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Fantasma de otro traspié en Wall St.
La Bolsa se desinfla de la mano de una economía que acusa un decaimiento generalizado. Y las noticias del mercado laboral confirman que la debilidad atracó también en sus costas. La (relativa) pujanza que todavía exudaba en abril, se disipó sin preaviso. No importa el cristal con que se mire. Primero avisó el informe ADP. De registrar un aumento de 177 mil empleos privados netos en abril, cantó apenas 38 mil en mayo. El relevamiento oficial, el viernes, arrojó números mejores -una estimación de 83 mil-, pero, a todas luces, muy pobres comparados con el incremento promedio -244 mil- de los tres meses precedentes. Para peor, el «socialista» Obama, como lo acusan los republicanos, pertenece a una rara vertiente: gasta mucho, pero destruye sistemáticamente empleo público. Fueron 29 mil posiciones las que se perdieron en mayo a todo nivel de Gobierno (853 mil el último año). Se dirá que una golondrina no hace el verano y es verdad, pero aquí el problema es el rigor invernal. Una economía continental que arrastra 13,9 millones de desempleados y añade oportunidades laborales a un ritmo de 54 mil al mes no irá muy lejos. Crúcese con la información que proviene en simultáneo de todo el arco de indicadores económicos y la conclusión no tiene vuelta de hoja: el enfriamiento es innegable.
La inflación, que era el problema que se meneaba apenas semanas atrás, puede esperar. Lo que va a martillar sin demora es el temor por la suerte de la recuperación y -cuando hay contratiempos la histeria mete la uña- exigirá desempolvar los trajes de fantasmas conocidos como el «bache suave» y «la doble recesión», que, por cierto, no le sientan muy bien a la Bolsa. Con la aversión al riesgo en alza por la agonía del QE2 y el repliegue anunciado de la Fed, el rally de las acciones debería cederle el protagonismo -como lo hizo el año pasado- a la dinámica del mercado lateral, al objetivo más modesto de la preservación de las cotizaciones en un rango, hasta que las dudas puedan aclararse.
En el fondo, la preocupación que anida en los mercados, ya de antes, y por eso funcionó tan bien aquello de «vender en mayo», es que 2011 sea un calco de los avatares de 2010. El parecido de las circunstancias es llamativo. Se agitan, en definitiva, los mismos asuntos. Grecia y las indecisiones de la política europea, que siempre quiere ser ejemplar y nunca puede. El final del relajamiento monetario de la Fed. La economía que se debilita y las sombras de una recaída. Si pudiera elaborarse un índice de sorpresas, se advertiría que, al igual que en estos meses del año pasado, lo que percuten son novedades adversas. El que confecciona Citigroup señala con precisión (que no podemos corroborar) que su nivel actual de negatividad es el doble que en 2010. Ahora bien, a esta altura el año pasado, la Bolsa ya se había sumergido en un chapuzón del 15%. El temporal de sorpresas desagradables es hoy más intenso y, sin embargo, el derrape de las acciones no llegó aún al 6%. ¿Será que el resto de la factura está al caer? ¿Qué factores amortiguan su impacto? Ningún colchón mejor que un alto grado de escepticismo a priori. Y su corolario, la inexistencia de posiciones muy cargadas en acciones. Así se esquivan mejor los golpes. Pruebas al canto: la «piña» fuerte la sufrió el «nuevo paradigma»en boga, los commodities.
También influye la sensación de «déjà vu», de que esta película ya se vio. Si va a ser un calco de 2010, el desenlace está fresco en la memoria. Grecia es el mejor ejemplo: se desarrolla como una tragedia, pero, a la postre, se resuelve como un vodevil. No hay que desesperar: al final la caballería acude al rescate. La entereza de la Bolsa para absorber el castigo quizá sea del mismo género que la confianza que tiene el alumno en su machete. Durará, si es así, hasta que advierta que le cambian las bolillas de examen. En ese sentido se observa un reflejo condicionado: basta con que se susciten las primeras dificultades, los atisbos de una pérdida de vigor económico, para que irrumpa la sospecha de una recaída y se agite la silueta de una nueva intervención de la Fed. La película se conoce de memoria. Por eso las referencias al QE3, cuando es obvio que la Fed ni remotamente lo tiene en consideración.
Se sabe que la historia no se repite. Pero rima. La película no es nunca la misma. Pero admite secuelas. La Fed no tiene intención de machacar de nuevo con la compra masiva de bonos. No obstante, lo hará si todo se pudre. En cuyo caso, la Bolsa no la tendrá fácil. No habrá salvataje de la Fed si no se hunde primero y traga agua a borbotones. O sea, si no aparece la parte dramática de la cinta que por ahora no está en pantalla.


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