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Intimidades de un pueblo escondido entre montañas
Los paisajes imponentes son una costumbre en el norte argentino, pero es Purmamarca el marco ideal para la contemplación de propios y extraños.
A pesar de la menudencia del pueblo, Purmamarca tiene esa magia de encontrarse en la mitad de la extensa Quebrada de Humahuaca -Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO-, sumado al trato de sus habitantes.
Apenas se llega, se observa un pueblo entero construido con adobe, que mantiene así una identidad muy fuerte del siglo XVII a partir de la conservación de las técnicas de construcción de la época. En una caminata relajada pero expectante, se llega hasta la plaza principal, donde se encuentra la feria callejera en la que se pueden adquirir productos regionales como tejidos de excelente calidad, vasijas, alfombras, ponchos, instrumentos musicales y ropa típica que permiten la subsistencia de los pobladores permanentes. Ellos, con la serena amabilidad que caracteriza a los jujeños, convencen de comprar cuanto objeto se vea en cada puesto.
También se puede visitar la pequeña iglesia, construida en el año 1648 y que fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1941. Con paredes de adobe, cielo raso de madera de cardón y techo de torta de barro -característico en las edificaciones de la zona- la imagen que se consagra es la de Santa Rosa de Lima, cuya fiesta es el 30 de agosto, producto del período de la colonización. En el costado oeste de la iglesia reposa un algarrobo, que los habitantes calculan que tiene unos mil años, por eso lo llaman «algarrobo milenario». No obstante, lo que resaltaron los pobladores es que allí los españoles mataron a Viltipoco, el aborigen que se destaca en el famoso Monumento a la Independencia en la localidad de Humahuaca -aunque los humahuaqueños prefieren llamarlo Monumento al Indio-.
En esta localidad, como en tantas otras de Jujuy, el visitante puede elegir entre el desarrollo de actividades deportivas y de aventura en el propicio relieve de la zona, o la participación en las celebraciones comunitarias, entre las que destacan las fiestas patronales y el culto a la Pachamama, siempre armonizadas con el sonido de la quena, la caja y el charango, sonidos que de sólo escucharlos transportan al Altiplano sin escalas. Ambas alternativas permitirán vivir un viaje colmado de nuevas experiencias.
Purmamarca presenta atractivas opciones para todos los gustos, garantizadas con una infraestructura de servicios capaz de superar las expectativas de los turistas más exigentes a la hora de tomarse unas vacaciones.
En este cultural y naturalmente hermoso lugar, me alojé en la hostería La Comarca, en la que las habitaciones están ubicadas alrededor de una plaza central. Allí se presentan, en forma escalonada, un grupo de cabañas y casas que recrean el típico caserío andino. La plaza está atravesada por un arroyo que permite escuchar el cuchicheo del agua, mientras los jardines poseen distintas especies de flora autóctona. Así, se conjugan las tonalidades de verdes con los marrones y naranjas de los cerros que rodean el hotel. Sólo era cuestión de correr las cortinas y deleitarse con un maravilloso paisaje todas las mañanas desde la cama. Imposible hacer lugar al mal humor matutino.
Como si este espectáculo fuera poco, Purmamarca se preparaba para una noche especial: «El Primer Festival de Música La Comarca. Siete Colores, Siete Notas». Esta gala de música clásica se realizó los días 23, 24 y 25 de octubre en la ciudad de San Salvador de Jujuy, en Purmamarca y en Tilcara, respectivamente. Contó con la participación del Ensamble Orquestal de La Comarca, bajo la dirección del maestro Gustavo Guersman, violinista y director de orquesta de reconocida trayectoria en el país y el extranjero. Los jardines del hotel, en Purmamarca, al aire libre, fueron un escenario inmejorable, donde los músicos ofrecieron la mejor banda sonora para el espectáculo que regalan los cerros jujeños.
La visita por el norte argentino no podía dejar fuera del itinerario un recorrido por la ciudad de Salta. Aunque el mejor recuerdo es la sensación de paz y privacidad de un exclusivo hotel boutique. La construcción aterrazada del Papyrus, al pie del cerro San Bernardo, regala una vista privilegiada que se puede apreciar desde cualquiera de las 11 exclusivas habitaciones. La atención personalizada, el logrado ambiente hogareño y la privacidad ofrecida convierten a este petit hotel en el lugar ideal para todos aquellos que buscan descanso y relax. Cualquier visitante se siente un digno integrante de la realeza con los mimos para al alma ofrecidos en este hermoso lugar. Eso sí, sin ahogar al huésped.
Altamente recomendable para los amantes del buen gusto y el sosiego, sin resignar la cercanía del centro de la ciudad.
Por supuesto, un hotel de estas características no deja librado al azar el servicio gastronómico. La cocina internacional gourmet que brinda Papyrus es perfecta para disfrutar y a la vez contemplar el paisaje urbano a través de los amplios ventanales.


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