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Ginsberg y Kerouac al desnudo

Este es acaso uno de los últimos, si no el último, epistolario de dos grandes escritores. El postrer intercambio de cartas, previo a la era digital, entre un narrador y un poeta en el que se ve cómo se inicia, se desarrolla y comienza a declinar un movimiento literario que hizo florecer el espíritu de una época. En agosto de 1944, Allen Ginsberg, de 18 años, le escribe a Jack Kerouac, a quien había conocido en los campus de la Universidad de Columbia siete meses atrás y que ahora estaba preso en la cárcel del condado de Bronx por haber sido testigo del crimen cometido por un amigo suyo. Pasa un mes para que Kerouac conteste esa carta, y nueve meses para que Ginsberg vuelva a escribirle. Hoy ese tipo de comunicación ha pasado a ser objeto de museo, el diálogo -oral, escrito, y hasta visual- se ha vuelto instantáneo tanto por teléfono como por las redes de Internet.
Kerouac, en su última carta, de junio de 1963, pocos meses antes de su muerte, pronosticando ese futuro espera «que los grandes y serenos corazones de Melville, Whitman y Thoreau nos apoyen en los agitados años venideros de la América supercomunicada, los satélites y otras galaxias. ¿Qué hemos hecho? Buena poesía innovadora, eso debería bastar».
En realidad hicieron mucho más que «buena poesía innovadora». Lograron capturar el espíritu de una época en sus obras y en su forma de ser. Eran tiempos en que aún no había surgido los agentes literarios y las editoriales no andaban aún a la caza del joven potencial bestseller que poniéndolo en manos de un experto editor y transformara de escritor amateur en autor profesional. A Kerouac le llevó seis años, y decenas de rechazos, conseguir que un editor decidiera publicar en 1957 su novela «En el camino», una de las obras maestras de la literatura de los Estados Unidos en el siglo XX, que le dio fama planetaria y a su obra ser remedada del modo más mecánico y ridículo sin ver que Kerouac había convertido la idea surrealista de la «escritura automática» en un registro «disciplinado» del pensamiento espontáneo en la tradición iniciada por William Faulkner. Y así había puesto «on the road» la narrativa beat.
A Ginsberg publicar le fue más fácil, una librería editaba a poetas locales cuyas obras tuvieran menos de 50 páginas, y así en 1955 apareció su poema «Aullido», que estimuló a que otros hicieran usaran ese estilo poniéndoles, además, música, como Bob Dylan, Tom Waits, Jim Morrison, entre tantos otros. «Cuando escuche a Dylan lloré porque la antorcha de la Generación Beat había ido por fin a otra generación», escribe Ginsberg. Y su generación desde la literatura había integrado innovaciones artísticas contraculturales de todo tipo, porque como enseñó Apollinaire son las artes experimentales las que se oponen al conformismo social. Así fue como ayudando desde los márgenes a cambiar su sociedad, expresando el antiautoritarismo, la liberación sexual, la liberación femenina, un espiritualismo que pasó de la búsqueda de nuevas fuentes religiosas en Oriente al uso de drogas para alcanzar experiencias psicodélicas y de ahí al culto de la «nueva era» y el nomadismo hippie.
Estas «Cartas» se van convirtiendo lentamente en una especie de novela donde dos amigos cuentan de los libros que leen y de su vida, sus amores, sus adicciones y sus problemas económicos, y de gente cercana como William Burroughs, Neal Cassady o Gregory Corso, y lejana como Paul Bowles, Thomas Mann, Norman Mailer, Gore Vidal, entre mil más. Durante 25 años estos dos grandes creadores, que no quisieron dejar de ser adolescentes, pusieron en frases afectos y broncas, sugerencias cómplices y recelos envidiosos, y se entregaron poemas, relatos de viajes, iluminaciones y, siguiendo a Baudelaire, fundamentalmente, el corazón al desnudo.
M.S.


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