Nuestra noción era incorporar la Argentina al mundo. No puede lograrse una integración con un tipo de cambio bajo; ahora bien, ¿es posible con un tipo de cambio alto? Eso depende del éxito de la política antiinflacionaria, porque ese incentivo hace, a su vez, que la política de precios y salarios sea más difícil de administrar.
En 1987 el Gobierno no retuvo el poder; si ese resultado debe asociarse exclusivamente con la política económica me parece exagerado. Que tiene que ver con la política económica no tengo ninguna duda, porque no era lo suficientemente exitosa. No se había logrado instaurar un mecanismo de convicción con respecto al futuro. La política económica siempre se mide en términos de quién invierte, no de qué pasó en el corto plazo.
En 1987 ya iba quedando claro que nuestra política económica tenía algunas flaquezas, no despejaba el horizonte para que la gente invirtiese con confianza en el país. El éxito de la inversión en el país no depende de decisiones que se toman fuera del mismo, pero sí es muy sensible a ello. La proporción mayoritaria de la inversión está dada por personas y empresas radicadas acá, la contribución de la inversión extranjera es marginal. Los argentinos pueden elegir invertir o sacar su dinero del país y a eso yo le asigno más importancia que al que un señor que está en Wall Street ponga un peso acá.
Esta idea de un país que se hace dueño de su propio destino y que comienza a movilizar a sus ciudadanos para que inviertan es un problema de hace muchos años y sigue siéndolo. No ha habido conducción de política económica que termine por resolverlo. Bienvenidos los inversores del exterior, pero yo no los voy a ir a buscar, yo quiero que el que está acá invierta. Probablemente el asunto más delicado fue ése, no se logró instalar una idea de inversión genuina.
El mundo empresario convencional, moderno, en general funciona por las sociedades de capital abierto, a través de la Bolsa. En la Argentina hace muchos años que no hay una empresa que se inscriba en la Bolsa con el sano objetivo de lograr que alguien le ponga dinero, como hizo Bill Gates, que empezó en un garaje, tomó deuda, esa deuda se le hizo más cara, fue a la Bolsa y así. Acá no hay Gates, desde ya. pero tampoco hay Subgates ni Gatos. No hay empresas o empresarios que hayan mostrado una voluntad de llevar adelante su empresa con independencia de lo que el país es. Me pueden decir: «Y, con ministros de Economía como vos, ¿qué querés que haga?». Es posible que así sea. Pero con ministros de Economía como los que hemos tenido excluido yo tampoco estas cosas andan.
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