18 de junio 2014 - 00:00

“Hoy el hombre visita el pasado como un turista”

Cruz: “Cada día leemos en los diarios títulos del tipo ‘Se inicia un nuevo tiempo’, ‘Comienza una nueva era’. El hombre actual cree fundar todo”.
Cruz: “Cada día leemos en los diarios títulos del tipo ‘Se inicia un nuevo tiempo’, ‘Comienza una nueva era’. El hombre actual cree fundar todo”.
Se tiende a creer que la historia ya no ilumina nuestro presente, no sirve para entender el futuro, ha dejado de funcionar como fuente de recursos para entender mejor la realidad. En su libro "Adiós, historia, adiós", que publicó Fondo de Cultura Económica, el filósofo español Manuel Cruz investiga las causas que han llevado a la situación actual donde "no estamos donde esperábamos, ni somos quienes creíamos".

Cruz es doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, donde es catedrático de Filosofía Contemporánea. Sus libros más recientes son "Escritos sobre la ciudad (y sus alrededores)", "Filósofo de guardia. Reflexiones sobre lo que nos está pasando", "Amo, luego existo" y "Una comunidad ensimismada". En su breve visita a Buenos Aires, para dar una conferencia magistral en la Universidad de 3 de Febrero, dialogamos con él.

Periodista: Su libro "Adiós, historia, adiós", ¿de qué modo investiga el abandono del pasado en el mundo actual?

Manuel Cruz: El título de mi libro no tiene nada que ver con tesis como las de Fukuyama y otros, que tienden a afirmar que la historia ha terminado. No es que la historia haya terminado, que no ha terminado en absoluto, sino que nosotros hemos abandonado el discurso histórico. Y lo que habría que plantearse es, ¿por qué hemos abandonado el discurso histórico? A primera vista habría que decir: pero si en nuestra época se habla mucho del pasado, no es verdad que no hablemos del pasado. Para mí la cuestión no es si hablamos o no hablamos del pasado sino cómo hablamos del pasado. Lo que ha sucedido es una transformación en el imaginario colectivo que hace que nos relacionemos con la historia y con nuestros antepasados de una forma distinta de como se lo hizo tradicionalmente. ¿De qué manera? Desentendiéndonos de nuestros antepasados y del pasado. Vamos al pasado, pero como quien va a un parque temático a comprobar las rarezas de la gente del pasado, no a relacionarnos con nuestros iguales que vivieron antes que nosotros. Esto es algo muy característico de nuestra época. El pasado ha dejado de proveernos de materiales, de elecciones, de argumentos, y somos, para citar a Ortega, profundamente adanistas, creemos que con nosotros empieza todo. Cada día leemos en los diarios títulos del tipo "Se inicia un nuevo tiempo", "Comienza una nueva era", "Entramos en una nueva etapa". Es un mensaje que tiene dos caras. Por un lado anuncia la novedad, y por otro declara la caducidad de todo lo anterior. Ya en nada tenemos que ver con lo precedente. Estamos constantemente desvinculándonos de todo lo anterior. Eso crea una sensación de que no tenemos nada que ver con lo pasado. "Adiós, historia, adiós", tiene que ver con esa actitud de que el pasado es pura arqueología.

P.: ¿En qué medida esa actitud tiene que ver con las transformaciones tecnológicas?

M.C.:
El desarrollo tecnológico provoca en el hombre contemporáneo una extraña distorsión de la percepción que tiene de su inclusión en el mundo. La tecnología hace que nos sentamos muy lejos del pasado, incluso a niveles banales. No es sólo que nuestro paisaje cotidiano ha cambiado sino que nuestra experiencia cotidiana ha cambiado radicalmente con la tecnología. Eso lo enuncian con claridad los jóvenes. Un chico de 15 años le puede preguntar a su hermano de 25: ¿en tu época existía el pen drive?, porque da por sentado de que todo va caducando con gran velocidad. Esa extrañeza se multiplica cuando un amigo comenta que no le interesó una película de los años '80 porque no había celulares, cuando él vivió en aquella época. Si lo dice un adolescente se lo puede entender, pero no en alguien que pasó por ahí y no es capaz de reconocer el pasado que él mismo vivió. ¿Cómo yo vivía sin la comunicación instantánea del correo electrónico, sin la disponibilidad permanente de comunicarme que me proporciona el celular? Eso genera estupor. El pasado es cada vez más una rareza. Por otro lado se enfatiza: es algo nuevo, algo inédito. Nada es del todo nuevo, la tendencia está. En el siglo XX filósofos como Ortega o Gunther Anders, que fue el primer marido de Hannah Arendt, ven que el desarrollo tecnológico está haciendo que la autoimagen que tienen los individuos se esté transformando radicalmente. Nos relacionamos con lo tecnológico en términos absolutamente funcionales, no en términos de conocimiento. Aquella relación mecánica que antes manteníamos con los artefactos, cuando entendíamos o creíamos entender su funcionamiento ha desaparecido. Un desarrollo tecnológico enorme nos muestra que no entendemos nada y no controlamos nada. La idea de futuro ha saltado por los aires, y si no ha muerto está por lo menos seriamente enferma. Esto es cómo la idea de que Dios ha muerto. Dios no podía morir porque es eterno e inmortal. Lo que ha muerto es la idea de Dios porque ya no lo necesitamos para entender el mundo.

