19 de agosto 2009 - 00:00

Entusiasma a portugueses un sueño de Saramago

Entusiasma a portugueses un sueño de Saramago
El debate es de larga data pero reverdeció por primera vez en 2006, cuando una encuesta publicada por el semanario Sol de Lisboa reveló que el 28% de los portugueses estaba dispuesto a dejar de lado sus sentimientos nacionalistas para avanzar hacia una unificación con España.

Un año después, acaso haciendo uso de la vocación marxista de otear el futuro y de supeditar los desarrollos políticos a las condiciones de la economía y la producción, el Nobel de Literatura José Saramago vaticinó como inevitable el nacimiento de una federación entre ambos países, a la que incluso le puso nombre: Iberia.

Semejante ejercicio de imaginación, propio del gran novelista que es, le valió acusaciones de traición de sus connacionales portugueses más orgullosos, algo que el escritor sigue sobrellevando con estoicismo y sin dar el brazo a torcer. El segmento más nacionalista de Portugal (por lo tanto, antiespañol) no logra digerir que su Nobel haya elegido hace años vivir en Lanzarote (Canarias) y no en alguna de las agradables playas del Algarve. Mientras, la idea cobra vida propia.

Los defensores de la federación ibérica argumentan que ésta sería el país más grande de la Unión Europea y el quinto más poblado, lo que le daría un poder mucho más decisivo en las votaciones del bloque. Por si eso fuera poco, el PBI conjunto sería también el quinto de la UE.

Adormecido desde aquella provocativa incitación de Saramago, aunque siempre latente en blogs y centros de estudios, el debate se actualiza hoy al calor de la crisis económica, que cuenta a España y Portugal a dos de sus víctimas más notorias.

El Barómetro de Opinión Hispano-Luso (BOHL), dependiente de la Universidad de Salamanca, dio a conocer recientemente el primer estudio sobre la reacción que la propuesta suscita a ambos lados de la frontera. La falta de estudios previos impide comparar la evolución de las mismas, pero la contrastación con los datos publicados por Sol sugieren un avance del iberismo. Según el estudio, el 39,9% de los portugueses favorece la integración con España, contra un 30,3% de los españoles (minoritario, pero sorprendente) que también la apoya. El tema, hay que reconocerlo, genera interés al oeste de la frontera y una cierta indiferencia al este.

Avances

El sondeo, del que se hizo eco en los últimos días el diario español El País, avanza en otros aspectos interesantes del fervor iberista de los portugueses: tres de cada cuatro consultados desea que ambos países presenten equipos conjuntos en los mundiales de fútbol y en los juegos olímpicos. ¿Efecto de la consagración de España como último campeón de Europa, de los éxitos y la penetración marketinera del Barcelona y el Real Madrid y del fenómeno Nadal? Es posible. Por lo pronto, está sobre la mesa una presentación hispano-portuguesa para organizar en forma conjunta el Mundial de fútbol de 2018, que la FIFA deberá responder en diciembre del año que viene, según recuerda El País.

¿Por qué la idea cala más hondamente en Portugal? Para muchos portugueses, tal unión significaría la posibilidad de imitar el exitoso sendero recorrido desde mediados de los 70 por el vecino, algo que parece más natural todavía a la luz de la fuerte dependencia que la economía portuguesa ha desarrollado con respecto a la española y a la fuerte penetración que las empresas del vecino han logrado en el mercado local.

España concentra ya el 30% del comercio exterior de Portugal y están instaladas en este país más de dos mil compañías de capital hispano, desde la banca hasta la energía, pasando por la construcción, la obra pública, la alimentación y el transporte.

La crisis económica internacional también hace lo suyo. La recesión ha hecho saltar el número de portugueses sin empleo a más del 10% de la población activa (contra 7,7% de noviembre último) y el de españoles, a más del 18%. Para los primeros, pese a todo, resulta atractiva la idea de conchabarse en un mercado más grande, algo que, justamente, es lo último que dicen necesitar los segundos.

En tanto, aquellos españoles que gustan de la idea tienen en mente algo diferente: una confederación con Portugal pondría en un rango inferior a los nacionalismos que amenazan con desgarrar la hispanidad, sobre todo el vasco y el catalán. La unificación luso-española sería así un modo de diluir esos reclamos, subsumirlos en una lógica mayor que los limite a expresiones casi provinciales.

Portugal surgió como reino independiente en el siglo XII, desprendido del Reino de Galicia. Los posteriores intentos de conquista de Castilla alcanzaron un punto máximo en 1385, con la histórica victoria portuguesa de Aljubarrota, que convirtió a Nuno Alvares Pereira en el héroe nacional lusitano.

Pero, rivalidades y guerras aparte, la idea de una Iberia unificada tiene un antecedente. Fue en 1580, cuando el rey portugués Sebastián murió en batalla, tras lo cual el español Felipe II ocupó el reino. La dominación, abominada hasta hoy por los nacionalistas portugueses, se extendió hasta 1640.

Mientras el debate crece, y, con él, las reacciones nacionalistas, Saramago se divierte. Registra todas las reacciones en contra pero, citando al Galileo que defendía ante el Papado la teoría heliocéntrica, dijo en El País: Eppur si muove. Sí, pese a las resistencias y sin que nadie pueda evitarlo, el debate «sin embargo se mueve».

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