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FIBA: sobresaliente espectáculo
«Eraritjaritjaka, Museo de frases» resultó una experiencia artística innovadora que estimula la imaginación del espectador.
Más que una exquisita muestra de teatro musical, este espectáculo del compositor y director alemán Heiner Goebbels (el director del Complejo Teatral de Buenos Aires Alberto Ligaluppi ya había intentado traerlo en el anterior FIBA) es ante todo una experiencia artística innovadora que estimula la imaginación del espectador, dispara en él múltiples asociaciones, lo sensibiliza a través de la música y juega con su percepción mediante variados trucos visuales que parecen arrojarlo a una cinta de Moebius.
Ya lo advirtió en su Master Class del viernes pasado: «Yo busco que el público no sepa muy bien dónde está sentado». Goebbels ha compuesto música para teatro, ballet y cine, pero encontró su plena expansión artística en esta suerte de «sound-plays» en los que explora e integra con admirable síntesis las cualidades de la música, los sonidos y la voz humana, integrándolos a textos no narrativos y a proyecciones y recursos escenográficos que más allá de su impacto estético siempre suman contenidos.
Según sus palabras, «el drama no debe ocurrir en el escenario sino en la cabeza del espectador» y citó, como ejemplo risueño, la reacción de una espectadora que «creyó ver a Dios en una escena de Stifters things, una obra de 2007 basada en textos del escritor checo Adalbert Stifter, creada para cinco pianos, pero sin pianistas, ni actores, donde los sonidos e imágenes dejaron su papel ilustrativo o de meros accesorios para convertirse en protagonistas: luz, murmullos, voces, viento, niebla, agua y hielo».
Describir lo que sucede en el escenario durante los 85 minutos de «Eraritjaritjaka» (expresión de los aborígenes australianos equivalente a «nostalgia por algo que se ha perdido») puede resultar empobrecedor tratándose de un espectáculo que apela sobre todo a la subjetividad del público. No obstante, hay elementos para destacar: los textos de Elías Canetti, poéticos, filosóficos y a la vez sencillos, llenos de encanto e ironía; la sensible performance del actor francés André Wilms que mantiene un diálogo rítmico y natural con el magnífico cuarteto de cuerdas holandés Mondriaan (el espectáculo reúne música de Bach, Gavin Bryars, George Crumb, Maurice Ravel y de varios compositores rusos como Dmitri Shostakovich).
Wilms da vida a un viejo intelectual, solitario y cavilador. En algún momento se escapa de la sala seguido por un cameraman, para estupor y regocijo del público que lo sigue viendo y escuchando a través de una pantalla mientras el personaje se sube a un taxi, dobla por una lateral a Corrientes y termina en un departamento de la zona, en donde realiza distintas actividades: lee, escribe, se cocina un omelette, hace chistes («los franceses se sientan a la mesa como para toda la eternidad») y mientras pica cebolla el martilleo de su cuchillo se une al ritmo de la música del cuarteto Mondriaan.
De repente la figura del actor reaparece en vivo a través de una de las ventanas de esa gran casa que se recorta al fondo del escenario (y que también es pantalla proyectiva). Inútil preguntarse cómo realiza todos estos trucos; cuál es el límite entre lo virtual y la representación en vivo y cómo logra Goebbels que la música hable por sí misma -no siendo un concierto- o cómo consigue reorganizar la percepción temporal del espectador (en complicidad con el escenógrafo e iluminador Klaus Grünberg) sin que la obra pierda su carga humana. Resta desear que este genio del teatro musical -o cómo se llame lo que él hace- vuelva a Buenos Aires con otro espectáculo.


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