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Grecia: tendrán que blanquear un tercer rescate
Era deseable que Grecia hablase en las urnas de forma clara y contundente. No es su tradición. Ni la más reciente -la ambigüedad de los comicios de mayo engendró la necesidad de éstos- ni la más antigua, la que se remonta a Delfos y su oráculo. ¿Se quebró esa indefinición? No tanto por la voz uniforme de la población como gracias al sistema de distribución de escaños. Este mecanismo impersonal adjudica automáticamente al vencedor, por el mero hecho de ser tal, 50 de los 300 escaños en disputa. Así, la formación de un Gobierno pro rescate está a tiro de pistola. Hasta sería posible, conforme el cómputo de los sufragios a la hora de escribir estas líneas, si media un arreglo entre los conservadores triunfantes, del partido Nueva Democracia (que no es tan nuevo como que ya gobernaba en los años setenta), y los socialistas del Pasok.
Estrategia
Estos últimos, sus tradicionales adversarios, compartieron la coalición gubernamental hasta las elecciones de mayo. Aterrorizar a los votantes fue la estrategia de los partidos pro rescate (y Europa colaboró con entusiasmo). Frente a una realidad subyacente de increíble fragmentación política, el dilema (falso o verdadero) entre retener el euro o regresar al dracma, cumplió con su cometido básico: provocar la necesaria polarización. Así, cortesía de la dracmatización de la disputa, los comicios deparan un alivio innegable. No se convirtieron, como se temió el mes pasado, cuando Syriza (la izquierda radical) era un aluvión, en el pasaporte a un choque frontal ni a la tensión extrema.
Un Gobierno pro rescate le evitará a Europa el papelón. Será recibido con amplio beneplácito. En las palabras de Angela Merkel, la canciller alemana, «los griegos habrán votado bien». La autoestima europea habrá sorteado un duro examen. Pero ¿cuánto durará el alivio? Dependerá de Berlín. Un Gobierno pro rescate le hará rápido honor a su carácter. No podrá cumplir -por más que quiera- con lo que ya resulta imposible. Y necesitará no solamente más plazos sino más financiamiento. Tarde o temprano, la situación requerirá un tercer paquete de asistencia y condicionalidades. En algún momento habrá que blanquear otro rescate. ¿Aceptará Merkel? Si la respuesta es no, será barranca abajo otra vez. La maldición de Sísifo.
Mientras la política no se definía, los mercados, sí. Los activos de riesgo anticiparon un triunfo de las fuerzas pro rescate. Ninguna señal más clara que la emitida por la Bolsa de Atenas esta semana con una rabiosa suba de las acciones (y en especial de los papeles bancarios). Los mercados sabían además que si las elecciones daban pie a un ataque de zozobra, los bancos centrales estarían dispuestos a intervenir, a abarrotar el mundo de liquidez, y a calmar las aguas. Ironías aparte: hasta el BCE había dicho que, en ese caso, tomaría parte de la incursión. La reunión del G-20, el cónclave de la Fed, todo apunta en la misma dirección. Es una paradoja: las Bolsas subieron porque juzgaron que las fuerzas pro rescate prevalecerían en Grecia; pero más treparon pensando que la embestida de los bancos centrales daría el presente. ¿Intervendrán ahora que se disipa la rebeldía de Atenas? Se puede alegar que motivos sobran fuera de Grecia: España escoró, Italia tambalea, la economía de EE.UU. (y la de medio mundo) se debilita. Sí, pero sólo los bancos centrales de Australia y de China respondieron a esa realidad. El resto prefirió mirar. Con atención, pero sin jalar el gatillo. Es verdad que la operación twist expira en EE.UU. y la Fed quizás prefiera renovarla, pero será la liquidez de un vaso de agua. Si la crisis se profundiza, pero no hay pánico y los mercados suben, ¿no habrá que esperar que bajen primero -y se sofoquen- para que acuda la caballería?


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