Periodista: ¿No teme que, con ese nombre, algún alemán le diga "¿Por qué no se vuelve a Italia o habla del fascismo en vez de meterse con nuestra historia"?
Giulio Ricciarelli: Por suerte no me pasó, y no creo que me pase. Yo tengo doble nacionalidad. Nací en Milán, pero vivo desde los 4 años en el país de mi madre. Ahí crecí e hice mi carrera. Llevo 25 años como actor, y ahora también dirijo.
P.: ¿Cómo se le ocurrió contar esta historia?
G.R.: Elizabeth Bartel, una amiga, la leyó en un periódico y nos entusiasmamos con la idea de transmitirla a las actuales generaciones. Yo nací en agosto de 1965, justo cuando estaba culminando el juicio que acá contamos. Por primera vez en el mundo un país juzgó a sus propios soldados por asesinatos cometidos en otro país. No los cometidos en combate, o en cumplimiento de órdenes, sino los cometidos de puro gusto contra los prisioneros, en su mayoría civiles. Y la complicidad en esos asesinatos.
P.: Primero los Aliados juzgaron a los jerarcas nazis en Nuremberg. Luego los polacos juzgaron a varios asesinos de Auschwitz, que era territorio polaco. Promediando los '50 perimieron en Alemania todos los delitos del pasado nazi, ¿es así?
G.R.: Salvo los asesinatos. Por entonces había un manto de silencio, pocos querían hablar del tema, muchos miembros de las fuerzas públicas estaban confabulados para ocultar evidencias, y la gran mayoría de la gente no sabía lo que había pasado en Auschwitz, ni siquiera dónde quedaba. No lo sabía el propio fiscal Gehrard Wiese, a cargo de la investigación. ¡Aún hoy existen personas cultas, educadas, que no saben lo que pasó en Auschwitz! Es asombroso. Y de ese juicio histórico, saben todavía menos. Por eso, el fiscal general Fritz Bauer quería que todos supieran que ahí murió más de un millón de personas y que los responsables seguían como si tal cosa. El asunto era conseguir testigos que conocieran con nombre y apellido a un asesino y, además, encontrarlo y detenerlo. Por ejemplo, Joseph Mengele entraba y salía de Alemania con conocimiento de la Policía, que jamás lo detuvo ni envió un pedido de captura a la Argentina ni a ningún otro lado.
P.: En el film Bauer le presenta al fiscal Radmann tres agentes del Mossad que piensan capturar a Eichmann y Mengele. ¿Eso fue así?
G.R.: Digamos que es una licencia cinematográfica. Como la Policía no hacía nada, Bauer le pasó los datos al Mossad, que así pudo secuestrar a Eichmann. Pero el fiscal nunca los conoció. Y tampoco existió, esa es otra licencia. En verdad hubo tres fiscales: Wiese, Joachim Kugler y Georg F. Vogel. Nosotros dejamos algunos personajes históricos: Bauer, el periodista Thomas Grielka, el sobreviviente Herman Langbein, que buscó a los testigos, el oficial adjunto Robert Mulka, arrestado gracias a unas viejas facturas de compra de gas Zyklon B, el comandante de campo Richard Baer, que se había cambiado el nombre, y algún otro. Pero creamos el personaje del fiscal Radmann.
P.: ¿Por qué?
G.R.: Para que acompañe al público en un arco emocional, y así ambos vayan descubriendo al mismo tiempo el entramado de los hechos, y la cruel revelación: los nazis no eran cuatro sicópatas sueltos. La gran mayoría del país era nazi o simpatizaba con los nazis. Y lo más terrible es que ninguno de los acusados y finalmente condenados en 1965 mostró un asomo de arrepentimiento. Ahí, en los '60, los hijos empezaron a sospechar de sus padres.
P.: ¿Qué repercusión está teniendo su película?
G.R.: Muy positiva en Alemania, que además la envía al Oscar. Mucha gente se me acerca ahora con historias familiares: la caja que dejó el abuelo y nadie quiere abrir, el viejo que se mantuvo 50 años callado y un día se puso a llorar y llorar tres años hasta que se murió, en fin. Y en Francia, Chile, Vietnam y España señalaron algún paralelo con sus propias historias nacionales. Claro que no se puede comparar.
P.: ¿Cómo consiguió todos esos autos de los '60 que aparecen en la película?
G.R.: ¡Las máquinas! Teníamos poco presupuesto, asi que apelamos a los coleccionistas, que los traían relucientes. Yo los hacía ensuciar un poco, y al otro día ¡de nuevo me los traían relucientes! Eran su orgullo.
| Entrevista de Paraná Sendrós |


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