15 de abril 2015 - 00:00

¡Gracias por el rugby, viejo!

 El niño llega nervioso de la mano de su padre. Viste el uniforme nuevo, impecable. Le cuesta largar esa mano que lleva apretando desde que nació ya que significa la certeza de la protección paterna. Lo llaman a que se una al grupo y el padre, dándole un beso en la frente, le dice que vaya tranquilo.

"Divertite; yo no me muevo del costado de la cancha," dice el padre orgulloso, viendo a su pequeño hijo usando esos colores que alguna vez vistió. Mientras el niño se une a un grupo de chicos de su edad -muchos de los cuales, con el correr de los años serán sus amigos más cercanos- el padre se acomoda junto con otros padres y madres, excompañeros y amigos para disfrutar viendo a su hijo jugando rugby.

El entrenador le da la bienvenida y enseguida lo tranquiliza. "Esto es para que todos nos divirtamos, así que lo importante es que no tengas miedo de equivocarte. Acá venimos a pasarla bien".

Entre los nuevos compañeros reconoce algunas caras -desde que nació que va al club acompañando a su padre y los colores los lleva tatuados en la piel-. A la hora de distribuir los equipos, le toca estar con un par de amiguitos, pero a la mayoría no los conoce. No necesita mucho tiempo para acomodarse a sus nuevos compañeros. Los adultos deberíamos aprender de cómo se relacionan los niños.

Como si tuvieran músculos de alto rendimiento, uno de los entrenadores -padre, como el resto de los entrenadores, de uno de los chicos en el grupo- arma un precalentamiento que apunta más a despertar a los chicos y ponerlos en sintonía. Muchas risas y alegría para el arranque de la jornada.

Luego juegan con, y no contra el rival de turno. Las consignas son claras. Al que le toca ser referí sólo se preocupa por la continuidad. Ya vendrá la etapa de respetar las reglas a rajatabla. Hoy, los chicos sólo tienen que acercarse a la pelota, querer tenerla y cuando la tienen correr para adelante. A pesar de tener todos la misma edad, es distinta la manera en que se relacionan con la pelota y el tacle. Tiene que ver con temores y habilidades. Nadie recrimina al que no se anima al tacle; las únicas palabras del entrenador son de aliento -el que hace el try vuelve rápido a pararse con su equipo para volver a recibir la pelota-. No festeja... sólo sonríe conforme. La idea en infantiles es que los chicos corran y que con la pelota en la mano puedan expresarse, que se diviertan y quieran volver el sábado siguiente. Es el comienzo de algo que cambiará su vida para siempre. Si elige abrazar este deporte y hacerlo parte íntegra de su día a día tendrá la posibilidad de hacer amigos para siempre y mucha gente conocida que lo acompañará en su camino. Dentro de muchos años, recordando ese primer día de rugby, sonreirá.

Hace dos domingos por la noche tomé nervioso la mano de mi padre sabiendo que esa mano huesuda y casi sin fuerzas me había acompañado toda mi vida, ayudado a levantarme cuando estaba en el piso y aplaudido cuando me iba bien. Fue una presencia constante en ese borde de la cancha y le agradecí por todo lo que me había dado. Le agradecí por aquella primera mañana de rugby hace muchos años. Papá falleció el jueves pasado, pero el legado del rugby es algo por lo que voy a estar eternamente agradecido.

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