2 de septiembre 2009 - 00:00

Fogwill: “También yo fui la Susi”

Fogwill: «Yo tiré muchos cuentos y prohíbo republicarlos, aunque sé que hay un mercadito de ese tipo de relatos descartados en los estúpidos académicos yanquis que compran basura».
Fogwill: «Yo tiré muchos cuentos y prohíbo republicarlos, aunque sé que hay un mercadito de ese tipo de relatos descartados en los estúpidos académicos yanquis que compran basura».
 «Vivir afuera» de Fogwill, historia de seis parejas durante unas horas de 1996, donde no falta un ex combatiente de malvinas convertido en dealer, una prostituta delatora, y hasta un sexagenario alter ego del autor, se convirtió en una inhallable novela de culto. Ese libro, juntamente con «Cuentos completos», selección de los relatos que destacaron a Fogwill en la narrativa breve, acaba de reeditarse. Sociólogo, publicitario, empresario, editor, narrador, poeta y ensayista, Rodolfo Enrique Fogwill ha hecho de su apellido una marca en la literatura. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Cómo ve, nueve años después de su primera edición, «Vivir afuera»?

Fogwill: Volví a leer esa novela para corregir erratas y tratar de recuperar el orden original, su ritmo. Pasaron once años de su escritura, y los bordes siguen siendo los mismos. Cambiaron muchas cosas pero no envejeció nada. Le faltaron piqueteros, pero la ideología, en el fondo, está sobrevolando en el libro. Aparecieron el paco, el mp3, los planes sociales con sus remunerados líderes emergentes, más shoppings y nuevo modelos para paliar, amurallar, evangelizar o vigilar, pero la historia sigue siendo la misma y diciendo lo mismo. En cuanto a eso de que es la novela de los noventa, no es cierto, lo inventó «Página /12».

P.: «Vivir afuera» parecería la búsqueda de una novela coral, de confrontar la música de las diversas voces de sus personajes.

F.: Fue buscada la multiplicidad de voces y algo, que acaso no logré bien, que era el contraste. En los monólogos interiores se escucha el contraste de ritmos, la diferencia de las voces. El lector entendía de inmediato la persona que estaba hablando aunque no hubiera ningún marcador de género o de condición social. Trabajé mucho esas voces, y allí está mi identidad con todos los personajes, mi identificación. Todos eran yo. Yo también era la Susi.

P.: Además de «Vivir afuera» se reeditan sus cuentos, ¿cómo ve a ésta altura el conjunto de su obra?

F.: Le falta. Le faltaría una operación de vanguardia que yo siempre hago y nunca la escribo. Un texto completamente fuera de los formatos editoriales, fuera de la convención. Me faltarían dos libros de poemas, uno lo tengo, el otro no está nada conseguido, quisiera que surja de esa iluminación que consiguieron algunos tipos como Héctor Viel Temperley, que de ser un poeta menor, de los miles que habíamos en la Argentina, un día se mandó dos libros y medio que lo colocaron en el lugar que tiene hoy. Y faltaría algo que no creo que ya vaya a tener: dos cuentos iluminados como fueron mis cuentos de los setenta y ochenta. No los hay, no me salen, ¿qué puedo hacer? Me encantaría. Me gustaría escribir un cuento que estuviera a la altura de «La larga risa de todos estos años», de «Muchacha punk» o de «Memoria de paso». Algunos de esos que por tener algo, duraron. Y que ahora se los podrá encontrar en la nueva edición.

P.: ¿Publica todos sus cuentos?

F.: No, todos no. Cuentos completos. Tiré a la basura y testamenté que prohibía la publicación de los que no estuvieran en esta edición. De los veintinueve cuentos que escribí saqué ocho. Podría haber sacado diez o doce, también. Sé que a pesar de todo, ese tipo de relatos descartados tienen su mercadito en los estúpidos académicos yanquis que compran basura.

P.: ¿Por qué sus libros tienen ediciones distintas en la Argentina y en España?

F.: Porque son dos monedas distintas. Tres mil euros contra tres mil pesos de adelanto, no hay discusión.

P.: ¿Tiene algo qué esté escribiendo o proyectando?

F.: Montones de cosas. Como dije, tengo un libro de poemas, que ya está, pero le falta. Pero, el concepto del libro está definido. Ahora estoy tratando de reciclar en una especie de ensayo las notas de prensa que salieron en el diario «El País» y en otros lugares. Alguno de esos «textos sobre nada». Y tengo un par de novelas dando vueltas, que escribo y reescribo, tacho y borro. O tomo fragmentos y los traslado. El prólogo de la nueva edición de «Vivir afuera» tiene una parte afanada del prólogo de una de esas novelas que no voy a publicar.

P.: ¿Cuándo dice que ha publicado en diarios y revistas «textos sobre nada» a qué se refiere?

F.: Por ejemplo, me habían pedido un texto que se iba a llamar «La cocina del escritor», lo que me parecía una grasada, pero hice lo que me pedían porque había buena plata. Después cambiaron ese título y tuve que ajustarlo. Y ahí comencé a cambiarlo, traté de meter cualquier cosa que sea absolutamente no pertinente al texto y volverla, por efecto del ritmo en algún caso, por un sustantivo que se repite, en otro, en algo envolvente. Comienzo a hablar sobre la necesidad de hacer métrica en los títulos y termino contando la biografía de Giancarlo Elia Valori. Me divirtió mucho.

P.: Usted que ha jugado en su narrativa con lo inmediato, con lo político, con el sexo y las drogas, señala una aspecto nada habitual: su interés por el ritmo, la cadencia, la música del texto.

F.: No es habitual en los narradores, que por lo general son sordos. Bueno, no todos; algunos son buenos. Uno, por ejemplo, del que no hablo nunca porque no me gustan sus libros, es Pablo de Santis. Pero leí cuentos suyos y me parece que tiene oído, tiene ritmo y tiene polenta. A diferencia de los que se llaman escritores oficiales, que son completamente convencionales. Muchos de ellos, y de ellas, están influidos por traducciones de décima y por las prácticas de taller literario que dan un producto interesante. Salen libros que no se tienen que leer con el lápiz para corregir, pero que generalmente se pueden tirar en cualquier momento. Es gente que sólo pretende ver de cerca el mundito del mercado literario. Uno observa las antología de nuevos escritores y ve que las chicas no alcanzan lo que fueron hace cuarenta años las que escribían en la revista «El Escarabajo de Oro», y los chicos hacen composiciones hasta que quieren romper el cascarón y quieren ser Osvaldo Lamborghini, y no les da. En esto hay una clara diferencia con quienes vienen de la dramaturgia, porque ellos son, aunque no sea lo que pretenden, primeramente actores, y al escribir se imaginan representando el papel, encarnando el personaje, modulando el decir. El lenguaje de Shakespeare baila, y baila porque él bailaba. De pronto se encuentra un narrador que también es poeta, pero no es muy frecuente. No digo que tenga que serlo. Piglia es sordo a la música, y sin embargo es un excepcional crítico de poesía, quiere decir que la entiende. Bueno, es lo que tenemos. Y para regresar a la novela, es un aparato que engulle todo, en la que la política es su tópico trivial, su zona límite con el periodismo.

P.: ¿Quiénes pondría a la cabeza de su canon de la literatura argentina?

F.: No tengo un canon. Estaría Borges. Pero para mí Borges no es un autor, es más bien un pensador y un personaje. Arlt es un autor, menor en comparación a Borges, pero es un autor.

Entrevista de Máximo Soto

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