23 de diciembre 2008 - 00:00

Hasta el impuesto más insólito vale para hacer caja

Toda crisis es una oportunidad. También para los políticos y gobernantes. Sobre todo cuando la escasez de dinero y la falta de crédito los habilita a lucir su creatividad para pergeñar nuevos impuestos. Oportunidades que dan las crisis, claro, como la debacle financiera de este 2008 que termina.
Los primeros en hacer gala de su imaginación impositiva fueron los franceses, en el verano boreal de 2008. El ministro de Medio Ambiente, Jean Louis Borloo, quiso instalar el «impuesto al picnic», iniciativa que enardeció a la población gala y que el mismo presidente Nicolas Sarkozy se vio obligado a vetar.
Borloo buscaba gravar la vajilla y cubiertos de material plástico descartable. ¿El argumento? Simple, ecológico. Un impuesto de 90 centavos de euro por kilo de plástico «no reciclable» para subsidiar el material reciclable. Tenía en mente, seguramente, los 360 kilos de basura no reciclable que anualmente genera cada habitante de Francia. De haber prosperado el «impuesto al picnic», las siguientes víctimas tributarias del ministro habrían sido los pañales descartables, las baterías, los televisores, los lavarropas y las heladeras. Por ahora, las amas de casa francesas y los industriales de «línea blanca» respiran tranquilos.
Donde sí pudo avanzar mejor el impuesto al plástico es en China. Se calcula que en ese país llegan a 3.000 millones las bolsas de ese material que se utilizan diariamente. Sólo en Pekín, la sede de los Juegos Olímpicos este agosto último, circulan 2.300 millones de bolsas plásticas por año. El gobierno de Hu Jintao gravó con unos pocos centésimos de yen el kilo de plástico para bolsas, sobre todo el destinado a las más finitas. Si bien la intención de este gravamen fue ayudar a la preservación del medio ambiente (y mostrárselo a Occidente), la actual suba en el impuesto a las naftas, solventes y aceites (que multiplicó por cinco el gravamen) busca reducir el uso de automóviles entre los chinos. Una medida económica para ahorrar en hidrocarburos altamente subsidiados.
En Estados Unidos, en cambio, los nuevos impuestos que gobernadores y alcaldes han sacado de la galera no puede decirse que sean tradicionales. Arnold Schwarzenegger, gobernador de California, por caso, propuso este mes un impuesto a los servicios veterinarios. Un gravamen realmente extra-ordinario, sobre todo en el estado con más mascotas por habitante de todo Estados Unidos. No cabe duda que el gobernador que hizo de Terminator está desesperado: las cuentas de California tienen un rojo de u$s 11.200 millones. Por eso es que ahora también quiere gravar los 'fees» de las canchas de golf y las entradas a los parques de diversiones.
Algo parecida es la angustia económica que sufre, pero en la costa Este, el gobernador del estado de Nueva York, David Paterson. El déficit presupuestario del estado alcanza a u$s 15.400 millones y Paterson, un político demócrata, está en medio de la polémica luego de proponer el «impuesto a la obesidad». No es otro que un gravamen del 18% sobre las bebidas no alcohólicas con menos del 70% de jugos naturales. En otras palabras, un impuesto a las bebidas colas clásicas: Coca-Cola y Pepsi. Casi u$s 400 millones de recaudación al año, en números redondos. Claro que, para defender su impuesto, el gobernador presenta estadísticas preocupantes: en Nueva York, uno de cada cuatro menores de 18 años es obeso, y en las áreas más pobres esta relación es de uno en tres. Si por cada 10% de incremento en el precio de los cigarrillos, el consumo bajó un 3%, lo mismo debería ocurrir con las gaseosas no «light», argumenta. Por las dudas de que el impuesto a la obesidad no prospere, el gobernador Paterson ya tiene preparado otro para gravar las «bajadas» de entretenimiento (música, imágenes, películas, juegos) desde internet.
Como dijo Winston Churchill: «Imponer impuestos con argumentos de prosperidad es lo mismo que pararse adentro de un balde y tratar de acarrearlo desde la manija».

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