29 de agosto 2012 - 00:00

Europa, con manos atadas (hasta el 12-S como mínimo)

El borrador, a trazos gruesos, no es difícil de anticipar. Europa promete intervenir con firmeza en los mercados de deuda soberana. Es un pacto tácito entre el BCE y los Gobiernos para cubrir el flanco más vulnerable de la estrategia del ajuste y las reformas. Su primer punto es el compromiso expreso de no romper el euro. El segundo es evitar que la zozobra de una corrida provoque el naufragio de un programa de austeridad. El BCE, en la parte corta de la curva de deuda, y el muro cortafuegos, en el tramo largo, obrarán como dique de contención frente a la adversidad. Pero no habrá auxilio sin previa petición formal de rescate. La condicionalidad del ajuste hará de tutor responsable, no la disciplina del mercado que, siendo racional (la eurozona carece de una prestamista de última instancia y la recesión no ayuda a pagar las deudas), se probó muchas veces contraproducente para la estabilidad. La mera idea de que ahora sí habrá una amarra firme, de resultar creíble, puede obrar el milagro con mínima injerencia. En definitiva, Europa cede en su tozudez y acepta acoplarle al garrote del ajuste la mínima zanahoria de condiciones financieras estables. Funcionó en otras partes (EE.UU. fue puro caroteno), tendría que servirle a ella también. Pero el diablo está en los detalles y, de momento, lo que se conoce es sólo un boceto a mano alzada y, aun así, es muy resistido; puede enriquecerse tanto como ser aligerado.

Pasó un mes desde que Mario Draghi prometió hacer todo lo necesario para salvar al euro y pasará otro más hasta que la estrategia de estabilización quede configurada a pleno. Y conste que Grecia es un capítulo aparte que demorará aún más: allí habrá que esperar hasta la cumbre del 18 de octubre. Existen, por supuesto, decisiones de envergadura -como el visto bueno a la recapitalización directa de la banca por parte del muro cortafuegos- que dependen de la concreción de otros anuncios -la supervisión bancaria unificada- que aunque se difundieron meses atrás (en este caso, en la cumbre presidencial de junio), no estarán listos sino el año próximo. No obstante, el corazón de la estrategia -el escudo protector para frenar la corrida contra la deuda- debería salir a la luz pública antes que termine septiembre. Ésa es la intención. Le tocará a España, luego, el ¿privilegio? de estrenarlo.

Así son los tiempos de Europa aunque a Draghi no le alcancen las horas (y deba cancelar por ello su visita a Jackson Hole). Cuando los mercados imponen su urgencia, son lentos en demasía. Cuando, como ahora, conceden una tregua, se estiran con facilidad. Ocurre que no es sencillo alinear a la Europa de los 17. Que lo diga Merkel que cuenta ya con 17 voluntades, y la de Draghi a la cabeza del BCE, y no puede todavía cerrar el paquete. El Bundesbank se opone rabiosamente y lo hace saber una vez por semana con metódica puntualidad. Su presidente, Jens Weidmann, quien antes de asumir era consejero económico de la canciller, dobló la apuesta en contra: «No debemos subestimar el riesgo de que el banco central provoque una adicción». La droga, a su juicio, sería la compra de deuda pública. «La bendición de los bancos centrales eleva los deseos monetarios que existen de por sí», dijo Weidmann con el ánimo de impedir que Merkel, la hija de un pastor luterano, lleve a Europa a caer en la tentación. ¿Será posible convencerlo de que si hay deseo monetario, su satisfacción no supone pecado de inflación? No. El Bundesbank no quiere correr ningún riesgo, pero esa abstinencia es un lujo que la región -con España e Italia en la picota- ya no puede concederse.

Merkel pretende que Europa converja a una unión política. Es una ironía, pues, que para despejar la coyuntura, el principal obstáculo sea la división al interior de la propia Alemania. No se puede ocultar el rechazo del Bundesbank. Tampoco la fractura visible que anida en la coalición de Gobierno. No hubo crítica más despiadada de los planes del BCE que la de Alexander Dobrintz, secretario ejecutivo de la aliada unión socialcristiana de Bavaria: «Mario Draghi se arriesga a entrar a los libros de historia como el falsificador de moneda de Europa». Si ello ocurre, Merkel figurará en el prólogo. Sin su apoyo, el italiano no podría avanzar, el Bundesbank tendría poder de veto en el BCE. La situación no carece de antecedentes. Merkel laudó en contra del Bundesbank en el pasado reciente (y provocó así el alejamiento de Juergen Stark y, antes, de Axel Weber, quien era el candidato natural a ocupar hoy el sitial de Draghi).

Mario Draghi pudo desligarse de Jackson Hole, pero deberá enfrentar sí o sí a los medios el 6 de septiembre tras la próxima reunión del BCE. ¿Tendrá listo el esquema de intervención? Ya se dijo -a través de distintos voceros oficiosos- que no hay que esperar que asomen las grandes definiciones (debería arrimar, aunque sea, las pequeñas). Como se habló, hay un pacto tácito entre el BCE y los gobiernos. Y ello involucra al muro cortafuegos, que se nutre de los recursos fiscales aportados por los gobiernos (más el FMI). Alemania es aquí, otra vez, el motivo de una demora: su Tribunal Constitucional se expedirá sobre la validez del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) recién el 12 de septiembre. Habrá que acudir a esa ventanilla para solicitar un rescate. Es razonable que el BCE quiera tener la seguridad de su habilitación antes de establecer la exigencia. Queda claro que si se cae el MEDE, Dios no lo permita, no sólo se derrumba medio muro cortafuegos, sino que se iniciará un nuevo incendio que puede ser devastador. Y el BCE tendrá que involucrarse más y no menos que lo que hoy se prevé. Pero ése será otro arreglo. Merkel supervisó la hechura del MEDE y se supone que contempló sus aspectos legales. Hasta ahora, a decir verdad, jamás soportó un traspié en ese frente delicado. Si el dictamen del Tribunal, como se cree, se confirma favorable, entonces los ministros de finanzas y los banqueros centrales de región, reunidos en Chipre, dos días después, tendrán las manos libres para accionar. Tocará allí decidir la puesta en marcha efectiva del plan.

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