Futurismo: la vanguardia más polémica bajo la lupa

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«El Universo Futurista. 1909 - 1936», la exhibición recién llegada de Italia que exhibe la Fundación Proa, permite echar una mirada exhaustiva y a la vez distanciada del movimiento más cuestionado de las vanguardias históricas. Es natural que así sea. Ha pasado una centuria desde que el 2 de febrero de 1909 el diario «Le Figaro» publicó el célebre Manifiesto de Filippo Tommaso Marinetti. Hoy, esa portada se ha convertido en una pieza histórica, e ilustra las invitaciones que cursó Proa. El movimiento ha cumplido 100 años, y el tiempo mismo distanció el arte del turbulento contexto político en el que nació. Las celebraciones culminaron con muestras en toda Europa, y la reiterada condena a los artistas del futurismo y, sobre todo, a su ideólogo, Filippo Tommaso Marinetti, por su adhesión al fascismo y su devoción por Mussolini, apenas si ocupó alguna línea en las crónicas de los medios.

La muestra proviene del MART, el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Trento y Rovereto que, cuando las acciones del futurismo estaban en baja, se dedicó a comprar pinturas, objetos y, sobre todo, la profusa documentación que cuenta la historia del movimiento. Las 240 obras que están en La Boca han dado la vuelta al mundo. Se trata de pinturas, dibujos, fotografías, diseño, moda, escenografía, objetos y numerosos textos, que enfatizan en la exposición el concepto de velocidad que los artistas del movimiento supieron representar. «Italia estaba dormida y Marinetti invitaba a despertarla, a descubrir la dinámica de la vida», señaló Gabriella Belli, curadora de la exhibición y directora el MART. Belli no elude la historia política, pero destaca que el movimiento fue literario en sus inicios.

El poeta Marinetti, embriagado por la aceleración de la técnica, la glorificaba con sus característicos excesos: «Queremos ensalzar la emoción combativa, la vigilia afiebrada y el puñetazo. Nosotros afirmamos la magnificencia del mundo que se ha enriquecido con una belleza nueva, la belleza de la velocidad. Un coche de carrera con su radiador adornado con gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo, un automóvil que parece correr sobre una metralla es más bello que la Victoria de Samotracia».

Esta proclama, orientada a dejar atrás el academicismo y a mirar hacia el futuro, contagió a los pintores Umberto Boccioni, Carlo Carrá, Gino Severini y Luigi Russolo, que en febrero de 1910 publicaron otro manifiesto. La Italia del 900, fascinada por el dinamismo de la revolución industrial, rompió con la inmovilidad del clasismo. Así se inauguró el mito de la máquina, veloz y todopoderosa, que irradió su fuerza por el mundo.

Si bien Marinetti estuvo dos veces en Buenos Aires, no se sabe si para promover el fascismo o sus ideas sobre el arte, es la primera vez que llegan a nuestro país las pinturas del futurismo. A los artistas italianos se sumaron dos obras de Emilio Pettoruti, que fue un futurista de primera hora en Italia y que al volver a la Argentina, en 1924, inauguró la abstracción. En sus pinturas, las curvas reiteradas se perciben como las estelas que se forman en el agua al arrojar un guijarro, o la huella que deja la forma de un objeto reverberando en la memoria. Gracias a este recurso óptico, Pettoruti muestra el movimiento y atrapa al espectador en el ritmo de las líneas del cuadro.

La aceleración de los tiempos modernos está representada en los puntos vibrantes del puntillismo, en los múltiples contornos de los objetos que simulan el movimiento y a partir de 1912, en el facetado cubista. Eminentemente multidisciplinaria la muestra exhibe desde el «libro abulonado» realizado en metal, hasta los fotomontajes que se anticipan a los de dadaísmo, pasando por la moda, los vestidos para una era robótica.

El teatro ocupa un lugar especial, están las marionetas y arlequines de Fortunato Depero, los vestuarios para Stravinsky o los ballets rusos de Diaghilev, y las estupendas escenografías. Según observó Belli, los futuristas amaban el teatro, lo consideraban un pequeño laboratorio de las experiencias de la vida y fueron precursores de las performances. En la sala se escucha el zumbido ronroneante de los «entonaruidos» o «entonarumores».

Desde la distancia actual, en tiempos no menos veloces, el arte de esa época se percibe como un reflejo de la irrupción abrupta de la vida moderna, y las transformaciones que impuso el despuntar de los avances tecnológicos. Pero la estética de las obras, incluso la fotografía de una bailarina que amaba Marinetti, un calco de las lánguidas esculturas art déco de Demetrio Chiparus, parece casi ajena a sus delirantes discursos.

Marinetti no tenía reparos al decir: «nosotros queremos glorificar la guerra, única higiene del mundo»; con un criterio análogo, otro poeta, DAnnunzio, consideraba la guerra «un elemento lírico». Ambos contribuyeron a generar lo que Benedetto Croce define como «una orgía de irracionalidad» que acabó por impulsar a varios artistas a la Guerra. En el frente de combate murió Boccioni y su fin determinaría el principio del ocaso futurista. En 1916, mientras Sironi y Severini se encaminaban hacia el cubismo, Carrá se replegaba en el mundo quieto y detenido de la pintura metafísica, que surgiría como respuesta a tanta alienación.

La inspiración futurista continúa sin embargo, es el antecedente del arte cinético que surge en la década del 60, con obras que por fin se mueven -de verdad-, a través de diversos mecanismos. Con la velocidad como tema, la exposición prosigue con pinturas de la década del 30 y el 40, como la aerodinámica metrópolis de Tulio Crali, un homenaje al vértigo urbano, una visión del mundo en caída libre. En el Espacio Contemporáneo del restaurante, Proa inauguró «Buenos Aires» una intervención de los argentinos residentes en Berlín, Dolores Zinny y Juan Maidagan.

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