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Hitchcock, excusa ideal para trucos teatrales
La versión teatral de «Los 39 escalones» transforma la frenética cacería humana del film de Hitchcock en un amable divertimento animado por un buen elenco en el que se destaca Nicolás Scarpino.
La trama argumental es lo de menos en esta versión humorística de la película que Alfred Hitchcock filmó en 1935. El dramaturgo y comediante inglés Patrick Barlow transformó aquella frenética cacería humana por distintos pueblos de Escocia en una alocada maratón de trucos teatrales.
La historia que se narra es fiel al guión original (lleno de imprevistos, situaciones románticas y abundantes equívocos), con un héroe atractivo e indolente que de pronto es perseguido por una maléfica red de espías que planean robar de Inglaterra un importante secreto militar y también por la policía que le atribuye un crimen que no cometió.
Buenos efectos lumínicos, una sugerente banda sonora y la gran entrega física de los actores reproducen hazañas «imposibles». Entre ellas, el famoso escape por los vagones de un tren al atravesar un puente ferroviario.
Los continuos cambios de locaciones y de vestuario, más un multitudinario desfile de personajes secundarios (la mayoría interpretados por sólo dos actores) suman más enredos a la trama. Si bien el único objetivo de la pieza es entretener al público mediante recursos clownescos que recuerdan a los grandes cómicos del cine mudo.
Como queda claro desde la primera escena, la gracia de este espectáculo reside en la descarada exhibición de sus artificios teatrales. De una manera u otra, los actores van revelando la sencillez y precariedad de los recursos utilizados, dado que también ofician de utileros. Dicha condición les permite generar todo tipo de boicots y supuestas metidas de pata.
Como tributo a Hitchcock, la pieza incluye algunas citas de su filmografía y hasta se apropia, casi en forma caricaturesca, de su célebre teoría del «Macguffin».
El gran maestro del suspenso llamaba así al objeto en torno del cual gira el guión, y aunque en sí mismo no tiene importancia sirve para que la audiencia se entregue al fluir de la acción. En las historias de rufianes suele ser un collar y en las de espías, una fórmula científico-militar, como en este caso.
Dos horas de cambios de ropa y de personajes surfeando sobre asuntos trillados y chistes inocentes, no es poco mérito para los actores.
Diego Ramos compone al encopetado Richard Hannay con gracia y estilo (una auto parodia de galán que el público festeja calurosamente). Laura Oliva interpreta a una inexpresiva espía alemana, a una campesina escocesa y a una rubia timorata que después de muchas reticencias decide ayudar al héroe. Este último personaje es el de mayor lucimiento para la actriz.
Gianola brinda una acertada caracterización del robótico «Mr Memory» (un hombre con memoria fotográfica que responde a toda clase de preguntas de manera compulsiva) y también hace reír con otros personajes secundarios. En cambio, a sus roles femeninos les falta algo más de relieve, para no parecerse tanto. Por su parte, Nicolás Scarpino -el más camaleónico de todo el elenco- brilla como el malvado profesor Jordan. Su vocecita siniestra y rasposa evoca a la de otros malvados hollywoodenses.
En pocas palabras, «Los 39 escalones» no es más que un amable divertimento. Aunque, quizás, sea también una demostración de lo que Hannay anuncia poco antes de emprender su fuga: «Necesito hacer algo trivial y totalmente inútil. voy a ir al teatro».


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