11 de junio 2012 - 00:00

Entre sospechas, el Gobierno prevé defección macrista

Mauricio Macri, Florencio Randazzo y Daniel Scioli, durante la reunión del viernes.
Mauricio Macri, Florencio Randazzo y Daniel Scioli, durante la reunión del viernes.
Apenas convocada, la cita de Florencio Randazzo con Daniel Scioli y Mauricio Macri había fracasado: no bien se enteró del llamado, el porteño descartó participar. Sólo seis horas después, el jefe de Gobierno se comprometió, con condiciones, a participar.

La tarde del jueves fue frenética con el propósito de gambetear un fracaso a horas del anuncio de Cristina. Randazzo habló con Horacio Rodríguez Larreta y Emilio Monzó; Alejandro Ramos y Eduardo Sícaro operaron sobre Juan Pablo Piccardo y Guillermo Dietrich.

En simultáneo, por su lado, Scioli telefoneó varias veces a Macri para tratar de convencerlo. Al final, sobre el atardecer, el jefe de Gobierno mandó a decir que al otro día estaría en Balcarce 50. «Todos sabemos cómo termina esto, ¿no?», dijo, retórico.

Es un juego de sospechas, un truco gallo entre desconfiados. A la defensiva, Macri entrevé emboscadas en cada esquina: vio circular la noticia de una cumbre de técnicos y ordenó que nadie concurra. «Quieren marcar la agenda -dijo-; están desesperados por una foto».

Scioli, voluntarioso, anticipó que se moverá en tándem con la Nación. Simple: así como Macri dejó traslucir sus temores y quejas, el Gobierno nacional y el bonaerense se preparan para avanzar en acuerdos y definiciones esté o no representada la Ciudad.

Es un escenario posible: un ente tripartito en el que sólo intervengan dos administraciones. Randazzo, rescatado de su hibernación, hará malabares para evitar que Macri se baje de una discusión que todavía no empezó.

El ministro debe lidiar con el pánico del porteño, que supone que la Casa Rosada lo quiere asociar a malas nuevas, como el aumento del boleto. Macri adivina a la presidente Cristina agazapada detrás de cada maniobra en su contra.

En el macrismo rememoran episodios para justificar su temor: refrescan que Juan Pablo Schiavi, cuando negociaba el traspaso del subte, salía a cada rato de la reunión con los funcionarios porteños para llamar a Olivos, a veces para consultar detalles accesorios.

La Presidente se involucra en cada detalle. Al exsecretario de Transporte le indicó, tras la tragedia de Once, lo que debía decir en aquella conferencia del «feriado» y a Julio De Vido le planteó que debía advertir sobre las «muertes evitadas».

Con suerte, el miércoles comenzarán las rondas entre técnicos nacionales, bonaerenses y porteños. Burbujea la hipótesis de que los enviados de Macri desistan de intervenir en las consultas. Macri hace una lectura lineal: lo que viene es peor, dice, y Cristina es quien debe pagar ese costo.

La matemática K, en ese rubro como en otros, está en rojo: la expropiación de YPF le regaló a la Presidente apenas 3 puntos de mejora en la imagen en la medición de junio. Frenó, por lo pronto, una tendencia a la baja que persiste desde febrero.

Como con la cuestión energética, el transporte tampoco permite soluciones de corto plazo. La Casa Rosada, vía Randazzo, deberá además hacer equilibrio entre el componente fiscal y el riesgo de ejecutar medidas en un rubro que figura entre los peor vistos de la gestión oficial. Antes de que le arrebaten Transporte, Julio De Vido confió que la intención del Gobierno es implementar en julio la tarjeta SUBE. Es decir: que en unos días quienes no tengan ese plástico deberían pagar la tarifa entre un 50% y un 100% más. Una vía para reducir subsidios.

Es probable que ese calendario se replantee, porque está en duda el dispositivo logístico para garantizar la recarga de los 11 millones de tarjetas repartidas. Si el sistema comenzara hoy, es inmensa la chance de que colapse.

El recuerdo de las colas y las protestas, bajo el sol, de miles de usuarios para retirar la SUBE inhibe cualquier aventura.

Hay, en teoría, 2.000 puestos de recarga. En el AMBA calculan que, como mínimo, 3 millones usarán ese sistema para mantener la tarifa subsidiada.

Difícilmente puedan soportar esa demanda. ¿Se arriesgará Cristina a inocular otro elemento de malestar social en días que brotan caceroleros y piquetes sindicales de distinta matriz?

Para completar la variable, pasado el pulseo por la CGT, el gremio de los colectivos -la UTA de Roberto Fernández- abandonará su acordada mansedumbre. Negoció, meses atrás, una paritaria parcial con una suba del 18% y antes de fin de año volverá a pedir un ajuste.

De cada peso que suben los sueldos de los colectiveros, el Estado pone 52 centavos a través de los subsidios. Hace años, la discusión salarial del transporte es una paritaria estatal en la que los empresarios intervienen sólo como formalismo.

Lo saben, a la perfección, Benito Roggio (Metrovías) y Benjamín Romero (Ferrovías), que el jueves se vieron con Randazzo. Los dos empresarios juramentaron su respaldo.

A esa hora, familiares de Claudio Cirigliano -zar del transporte en la era K- suplicaban un permiso de prisión domiciliaria.

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