La base encierra bajo estrictas normas de seguridad una pequeña ciudad en crecimiento para 17.000 militares y sus familias, con nuevos proyectos de casas y, como no podía ser menos, un centro comercial con planes de expandirse en el que no faltan las primeras cadenas de comida rápida y tiendas de parafernalia militar.
Bajo esta discreción idílica y campestre se levantan las sedes de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y el Servicio de Seguridad Central (CSS), que conforman la mayor agencia secreta del mundo; el Cibercomando del Pentágono, encargado del aspecto más militar del espionaje; y la DISA, el departamento que diseña la red de comunicaciones de Defensa.
La NSA, cuyo presupuesto secreto se ha multiplicado en la última década y podría superar ya los 10.000 millones de dólares -el mayor de toda la red de inteligencia-, es el motor de la bonanza de Fort Meade. En la agencia trabajan alrededor de 35.000 empleados civiles y militares, a los que se espera sumar una decena de miles en los próximos quince años.
A la cabeza de este imperio está Keith Alexander (61), un general de cuatro estrellas que en 2010, al asumir tras cinco años como director de la NSA/CSS también la jefatura del Cibercomando se ha convertido en el zar del ciberespionaje y la inteligencia digital.
Además de buscar pistas sobre amenazas terroristas en el mundo, Alexander está encargado de mejorar las capacidades de EE.UU. en la "ciberguerra fría" con potencias como China, Rusia o naciones como Irán.
Alexander dirige un cuerpo de expertos matemáticos, criptográficos e informáticos en la NSA y sus adjudicatarias privadas que tiene la capacidad de tumbar infraestructuras de red vitales para un país o inhabilitar armamento con un alto componente digital.
Una pista del modus operandi de estas operaciones fue el virus Stuxnet (creado a mediados de la pasada década por la NSA, la CIA y los servicios secretos israelíes), que permitía manipular el sistema de control industrial que se utiliza en complejos como plantas de tratamiento de agua o una central nuclear. El virus, ampliamente estudiado tras darse a conocer en 2010, permitió dañar miles de centrifugadoras que enriquecían uranio en la central iraní de Natanz, un ataque del que Estados Unidos nunca se ha responsabilizado.
Recientemente, un portavoz de Microsoft, creador del sistema operativo Windows, reconoció que trabajan de manera estrecha y constante con la NSA, a la que avisan con antelación de las vulnerabilidades que encuentran en sus programas antes de hacer públicas sus actualizaciones.
| Agencia EFE |


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