6 de septiembre 2012 - 00:00

Freud y su análisis de las cárceles y los delincuentes de hoy

Federico Enrique Stolte (*)
Federico Enrique Stolte (*)
«Dime las cárceles que tienes y te diré la sociedad que eres». El axioma me pertenece. Síntesis de una mirada del equívoco producto de observar desde los años setenta las cárceles más importantes de la Ciudad, Devoto y Caseros y, Marcos Paz, Ezeiza, Olmos y algunas otras de la provincia de Buenos Aires. Error de la pretensión profesional de partir de un fenómeno para pretender dar cuenta del todo. Observación de una sintomatología desde la Psicología Social y el Psicoanálisis que intentaré desarrollar en referencia a un breve escrito de Sigmund Freud, cuya vigencia no deja de aturdirme. Todos intentamos llevar agua para nuestro molino, como decía el maestro Francesco Carnelutti, en Las Miserias del Proceso Penal; cada uno, desde su lugar, argumenta y justifica con pretensiones ciertas de diagnóstico sobre un punto de vista de la realidad.

Estamos mal, muy mal, el país está muy mal, me decía hace treinta años un señor que trabajaba como encargado en la casilla del puente levadizo de hierro, sobre el Riachuelo, del ferrocarril de trocha angosta. Hace ya 40 años que trabajo aquí y le digo que el país está muy mal. ¿Cómo lo sabe? Los barcos, me dijo, los barcos. Antes, tenía que levantar el puente más de veinte veces por día. Ahora, lo bajo cuando viene el tren y lo levanto para que no crucen de la isla. Se refería a la isla Maciel. El puente rojizo de óxido cambiaba el color del piso con el paso del tren, porque los chicos de la isla abrían las compuertas de la carga; amarillo del trigo, naranja de maíz, gris de la piedra. Realismo mágico rioplatense.

Vuelvo al axioma. Cuando digo las cárceles, no me refiero a la cantidad, su estilo, ni los edificios y la burocracia carcelaria, tampoco a los diferentes servicios penitenciarios, sólo me refiero a las personas privadas de libertad, a quienes se les reprocha haber cometido algún delito grave, en situación de cárcel. Delincuentes, en un sentido no jurídico, como señalara Freud en su artículo «Los que delinquen por conciencia de culpa», publicado en el año 1916.

La población carcelaria es testimonio de un fracaso. Algo falló en términos de estructura y construcción del aparato psíquico en la mayoría de esas personas. No me refiero a la ley penal, sino a La Ley, con mayúsculas, la ley constitutiva de la humanidad, adquirida como conciencia moral merced al complejo de Edipo, que instaló en la cultura del hombre los dos grandes delitos: el parricidio e incesto con la madre.

Freud advierte en la clínica que ciertos niños se vuelven díscolos para provocar ser castigados y luego de ello se sienten tranquilos y calmos. Analiza ese comportamiento y explica que ese sentimiento de culpa es derivado del Complejo de Edipo.

Al hablar de los delincuentes adultos, en un párrafo, hace un diagnóstico universal que mantiene su vigencia inalterable. Divide a los delincuentes adultos en tres categorías: los que cometen delitos sin sentimiento de culpa, por no haber desarrollado sus inhibiciones morales, los que justifican la conducta criminal en su lucha contra la sociedad y, por último, la gran mayoría de los delincuentes, para quienes, dice, fueron creados los códigos punitivos y allí es donde convoca a trabajar sobre el psicoanálisis en hallar un nuevo fundamento psicológico de la pena.

La mayoría de la población carcelaria de esta época está integrada por personas vinculadas a delitos contra la propiedad, robo con armas, dato de interés para la criminología. Ahora, qué roba el ladrón cuando roba, es una pregunta que convoca a preguntarnos por encima de la mirada lineal de la norma de castigo y considerar el objeto-botín con una carga simbólica tal, que mantiene al sujeto en una permanente insatisfacción: nunca alcanza, no hay objeto que lo colme. Porque no se trata del objeto, pero sí del intento o ilusión de desapoderamiento de algo que va más allá de lo material, donde el objeto es apenas un medio.

Nada hay por fuera de la magistral descripción que hiciera Freud, pero sí debo señalar con preocupación que, de las tres categorías, una de ellas ha cobrado especial relevancia en estos días y es una muestra acabada de un rotundo fracaso, un error de la época del que no podemos hacernos los distraídos. Me refiero a los jóvenes, que pertenecen en la categoría de los que delinquen sin sentimiento de culpa por no haber desarrollado inhibiciones morales. Los llaman los sin códigos, jugados, que no les importa nada, la vida propia ni la ajena. Para ellos, rehabilitación, reinserción se vuelven palabras vacías, sin contenido, porque por distintas razones no fueron «habilitados». La cárcel es para ellos un depósito residual.

Pero las colas de visita de mujeres siguen siendo largas, de madres que no ceden. Vínculo complejo, punto oscuro de la psicología, que hace más de noventa años Freud nos convocara a iluminar.

(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

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