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Europa, al revés: aplica lema “verba, non res”
No es la deuda lo que ahora persigue a Europa. Es la baja inflación. El primer recurso fue desconocerla, y todavía se utiliza, pero no basta. Pensar que Jean-Claude Trichet -cuando le dejó sus funciones a Draghi- se congratuló de haber mantenido la inflación a raya (como aquel jefe de bomberos que, en plena inundación, la ignora y se felicita por no haber descuidado las alarmas contra incendio). Cuando Europa recayó en el bis de la recesión (el "double dip"), el BCE se excusó porque su mandato era vigilar la marcha de los precios. Hoy la economía repunta, pero la inflación cabecea muy por debajo de su objetivo de un número "inferior, pero cercano al 2%". Como Pedro, las negaciones fueron tres: no es un problema, es transitorio, las expectativas están bien ancladas en torno al 2%. Cuando el gallo cantó el 0,5% de inflación en marzo hubo que sumar otros argumentos: el BCE no se guía -ni debe hacerlo- por la inflación de cortísimo plazo; el registro subirá un par de décimas en abril, y una economía que se despereza la estabilizará más adelante.
O, como escribió Juergen Stack, un exmiembro de su consejo monetario, el BCE nunca suscribió a un régimen de metas de inflación. Y es verdad, como todos los sofismas anteriores: el BCE decide en función de sus dos pilares analíticos, el económico y el monetario, y participa de "una visión de mediano plazo, mira hacia adelante y considera el rezago con que operan las medidas de política monetaria". De acuerdo. Siendo así, lo que no se explica es por qué permanece de brazos cruzados. La lectura de inflación más reciente no sólo es baja, sino que es inferior a todo el rango de expectativas que cobijaba el BCE. Septiembre fue el último mes en que los precios treparon por encima del 1% interanual. Estamos ya en el largo plazo de cuando la entidad despotricaba contra la relajación cuantitativa de la Fed; por ejemplo, contra el QE2 que lanzó Bernanke en 2010. Y el futuro hecho presente luce muy distinto. En materia de precios, en las antípodas de lo que imaginaba.
Negar el trastorno es el reflejo de Pavlov. Sin embargo, la aceptación va en camino. No es Draghi quien se opone, son los socios poderosos del club que dirige. No obstante, desde Fráncfort llegan las señales de un cambio. Primero, el presidente del Bundesbank validó la alternativa de ensayar un programa del tipo QE. Después vino la filtración de un borrador de plan por un billón de euros diseñado (por el Bundesbank) para elevar la inflación entre "un 0,2% y un 0,8%" anual. Vale la intención, no la precisión (ya se sabe, por la experiencia de EE.UU., lo incierto que es el instrumental disponible). En la última reunión del BCE, Draghi avisó que hay unanimidad para recorrer la vía no convencional (ya sea el QE, las tasas negativas, o una facilidad de financiación bancaria) llegado el caso. Pero el "caso" no llega. O, mejor dicho, no se lo atiende. La esperanza es que el tiempo quite el asunto del medio (es lo que ansían también la Fed, el Banco de Canadá y el Banco de Inglaterra junto con el único que se ocupa, el Banco de Japón). La baja inflación es tolerable, es la desinflación lo que inquieta. Que la deflación aún luzca lejana es tentador. Pero esa tentación favorece la inacción y enquista el problema. En abril, por el cambio de base de comparación, la estadística dará un respiro. Y el BCE tendrá la excusa para preservarse en la vigilia.
Hay que entender a Draghi. Su verba es potente: que lo diga Grecia si no, que pudo volver a los mercados internacionales, pese a que debe el 175% del PBI; no se espera que reduzca la carga, y además, está hundida en plena deflación. Lo que busca el italiano es otro milagro de la palabra. Si el BCE no persigue metas de inflación, mucho menos un objetivo de tipo de cambio. Pero si puede voltear al euro a pura conversación, proveerá un alivio circunstancial y ganará tiempo. No es que el BCE rechace las recetas no convencionales, pero como ya vimos en la crisis de 2010-2012, las adoptará recién cuando comprenda que no le queda otra alternativa.


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