7 de agosto 2013 - 00:00

Europa despierta de pesadilla y ve la luz

Las condicionantes de las políticas de la eurozona son básicamente diferentes de las de las principales naciones avanzadas. En efecto, las naciones líderes mundiales cuentan con un Gobierno central que conduce la política y decisiones fiscales, con capacidad de redistribuir contribuciones impositivas entre sectores y regiones. Además, cuentan con una moneda única indiscutida y un sistema bancario controlado por una autoridad y reglas comunes. En contraste, la eurozona abarca 17 naciones independientes con capacidad propia de imponer tributos en cada país, pero escasa capacidad de redistribuir esas cargas entre las naciones miembros. Es más, los electorados nacionales desconfían y parecen poco dispuestos a aceptar pagar impuestos para financiar gastos de estados extranjeros que, a sus ojos, habrían mantenido un gasto público excedido a sus posibilidades productivas. Además, la moneda común fue puesta en duda críticamente en medio de lo peor de la crisis 2010-2012, cuando importantísimos fondos, inversores y bancos apostaron contra la permanencia del euro. Es que las mismas condiciones financieras tornaban poco costoso retirar capitales de las naciones más castigadas y transferirlos a las más solventes, multiplicando las debilidades del euro. Situación que incentivó el fraccionamiento del sistema financiero del euro, una consecuencia contraria a los objetivos buscados al adoptar esa moneda. La ausencia de autoridades bancarias comunes, con poder de aplicar sanciones y resolver la reestructuración de las entidades financieras, impulsó aún más la fragmentación del sistema bancario. Esa fragmentación se manifestó en fuertes asimetrías en las evaluaciones crediticias de los diferentes bancos según su nacionalidad. Así, las principales entidades alemanas, austríacas, holandesas disfrutaban de condiciones mucho más favorables que las de Europa meridional e Irlanda. Lo mismo sucedía con los bonos soberanos de dichos estados nacionales. Teníamos entonces una enorme diferencia en los mercados financieros nacionales, dentro de la propia eurozona. Esas condiciones asimétricas acentuaban la gravedad de la crisis en Europa meridional, pues sus bancos veían restringida cada vez más su capacidad crediticia, comprimiendo el financiamiento de las empresas y de los estados nacionales. Las pequeñas y medianas empresas sufrieron duramente esta "malaria crediticia". Los niveles de ocupación y los PBI acusaron el grado de la compresión de la demanda interna.

Esta realidad tornaba totalmente diferente el panorama europeo del de EE.UU., Reino Unido y Japón. Por eso, las recetas para remontar la dificultad debían ser también totalmente diferentes. Ante tal realidad, las primeras medidas europeas atacaron el frente fiscal, con planes de ajuste para ganar crédito y sobre todo, no dar pasto a la visión de que las naciones solventes -que lo serían porque habrían realizado sacrificios y pagado sus impuestos- debían socorrer a los "gastadores irresponsables" del sur. Situación que los electores de países prósperos rechazaban y rechazan. Para aumentar la credibilidad, se crearon fondos anticíclicos, como el EFSF y ESM, que podían adquirir deudas públicas con determinada condicionalidad. Y se resolvieron paquetes de asistencia a las naciones más frágiles, con fondos del FMI, BCE y la UE. Y reestructuraciones de deudas soberanas con diferentes grados de involucramiento de acreedores privados. Recién luego de esa etapa, el BCE pudo atacar con más energía el problema del fraccionamiento del crédito.

El paso inicial fue el OMT y el compromiso de "hacer todo lo necesario" para apoyar al euro, enunciado en agosto de 2012 por el BCE. Este compromiso fue decisivo. El BCE cuenta con enorme crédito, ganado durante sus casi 15 años de gestión. Y la eurozona se fortifica con el compromiso político de sus ciudadanos y dirigentes para fortalecer la unidad económica y financiera europea. En efecto, no obstante las multitudinarias protestas populares, ninguna nación resolvió defaultear la deuda o salir del euro. A partir del compromiso del BCE de agosto 2012, los "spread" de deuda entre naciones cayeron dramáticamente. Pasado lo peor de la crisis, las perspectivas parecen favorables. El FMI y el BCE proyectan recuperación y también los datos que van apareciendo lo sustentan. En esa tónica, el BCE abre condiciones tendientes a ampliar las condiciones crediticias. Ahora aceptará ABS, títulos garantizados por activos, con calificación A, rebajando la exigencia previa de AAA, como colateral de sus facilidades crediticias. También está investigando catalizar iniciativas recientes de instituciones europeas para mejorar el financiamiento a pequeñas y medianas empresas. El BCE está invitando a las instituciones oficiales europeas a ofrecerle garantías para que pueda disminuir sus exigencias a la hora de otorgar nuevas asistencias de fondos y así expandir su crédito. Las instituciones europeas son Banco Europeo de Inversión, la Comisión Europea, el ESM, y también los gobiernos que deseen hacerlo. Los expertos más reputados fechan estas iniciativas recién para mediados de 2014.

Dejá tu comentario