30 de mayo 2011 - 00:00

Grecia está ahora en manos de Berlín

¿Cuánto importa Grecia? Quien se guíe por la danza de declaraciones podría arribar a la conclusión de que ya Europa se blindó para asimilar el impacto de su desmoronamiento anunciado. No es así. La banca comercial del Viejo Continente es un talón desguarnecido, no el único, pero sí el más vulnerable. Lo sabe el Banco Central Europeo (BCE), a su vez, el jugador más expuesto a las vicisitudes de Atenas y opositor tenaz a todo proyecto de renegociación. Ocurre que Europa no propulsó una capitalización de sus bancos como la que impuso EE.UU. Se limitó, en cambio, a maquillar la aprobación de laxos exámenes de estrés. Y a negociar en los foros internacionales condiciones más blandas para amoldarse a Basilea III, el canon regulatorio entrante. Sin espaldas para absorber quebrantos, cualquier conato de reestructuración (de activos relevantes en poder de la banca) es una invitación a encender la mecha de la volatilidad financiera a gran escala. Para peor, la premisa de establecer un cordón sanitario en torno a Grecia, para aislarla y evitar el contagio, «a la Argentina 2001», no ofrece aún condiciones confiables de asepsia.

Cuando Europa fijó fecha para migrar a un nuevo mecanismo de estabilidad financiera (MEDE) que sí contempla la alternativa drástica de cirugías a los inversores, escogió un mojón distante: después de junio de 2013. Así los bancos tendrían más de dos años para reforzar sus patrimonios (y los países para ordenar sus cuentas). Y si bien constan indicios de tratamientos exprés -por ejemplo, las presurosas ventas de activos que anunció el banco francés Dexia-, no es posible obrar milagros y acortar los tiempos para todo el sistema. Grecia es un guijarro. Que se haga añicos, que quiebre su sistema financiero, no es lo que quita el sueño. El disuasivo es otro: la factura puede tornarse prohibitiva, no por lo que cueste rehabilitar a Grecia, sino por la magnitud de los daños en una reacción en cadena. De muestra basta un botón. Será imposible que Irlanda no tome para sí cualquier innovación que se le conceda a Atenas en el tratamiento de su deuda pública. Después de todo, lo que Europa le exige a Dublin es que socialice las obligaciones de sus bancos privados. Sin esa mochila, el endeudamiento soberano presentaría, aún hoy, un perfil manejable. Si el país reniega de la garantía oficial a los bancos, el problema volverá a sus dueños. ¿Y quiénes son los propietarios de las firmas que pulverizan su patrimonio? Sus acreedores. El BCE, con redescuentos concedidos por aprox. 150/160 mil millones de euros al sistema financiero irlandés, es el primus inter pares. Si Europa considera que honrar esos pasivos es esencial para la estabilidad financiera de la región, pues, podría hacerlo. Eso sí: a su costa, no a la de Irlanda. Tampoco será posible convencer a los inversores que vean las barbas cortar en Atenas de que no sucederá lo mismo en otros países, los que ya cayeron o los que están en la cornisa. Si Grecia no sucumbió hasta el presente -la amenaza europea original cuando se la conminó al ajuste tras conocerse la manipulación de sus estadísticas fiscales, luego de la elección de octubre de 2009-, es sólo por el profundo temor a un dominó que, siendo azaroso, es todavía previsiblemente letal.

¿Caerá Grecia en la bancarrota? No en 2011. ¿No avisó acaso su ministro de Finanzas que si no recibe los fondos del quinto tramo del paquete de ayuda a fin de junio no tendrá más remedio que «cerrar la tienda» y dejar de pagar sus obligaciones? ¿Y no dijo Jean Claude Juncker, el primer ministro de Luxemburgo, que veía dificultades para que el FMI pudiera efectuar el giro? ¿No aseguró también que no estaban aceitados los mecanismos para que, en ese caso, Europa, al menos transitoriamente, cubriera la brecha? Todo eso se dijo la semana que pasó. Y antes Juncker había abierto la ventana a una reprogramación de la deuda de Grecia. Una reestructuración suave, diría después. Berlín, un mes atrás, propaló su descontento y barajó la opción de aplicar nuevas reglas. Lo hizo a través del Ministerio de Finanzas, de la Cancillería y de Der Spiegel (la revista que tuvo el rol de ventilar que Grecia podría abandonar el euro).

En lo inmediato, el destino de Grecia está en manos de la «troika» conformada por la Unión Europea (UE), el FMI y el BCE. El primer obstáculo a sortear será conseguir la aprobación de la misión conjunta UE/FMI, que tras revisar la marcha del programa acordado, se expedirá esta semana. De ahí el remolino de las declaraciones. «Grecia debería calificar para recibir el próximo tramo de la ayuda», prejuzgó José González Páramo, del Consejo del BCE. John Lipsky, el reemplazante de Strauss-Kahn al timón del FMI, fue tajante: «Estamos apoyando un programa que no contempla la reestructuración». Para saber qué ocurrirá, no deben pesarse las declaraciones en la balanza. No habrá solución si no es a satisfacción de Berlín. Grecia precisa mayores recursos y plazos de repago. Tendrá que redoblar sacrificios, pero no es el único requisito: los acreedores privados no deberán sacar los pies del plato. ¿Cómo forjar su compromiso y lograr el «bail in»? ¿Un canje de obligaciones a la uruguaya que extienda los plazos de pago? ¿O acudiendo a la tradición propia, la Iniciativa de Viena? Lo que sirvió para Europa Central y del Este -forzar a los bancos extranjeros a mantener su exposición- podría servir en Grecia. Con menores riesgos de provocar un evento de default.

Cabe prepararse para una muy áspera negociación. Berlín sabe lo que es provocar turbulencias y llevar a largas estos asuntos. El rescate a Grecia nació muerto gracias a su tozudez (logró que no se gatillaran los desembolsos mientras tuviera acceso a otras fuentes financieras). Es de desear que esta vez sus exigencias sean más razonables. Pero no hay que darlo por descontado.

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