3 de septiembre 2010 - 00:00

Ideologías que reducen potencial

Enrique Blasco Garma
Enrique Blasco Garma
La «toma» de escuelas se alimenta de ideologías reducidoras de nuestras potencialidades. En general, el hecho de que las ideas movilizan la acción de grupos relevantes no es suficientemente valorado, a pesar de las indudables repercusiones registradas por la historia. En este caso, grupos de alumnos y sus familiares se sienten acreedores de la sociedad. Reclaman el «derecho» a educarse en las condiciones que a ellos les parecen satisfactorias. En pos de esos «derechos» niegan a otros el acceso a las aulas y se manifiestan en las calles.

En verdad, la educación que reciben la consiguen gracias a los recursos económicos que aportan los contribuyentes de la Ciudad de Buenos Aires. Esos recursos podrían emplearse en otras múltiples finalidades: bajar impuestos, para que los contribuyentes puedan gastar en otras cosas; aumentar sueldos al personal, comprar otros bienes, obra pública, vigilancia, etc.

El proceso político dispuso dotar a la educación pública de determinada organización y de recursos. El «derecho» de los estudiantes es, en realidad, resultado de un acuerdo de la ciudadanía y sus representantes de sacrificar otros fines en favor de la educación de esos estudiantes.

¿Qué efectos genera la toma de escuelas? Claramente, los estudiantes sacrifican la enseñanza que pudieran recibir. No sólo la de los que deciden tomar la escuela, sino también la de sus condiscípulos que quisieran asistir a clase, pero no pueden, impedidos por sus «compañeros». Por la «toma», los docentes y el personal de las escuelas no pueden cumplir sus obligaciones; no obstante, siguen cobrando sus sueldos de modo regular. La Ciudad paga los gastos monetarios; los alumnos de las escuelas públicas tomadas pagan el costo de la enseñanza perdida, estén a favor de la medida o no. El conjunto social pierde pues gasta para obtener nada, una ficción de educación. En tanto, los padres interesados en que sus hijos se eduquen sin sobresaltos harán sacrificios para pagar de su bolsillo el gasto extra de enviarlos a escuelas privadas. La matrícula privada seguirá creciendo.

Posibilidad

Los estudiantes y familiares podrían resolver sus inquietudes de modo más directo y sin violar las libertades de otros. Por ejemplo: trabajar ellos mismos o aportar para la reparación de algunas de las falencias denunciadas. En esa actividad creativa podrían interesar a los docentes y al personal de las escuelas. Un bien colectivo, el sistema de educación pública, se enriquecería. Y en el intento, los alumnos desarrollarían habilidades más productivas. Descubrirían alternativas enriquecedoras: trabajar y contribuir para mejorar el ambiente educativo. En lugar de comportarse como los bebés, que sólo pueden protestar ante la falta de alimento, aplicar sus capacidades a la solución de sus dificultades. En pocas palabras, madurar hacia la adultez.

La ideología y el comportamiento disruptivo no son sólo de los alumnos. Toda la estructura jerárquica de la educación parece desquiciada. Los estudiantes desbordan a las autoridades. El ministro de Educación recibe a los alumnos que «toman», pero ignora a los opuestos a la medida. Los directores de escuela, maestros, padres no pueden encontrar opciones superadoras para resolver el conflicto. La educación carece de autoridades.

Cada sociedad contiene en su seno ideologías constructivas -que favorecen la generación de valor del conjunto social- e ideologías distorsivas -que traban los logros colectivos-. El derecho de cada uno, la libertad individual, la eficiencia, la coordinación de las actividades para el crecimiento económico y social se expanden en la medida en que reconozcamos límites lógicos a nuestras decisiones. El principio de no dañar a otro innecesariamente, que sustenta a toda civilización. «Tomar» escuelas -esto es, impedir el acceso- para protestar por condiciones no deseadas nunca puede ser eficaz. Todos pierden porque la consecuencia es menor educación.

La toma de escuelas, en sí misma, señalaría una falla en la educación, tanto escolar como familiar. Los alumnos no aprendieron el principal sustento de toda sociedad civilizada: respetándonos colectivamente, no interfiriendo en nuestras decisiones individuales, todos podemos desarrollarnos simultánea y más satisfactoriamente. Este reconocimiento no está difundido en el planeta. Lo prueba el hecho de que sólo el 20% de la población mundial habita en naciones avanzadas, en naciones ricas, que generan el 80% del ingreso mundial. En esas naciones, la autoridad de la Justicia, la república democrática, la competencia y los mercados prevalecen expandiendo el valor de los derechos individuales. Por eso progresan y son ricos. En el resto del mundo, el 80% de la humanidad genera apenas el 20% de PBI mundial, con logros bien distintos entre ellos, desde los 200 dólares anuales por habitante de algunos países africanos, hasta los 10.000 dólares de México. En esa parte del planeta, las ideologías justifican continuos pisoteos de los derechos ajenos en pos de fines supremos: la gente común es pobre y las escuelas tienen deficiencias. No obstante, varios pueblos luchan para superar dificultades y están adquiriendo la educación para pasar de la miseria a los goces de la riqueza, como la India, China, países de Asia y África. En nuestro continente, Brasil, Chile y Perú están en ese sendero. En esas sociedades los alumnos reconocen que la educación abre una oportunidad y tratan de aprovecharla: no toman escuelas.

Dejá tu comentario