19 de enero 2016 - 00:00

Iturralde y los aspectos ocultos de lo cotidiano

Santiago Iturralde muestra la intimidad de su casa, que es también su taller, y allí se retrata a sí mismo. Es una muestra intimista, la obra está hecha de sensaciones y representa cuestiones sensibles que no siempre se pueden expresar con palabras.
Santiago Iturralde muestra la intimidad de su casa, que es también su taller, y allí se retrata a sí mismo. Es una muestra intimista, la obra está hecha de sensaciones y representa cuestiones sensibles que no siempre se pueden expresar con palabras.
El Centro Cultural Recoleta mantiene su público durante el verano. La circulación de visitantes no cesa, pero la muestra "Prisma", de Santiago Iturralde, ofrece un espacio de reflexión y sosiego propicio para entender la vida del artista y el proceso creativo de sus obras.

Las pinturas hablan de modo elocuente de la conmoción que provoca ver aspectos ocultos de la realidad cotidiana. Iturralde muestra la intimidad de su casa -que es también su taller- y allí se retrata a sí mismo. La exhibición mantiene, desde el principio al fin, la continuidad de una historia signada por una subjetividad extrema que se inicia con un autorretrato del artista con los ojos cerrados.

La pintura del personaje ensimismado captura el momento de la concepción de la obra, el de mayor concentración, cuando se gesta mentalmente una imagen. En el siguiente autorretrato no sólo la dimensión, esta vez la mayor del rostro ha cambiado: los ojos están abiertos, el iris ostenta los colores de un radiante arcoíris y las pupilas miran directo hacia el espectador. El artista con los ojos cerrados se preparaba para enfrentar "el espectáculo del mundo".

La pintura siguiente expresa el predominio de lo visual y se refiere al tema de la muestra: "Prisma", ese objeto capaz de refractar, reflejar y descomponer la luz en los colores del arcoiris. Así comienza a contar Iturralde las vivencias y también los sueños basados en la propia percepción del paisaje que se ofrece ante sus ojos. Lacan analizó la complejidad de la mirada en un seminario donde niega ser tan sólo una persona situada en un punto desde el cual se capta la perspectiva, y así sostiene: "Sin duda en el fondo de mi ojo está pintada la imagen. La imagen sin duda está en mi ojo. Pero yo estoy en la imagen". El concepto de Lacan duplica la imagen (una, la del mundo externo y, otra, la de aquel que la mira) y calza a la perfección con el autorretrato con los ojos de colores y la serie de obras dedicadas al arcoíris. No obstante, lejos está el artista de ilustrar una teoría, por atractiva y cercana que resulte. En una muestra intimista, la obra está hecha de sensaciones y representa cuestiones sensibles que no siempre se pueden expresar con palabras.

Junto a los dos autorretratos hay un paisaje nocturno con una casa de formas elementales y diseño simplificado. Un camino conduce a la puerta iluminada y en la oscuridad se destaca esa senda con los colores del arcoíris.

El artista ha salido a mirar el mundo. Sobre una pared blanca se divisa la pintura de un campo tapizado de hierba y en primer plano se autorretrata vestido de negro y con una sombrilla. La obra es una cita paródica y acaso burlona del famosísimo cuadro "Mujer con sombrilla", de Claude Monet. Sin embargo, las colinas redondeadas como balones y sobre ellas, la luz dibujando los círculos concéntricos que se reiteran en un monumento, cambian la clave impresionista por la del Pop. En esa misma obra Iturralde incluye el tema que trabaja desde los inicios de su carrera, la pintura en sí misma. La especificidad de esta disciplina, sus límites y la posibilidad de tornar visible la cualidad que señala Deleuze, cuando afirma: "La tarea de la pintura se define como el intento de hacer visibles fuerzas que no lo son".

En efecto, enfrentando esas cuatro pinturas, en el fondo de la sala se divisa una escena donde el artista aparece meditando como "El Pensador" de Rodin en nuestros días. En medio del taller y del desorden de un día de trabajo, el artista piensa en la manera de convocar esas fuerzas invisibles que menciona Deleuze y que brindan sentido a la pintura a lo largo de toda la historia del arte.

Antes de esa obra, a la izquierda del mencionado cuadro, el artista cuenta su arribo a la casa, reproduce su bicicleta y el perchero donde cuelgan las mochilas y los cascos. Allí reina la alegría de los amarillos, el azul cobalto y los rojos, sobre el fondo neutro de las paredes y los muebles blancos. Un detalle delata la confluencia del arte y la vida: el caño de la bicicleta ostenta la escala cromática. Luego, a la derecha de la escena del taller, una pintura registra la mesa con los potes para los colores y las paletas, los bocetos y los pinceles. Es un fragmento de la mesa de taller que representa el trabajo. Entonces sí cobran sentido las secuencias de esa vida de artista.

En el medio de la sala dos pinturas muestran el rostro de Iturralde tomado en primer plano con una webcam. La pintura desafía la tecnologíacon la eternidad del óleo. Ambas imágenes reproducen los ojos celestes con el brillo y los destellos azulados e inconfundibles de las pantallas, cualidades que la pintura pone en evidencia. Extraídas del vértigo digital y con la jerarquía de la pintura, estas imágenes no sólo disfrutan de otro estatus sino que además perdurarán para siempre.

Todos los cuadros son autorreferenciales y los interiores se perciben protectores, como un bello y cálido refugio. El dormitorio, con los círculos concéntricos de la luz en las paredes y la cama, donde las mantas cobran formas semejantes a paisajes de la naturaleza, pone ante los ojos de todos, la introspección que demanda afrontar ese gran desafío de pintar el mundo.

La última pintura de esta serie de dormitorios tiene una biblioteca cargada de libros de arte y una ventana abierta al paisaje urbano. La ciudad está bañada por la luz intensamente azul del atardecer.

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