P.: ¿Por qué hoy no nos sirve la idea de futuro?

M.C.: La idea de futuro hasta ahora servía como el lugar simbólico en el que colocar ilusiones, esperanzas y sueños. Se ha producido transformaciones que hacen que la idea de futuro ya no cumpla esa función. Ya no funcionamos con las idea de utopías. La línea de demarcación entre presente y futuro se ha borrado. La tecnología ha contribuido de forma decisiva a eso. Philip K. Dick decía: "yo no escribo ciencia ficción, escribo presente en movimiento". El futuro es imposible e impensable. El desarrollo tecnológico lo ha difuminado por completo. La distinción entre lo que hoy es real o no es real o lo que será real dentro de un tiempo lo hemos perdido de vista por completo. Si yo te decía un par de décadas atrás con este aparatito te saco una foto y la mando a un amigo en Nueva Zelanda, y después habló con él para ver qué le pareció, me dirías: que disparate me estás contando. Eso hoy está. La realidad se dedica a ir devorando el sueño del futuro.

P.: ¿Se deben atribuir los cambios en la conducta de las personas a la influencia de la tecnología?

M.C.: Sería un error atribuir eso al mero desarrollo tecnológico. El desarrollo tecnológico ha puesto las condiciones de posibilidad para eso. Pero luego, hay todo un discurso que se aprovecha de esto para transmitir una visión del mundo. Desde un punto de vista tecnológico estamos dispuestos a creer cualquier cosa que se nos diga, pero desde el punto de vista social no. Si alguien empieza. Te imaginas que un día podríamos vivir en una sociedad... No, no, no, eso es imposible. Fredric Jameson dice que al hombre contemporáneo le resulta más fácil entender la idea del fin del mundo que la del fin del capitalismo. Eso lo hemos interiorizado. Lo importante es no pensar estos procesos como procesos autónomos efecto de la tecnología. La tecnología ha tenido que ver pero ha sido inscrita en el marco de un discurso global. Eso hace que nos volvamos absolutamente acríticos, capaces de aceptar cualquier novedad tecnológica pero dogmáticos respecto a sociedades nuevas. En su último libro el italiano Roberto Esposito habla de la teología económica, que sostiene que es lo que caracteriza este momento. Una teología económica que no aparece como tecnológica sino como absolutamente natural. Uno de los rasgos más característicos del mundo contemporáneo es la naturalización de la sociedad. Aceptamos la estructura social, las transformaciones sociales como si fueran procesos autónomos. No tienen que ver con nosotros, con ninguna persona, ni con ninguna acción, son como los cambios del tiempo. Mañana llueve. No podemos intervenir. Decimos; ah, bueno y nos acomodamos a la situación.

P.: ¿Qué rasgos tiene la teología económica?

M.C.: Max Weber
hablaba del politeísmo de los valores. Para él cada esfera de la vida humana corresponde a su propia lógica. La cultura a una lógica, la política a otra, la educación a otra. Lo característico de esta época es que todas estas esferas han quedado englobadas en la gran placenta de lo económico, cuya lógica ha terminado por afectar a todas la diversas esferas, de tal manera que no hay ninguna esfera de la vida humana, ni siquiera la más ínfima, que se escape a esa lógica económica. El entero orden del mundo es un orden económico del cual nosotros somos simplemente los sujetos pasivos.

P.: ¿En qué está trabajando ahora?

M.C.: Como filósofo público tengo columnas en varios periódicos, participo en programas de radio y de televisión. En la parte investigativa trabajo en saber qué pasa con nuestro imaginario colectivo, que pasa con aquellas columnas que sustentaban nuestra antigua visión del mundo y ya no funcionan, y me sigue interesando el tema del amor, al que ya dediqué el libro "Amo, luego existo". Y es que el amor y la función que cumplía la idea del amor se está viendo claramente afectada por todas estas transformaciones que vivimos.

Entrevista de Máximo Soto

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