1 de octubre 2010 - 00:00

¿Guerra cambiaria o fuegos de artificio?

«Vivimos una guerra cambiaria internacional». La sentencia le pertenece a Guido Mantega, el ministro de Finanzas de Brasil. Y es una definición estupenda. Quizás no de la realidad, pero sí del estado de ánimo. Las balas le pican cerca, aunque, en su caso, lo que hoy más castiga es el fuego amigo. Se sabía de antemano: vender acciones de Petrobras en los mercados internacionales supuso alentar una entrada extraordinaria de capitales que genera presión adicional sobre el real. Como quien dice, Brasil podría comprar Exxon para contrarrestar sus efectos, pero, también es obvio, ello no figura en los planes de Lula para impulsar la candidatura de Dilma Rousseff. Puesto a comprar -en el afán de reciclar su exceso de ahorro-, China aumentó sus adquisiciones de bonos japoneses y, lejos de concitar agradecimiento, provocó la peor escaramuza de una guerra oficialmente no declarada (al menos, hasta que Mantega abrió la boca). Es que Japón no soportó la apreciación de su moneda, consecuencia directa del acrecentado apetito inversor de su vecino. La réplica de la reciprocidad -Tokio también acumula ahorros en demasía- no es asequible: la cuenta de capitales china no es convertible, y los extranjeros no pueden atesorar sus bonos. Y entonces, para evitar que la tendencia de mano única confluyera a su destino natural -un nuevo récord (nominal) absoluto del yen contra el dólar-, Japón no dudó en cortarle el paso. Primero intentó con la retórica, luego el banco central ensayó una tibia ampliación de la política de relajamiento cuantitativo. Y, finalmente, el Ministerio de Finanzas tuvo que lanzarse al ruedo de una intervención de prepo en los mercados de cambios. ¿Comenzó aquí la guerra? Es la referencia que más se cita. Sin embargo, tras la vigorosa salva inicial, en este frente sensible no hubo más disparos. Aunque todo el mundo descuenta que los habrá si se desafía la línea que Japón trazó sobre la arena (en torno a los 82 yenes por dólar, se supone que para evitar que traspase los fatídicos 80).

Si la intervención unilateral es el mojón que define una ruptura, no se trata de la primera transgresión. Si su irrupción es el criterio que sepulta la paz cambiaria, entonces, las hostilidades comenzaron mucho antes. Cómo ignorar los desvelos del Banco Nacional de Suiza, tan infructuosos como reiterados este año, para detener la apreciación del franco suizo ante las peripecias adversas de la Unión Europea. De tal experiencia, puede esbozarse cómo será la contienda. Una guerra de guerrillas: intermitente, con picos de violencia que llamarán la atención, pero con dificultad para sostener su intensidad.

Dice bien Mantega que todos los países procuran desvalorizar sus tipos de cambio para sumar competitividad. «Hablo no sólo de los Estados Unidos, sino también de la Unión Europea y del Japón», añadió sin ambages. Más aún, los países avanzados quieren ganar terreno depreciando sus monedas a costa de las economías emergentes. Se alegará lo que Bela Balassa y Paul Samuelson notaron antes que nadie: emerger con éxito y alcanzar un mejor nivel de vida conlleva una apreciación real. No fue la guerra, sino la paz lo que encumbró el valor del marco alemán y del yen japonés en los años 70. Pero la presión cambiaria es más robusta, proviene de un diluvio de capitales que, así como hoy desborda, no se sabe si pasado mañana podrá sostenerse. ¿Cómo repeler la amenaza? La intervención sistemática en el mercado de cambios (desde ya que unilateral) es la herramienta favorita. Con la correspondiente acumulación de reservas internacionales. Lo que Japón no hace desde 2003-2004 es práctica corriente en las economías emergentes. Pero, por cierto, no de ahora. Si ésta es la rispidez cambiaria que vivimos, nada tiene de novedosa. Es una prolongación de la guerra fría que ya conocemos, más que el estallido de una abierta conflagración.

China es el campeón de la acumulación de reservas. Y el mayor blanco de la iracundia. En ese sentido, el termómetro de la indignación marca un rápido aumento. Tanto que la Cámara de Diputados de los EE.UU. aprobó esta semana un proyecto de ley que considera a la «subvaluación» de una moneda como un subsidio implícito a la exportación, y favorece, en represalia, la aplicación de aranceles de importación. Si Japón inició la guerra, ¿no se gesta aquí una escalada? De una disputa cambiaria, ¿se pasará a una grave guerra comercial? La reflexión primera, a esta altura, es que nadie está obligado a comerse todos los amagos. En EE.UU. se celebran elecciones legislativas el 2 de noviembre. La economía arrastra los pies. El desempleo no se retrae. Es natural que China se siente en el banquillo en el último tramo de la campaña. ¿Cuán tremebundo fue el debate cuando el Tesoro de los EE.UU. se aprestaba a redactar su informe anual sobre los países que manipulan sus monedas? A la postre, se le extrajo a China una concesión: abandonó la paridad fija del yuan y retomó la flotación contra una canasta de monedas. Fue un símbolo valioso, pero un avance concreto mezquino. Y ahora se le pide más. Por enésima vez.

Todos los países quieren depreciar sus monedas para alentar sus economías. Y eso es un imposible. La buena noticia es que tampoco es necesario. La campaña de devaluaciones recíprocas fracasará, pero si todo el mundo se embarca en una carrera por verter mayores estímulos dentro de sus fronteras en aras de debilitar su moneda, el crecimiento mundial -cuya escasez es la fuente de tensión y pesimismo- se beneficiará. En los hechos, el comercio internacional se preserva intacto (a diferencia de la parálisis que sucedió al derrumbe de Lehman Brothers). Y no hay más amenazas que las que lo sobrevuelan siempre. La mesa está servida para un ajuste reflacionario. Más allá de los fuegos de artificio que deberían arreciar -otro clásico- cuando se aproxime la reunión del G-20 en Seúl en noviembre. Para calmarse luego por obra y gracia de la gestión personal de los mandatarios.