sus colaboradores, encuentra tiempo para debatir este tema con sus hijas Sasha y Malia.
Mientras la ciudad recuperaba su ritmo, los Obama también comenzaron a vivir el primer día de la rutina a la que deberán acostumbrarse los próximos cuatro años.
Las simpáticas Malia, de 10, y Sasha, de 7, lucieron impecables para su primer día de escuela en la capital. Tras cuatro años de formalidad hospedando a George W. y Laura, un matrimonio que solía cenar temprano, acompañado por Condoleezza Rice muchas veces durante los primeros años, la Casa Blanca se ve levemente alterada por las pequeñas. En su primera noche en este edificio de 132 habitaciones, el personal de la Casa organizó una búsqueda del tesoro. La cadena ABC informó que el regalo encontrado fue la banda para adolescentes Jonas Brothers, que esperaba a las hermanas Obama detrás de una puerta.
Luego de que John y Caroline Kennedy dejaron el edificio gubernamental tras el asesinato de su padre, pocos niños poblaron sus pasillos y todos fueron demócratas. Sólo Amy Carter, hija de Jimmy, y Chelsea Clinton, hija de Bill y Hillary.
El nuevo presidente, que en su primer día de trabajo debió dedicarse a algunas de las crisis que debe afrontar, como Medio Oriente, la economía, Guantánamo, Irak y Afganistán, se hizo tiempo para recibir, junto a Michelle, a un grupo de ciudadanos comunes que sorpresivamente habían sido invitados a la Casa Blanca pocos días antes de la asunción. Obama impulsa un contacto directo con sus seguidores, muchas veces a caballo de la nueva tecnología, que le permite enviar mensajes personalizados. Ayer respiró aliviado: le confirmaron que podrá usar su gran vicio, el BlackBerry, aunque los mensajes estarán encriptados y, como todas sus comunicaciones, serán secretos por varios años.
La noche anterior, la pareja presidencial había concurrido a una decena de galas de baile en su honor. En una de ellas, Barack se dejó ver bailando muy abrazado a Michelle, una mujer de mirada franca y sonrisa semipermanente, mientras cantaba la bella morena Beyoncé.
Michelle, abogada, de 45 años, evaluó su primer día en la casa de gobierno como «un poco surrealista». En diálogo con Good Morning America de la cadena ABC, consideró «excitante» lo que podrá hacer desde su nueva posición.
La primera esposa negra de un presidente estadounidense es consciente de que su vida será muy poco privada los próximos años. «Barack y yo llevamos ya dos años sin vida privada. Probablemente estamos más habituados que lo que una podría imaginarse», dijo la dama.


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