19 de julio 2011 - 00:00

Garabito y Giambiagi: la afinidad bajo las imágenes

Sin título, 2011. De la serie «Naturaleza quieta», del fotógrafo Guillermo Giambiagi: el pasado que habita en las cosas., Los dos bañeros con los ojos acostumbrados al sol, parados frente a las ondas que dibujan el mar y las olas, son el mejor ejemplo de la obra de Ricardo Garabito.
Sin título, 2011. De la serie «Naturaleza quieta», del fotógrafo Guillermo Giambiagi: el pasado que habita en las cosas., Los dos bañeros con los ojos acostumbrados al sol, parados frente a las ondas que dibujan el mar y las olas, son el mejor ejemplo de la obra de Ricardo Garabito.
La semana pasada el Malba inauguró las muestras «Ricardo Garabito. Selección de dibujos y pinturas» y «Guillermo Giambiagi. Naturaleza quieta», fotografías. Se trata de dos exposiciones aisladas, separadas por la técnica y la distancia generacional que, sin embargo, presentan afinidades que se acentúan al verlas juntas. Ambas presentan bodegones, un tema clásico del arte y, ambas indagan con menor y mayor énfasis los misterios que esconden las cosas: jarrones, cuencos, frutos o flores, motivos que se reiteran en las dos muestras y cuya representación va más allá del rescate de su valor estético. Sencillamente, las cosas están allí por su capacidad para desplegar la magia del fenómeno visual.

La muestra de Garabito se destaca por los dibujos realizados en las décadas del 70 y el 80, reveladores de una faceta muy poco conocida del artista. Si bien en las pinturas predominan los bodegones, los dibujos de Garabito están dedicados casi exclusivamente a retratar personajes cuya identidad coloca bajo la lupa de su mirada incisiva. Hay, a pesar de la fuerte tendencia expansiva del artista, que no deja milímetro sin pintura en la densidad de sus telas, un fuerte contraste con sus dibujos realizados al lápiz con levedad y dejando amplios espacios en blanco. Sus peras, membrillos y panes ostentan la pureza de una sola línea para diseñar el contorno, mientras el vacío de su interior atrae las miradas.

Luego, la psicología de los personajes agrega un interés especial, porque las líneas del dibujo acompañan con sabiduría la identidad. Los dos bañeros con los ojos acostumbrados al sol, parados frente a las ondas que dibujan el mar y las olas, son el mejor ejemplo, el más logrado. En sus rostros, las finas líneas del lápiz han diseñado, tenues, los párpados, las cejas y las sombras, formas que se mimetizan con las del mar. La intersubjetividad con el paisaje es extrema: los habitantes del mar comparten -idénticas- las formas suavemente onduladas del oleaje. Con esa misma línea, serena y en ocasiones evanescente, Garabito dibuja unos lirios y un jarrón con flores.

Entre los 32 dibujos que rescató el Malba figuran varios personajes intensos, con una «animalidad vital», como descubre Samuel Oliver. En el mismo texto del catálogo, Oliver llama la atención sobre «la síntesis del planteo», que se reduce a una cabeza, como la del expresivo «Ramón», o a unas siluetas apenas esbozadas, como la del «Hombre con rosas» o las del grupo «Familia».

El acento está puesto en las miradas, las hay: profundas, cínicas, estúpidas, sorprendidas, melancólicas y perdidas en la nada. Cansado tal vez de la condición humana, Garabito se dedicó a la pintura, a renovar los motivos de sus naturalezas muertas, cuyo tema y problema es la pintura misma, desde un punto de vista conceptual y formal, a la vez.

La destreza y el buen oficio sorprenden, el artista es capaz de realizar hazañas como trasladar al óleo la textura del grafito. En un texto que se titula «Garabito. La desmesura de lo mínimo», el escultor Juan Carlos Distéfano destaca los «frutos que guardan en su interior la perfección de la esfera, la memoria y concentración de lo vivido. Síntesis en las que nada falta». En suma, la muestra resulta imperdible por varias razones, entre otras, porque el dibujo conquista adhesiones en las nuevas generaciones y Garabito les brinda una clase magistral.

En el espacio de arte Contemporáneo y como curadora invitada, la artista Cristina Schiavi presenta las fotografías de Guillermo Giambiagi. Al bajar las escalinatas del lobby se advierte la imagen de un jarrón brillante como un caramelo que se reitera una y otra vez. También se repiten las fotos un florero de vidrio, motivo de la más lograda de todas las imágenes. El mismo florero que en una de las tomas contiene un ramo de flores, aparece vacío y transparente en un lugar protagónico: ocupa el centro de una superficie estampada con flores. Al verlo allí, solitario, sobre ese mantel florido, se perciben sus formas redondeadas y la gracia de sus curvas.

El fotógrafo, sobrino nieto del pintor Carlos Giambiagi (1894-1985) y primo de Cristina Schiavi, curadora de la muestra, cuenta que el jarrón color caramelo fue encontrado en la casa de su tío abuelo. Entonces, aporta un dato crucial para comprender la intención de rescatar el pasado que habita en las cosas. De hecho, una pequeña pintura de un jarrón con flores de Carlos Giambiagi cuelga de una pared al inicio de la muestra.

A pesar de la nitidez deslumbrante, las fotos traen a la memoria esos objetos humildes que reiteraban en sus cuadros los pintores de bodegones, enalteciéndolos, dotándolos de una jerarquía especial y del sentido de su estar en el mundo. Entretanto, Giambiagi entabló en esta serie de imágenes una batalla perdida de antemano: las flores artificiales que retrata, carecen de cualidades poéticas, son una cursilería para decorar la vida de una casa suburbana.

El espíritu contemporáneo de este fotógrafo nacido en Buenos Aires en 1957, y radicado en Barcelona desde 1976 hasta 1985, se debe buscar en sus vidrios cargados de reflejos, en la condición inestable del mundo que nos muestra, un universo donde los objetos se deshacen, tienden a desaparecer entre los engañosos brillos y resplandores.

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