17 de agosto 2012 - 00:00

Europa durmió a desconfiados (lo hizo con dibujo)

Europa espera, y no desespera. El banco central adeuda las definiciones que su titular, Mario Draghi, prometió dos semanas atrás, pero nadie las reclama. Extrañamente no hay vigilia, no hay tensión, no hay apuro. Se sabe que lo que Draghi señaló es un boceto. No importa: funciona. España tiene otro color en las mejillas. Le ha vuelto la sangre al cuerpo. Ayer, el IBEX de Madrid volvió a trepar el 4%; cruzó por fin, el vado de los 7.400 puntos, y cerró en máximos que no visitaba desde abril. La Bolsa empalmó así con los valores que regían antes de que estallara el escándalo de Bankia. Si el dibujo que trazó Draghi a mano alzada sirvió para contener la desconfianza, mejor dejar las cosas como están, preservar los contornos difusos en los temas espinosos, y no pedirle precisiones. Desde que irrumpió en la escena se supo que España se hundió aún más en la recesión, y, sin embargo, el IBEX se hinchó el 25%. Como si fuera otro país. Como si no la atenazara el corsé de la eurozona.

Draghi guarda silencio de radio. Quien habló, ayer en Ottawa, fue la canciller alemana, Angela Merkel. Y si no fuera porque los acentos son tan distintos nadie hubiera notado la diferencia. Como Draghi, Merkel se manifestó dispuesta a hacer todo lo necesario para salvar al euro. «Lo que dijo el presidente del BCE es algo que hemos repetido una y otra vez desde el inicio de las dificultades en Grecia», sentenció. ¿Fue muy lejos Draghi con sus promesas de intervención? El Bundesbank no comparte la iniciativa. Merkel, en cambio, no tiene objeción. Dijo más: «Aunque el BCE es independiente, está totalmente alineado con lo que hemos dicho desde el principio». O sea, ella no se movió un ápice, es Draghi el que amarra ahora en el mismo palenque. Completó la canciller: «Y los resultados de la reunión del banco central y sus decisiones muestran que el BCE piensa que la acción política en relación con la condicionalidad es simplemente una condición previa para un desarrollo positivo en la zona del euro». ¿Qué significa este galimatías? Es el nudo de lo que asoma como una nueva relación entre los gobiernos y el BCE. Son los gobiernos los que impondrán la condicionalidad a través de los planes de salvataje. Y, como señaló Draghi, no habrá intervención del BCE si antes no hay un programa formal de rescate. ¿Draghi y Merkel, un solo corazón? ¿Tiene razón el Bundesbank en olfatear que Draghi está hipotecando la independencia del BCE? El BCE puede conservar un criterio independiente en su área de competencia; pero está claro que la idea de montar una segunda condicionalidad en paralelo ha sido abandonada. La mala experiencia con la Italia de Silvio Berlusconi, según reveló Luc Coene, presidente del banco central belga, fue un determinante clave de la voluntad de desactivar, en cuanto fue posible, el programa de compra de deuda soberana (SMP). Y ahora que se piensa retomar la intervención en la parte corta de la curva, el BCE prefiere recurrir al «outsourcing». En la medida que el BCE ya integra la «troika» que monitorea a los países en terapia intensiva, no será imposible realizar su propia inteligencia y evaluación de la situación. Y podrá romper lanzas con la posición que asuman los gobiernos si así lo juzgase pertinente.

El mensaje que emite un discurso unificado es muy poderoso: los gobiernos y el BCE se avienen a coordinar labores. Como la situación requiere complementación entre la política fiscal y la monetaria no está mal una colaboración más estrecha que en el pasado, aunque sea inevitable que ello motive suspicacias. Pero la preocupación -expresada también por Coene- de que las eventuales compras de títulos españoles e italianos conduzcan a un relajamiento de las políticas de ajuste, puede ser atendida si se sujeta la intervención al cumplimiento de los compromisos acordados. Y, viceversa, la lógica sensibilidad de los gobiernos al ver que los ajustes naufragan ante el descrédito de los mercados, puede satisfacerse si el BCE se involucra en la tarea de acotar las primas de liquidez.

La resurrección de los mercados españoles se basa en la expectativa de que, a la postre, España estrenará las facilidades que proponga el BCE. La prima de riesgo se desmoronó en apenas tres días, después que el presidente Rajoy, el martes, no negara la posibilidad de solicitar un rescate. «No hay novedad», dijo el líder del PP cuando se le preguntó. Antes de las promesas de Draghi, la respuesta cantada era un no furibundo. Entiéndase que el rescate venía igual, pero con el borrador de Draghi en mente, se atisban mayores chances de tener éxito. «Hasta que no sepamos qué decisión toma el BCE nosotros tampoco tomaremos ninguna», apuntó Rajoy. Si los mercados no lo apuran, ni Rajoy ni el BCE acelerarán el paso. España tiene resto hasta septiembre. Con mercados apacibles podrá tomar más recursos a bajo costo (sobre todo a corto plazo). Y Madrid pugna por conseguir que los fondos excedentes del rescate bancario puedan volcarse a la compra de deuda soberana, lo que correría aún más la frontera, quizá hasta fin de año.

¿Será que Draghi consigue «salvar al euro» a mero golpe de palabra, sin que España tenga que empeñarse en un rescate ni el BCE deba abocarse a intervenir? De momento, lo que obtuvo es una tregua, no un cese definitivo de hostilidades. La clave reside en la parte larga de la curva, allí donde el BCE ha dicho que no va a volver a pisar. Allí, los bonos españoles yacen a la intemperie. Por eso importa que en esa tierra de nadie la prima de riesgo española haya caído, con demora pero visiblemente. Ayer, por primera vez desde comienzos de julio, la brecha con los rendimientos de los bunds alemanes a diez años, horadó los 500 puntos base hacia la baja. Dijo Merkel también, y quizás ayudó, que Europa deberá aprender a desplegar los recursos de sus fondos de rescate (esos sí estarían disponibles para estabilizar los bonos de largo plazo). Pero con las tasas largas españolas todavía en el 6,50% la paz es vulnerable. Sin embargo, esta tregua remarca lo que siempre se dijo: que Europa tiene mucho más recursos para aplacar la crisis que los que se permite utilizar. Bastó con amagar emplearlos para frenar la corrida. Bastará con usarlos, si no le tiembla el pulso, para doblegar la próxima embestida.

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