6 de febrero 2012 - 00:00

Glusberg fue un gestor cultural incomparable

No cesan las repercusiones por la muerte de Jorge Glusberg, el jueves pasado a los 79 años, después de desplegar una actividad arrolladora con el fin de posicionar el arte argentino contemporáneo en el mundo. El personaje resulta inolvidable, con sus chispeantes ojos celestes, sus invariables trajes negros de Versace, su largo pelo blanco atado en la nuca con una colita, y siempre escoltado por Matías, su hijo, y Amelia, su mujer.

Hijo de intelectuales, Glusberg fundó en 1968 el CAYC, el Centro de Arte y Comunicación que le brindó su nombre a un talentoso Grupo de artistas (Luis Benedit, Jacques Bedel, Clorindo Testa, Alfredo Portillos, Víctor Grippo, entre otros). Durante la dictadura y hasta el arribo de la democracia, el CAYC se convertiría en un movilizador enclave de la resistencia artística, hasta que a través de un concurso, Glusberg que fue su mentor, accedió a la dirección del Museo Nacional de Bellas Artes (1994-2003).

En la Argentina y también en el mundo, se movía con envidiable soltura. Ni siquiera la enfermedad que lo sentenció a una silla de ruedas, puso freno a sus Bienales de Internacionales de Arquitectura que convocaban un público que colmaba las salas y al quién es quién de esta profesión, desde países lejanos como China o Japón. Hasta la última edición, a fines de 2011, continuó al frente de la Bienal. De hecho, la valenciana Consuelo Ciscar, directora del IVAM, le dedicó a Glusberg, por sus méritos, la Casa de la Arquitectura que inauguró hace unos meses en Ushuaia.

Vale la pena recordar los tiempos de esplendor de la Asociación de Críticos de Arte, institución que languideció cuando Glusberg dedicó sus energías al Museo. En el año 1975 dialogando con las autoridades de la Universidad de Nueva York, observó que allí no habían establecido relación con los pensadores europeos como Umberto Eco, Gianni Vattimo o Jean Baudrillard, y les propuso organizar unos seminarios que se convirtieron en un sonado éxito con auditorios cada vez mayores. Así se convirtió en co-director del Departamento de Arte de la UNY y en consultor de numerosas publicaciones internacionales. Así, además, logró traer a la Argentina a las celebridades de la inteligencia internacional.

Fue justamente en el Bellas Artes donde su carácter fuerte le jugó una mala pasada: le hizo ganar enemigos, que con malas artes orquestaran su fin. Para ese entonces, sin embargo, el Museo ya había construido una flamante sede en Neuquén y, sobre todo, había dejado de ser el reducto exclusivo de una elite para albergar multitudes. El arte conquistaba sus devotos en esos años y cuando Glusberg se fue, dejó las puertas de Museo abiertas de par en par.

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