Itzhak Perlman ofreció dos conciertos en uno en el Colón

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Itzhak Perlman (violín), Rohan de Silva (piano). Obras de W. A. Mozart, G. Fauré e I. Stravinsky (Asociación Dar Cultura, Teatro Colón, 5 de noviembre).

En una hipotética nómina de los 10 mejores violinistas del siglo XX, su nombre figuraría sin dudas. Y, ya entrado el siglo XXI, el arte de Itzhak Perlman está más vigente que nunca. Así lo entendió el público argentino que pugnó por adquirir las costosas entradas para vivir el regreso tan esperado del virtuoso israelí a un colmado Teatro Colón después de 17 años de ausencia, esta vez para actuar no con orquesta sino junto a otro fenomenal artista (mucho más joven y de menos «cartel»), el pianista Rohan de Silva, nacido en Sri Lanka.

Por las características del programa (el mismo del sábado en el Teatro Coliseo) y el clima que se vivió en la sala, más que de un concierto se trató de dos. La primera parte, constituida por sonatas de Mozart y Fauré, fue disfrutada en mayor medida por el sector más «entendido», mientras que la segunda, integrada por la «Suite Italienne» de Stravinsky y siete bises brillantes, tocó un número mayor de sensibilidades.

Hablar a esta altura de las virtudes técnicas e interpretativas de Perlman es una redundancia. Es preferible señalar en cambio el inmejorable entendimiento entre el violinista y De Silva -partenaire de otros insignes músicos-, que quedó de manifiesto desde el inicio de la Sonata K. 526 de Mozart, vertida con una intimidad sonora no exenta de vitalidad.

Dando un salto estilístico notable, ambos acometieron luego la hermosa «Sonata en La mayor» número 1 de Gabriel Fauré. El toque siempre límpido de De Silva se fundió en un balance asombroso con el brillo del violín de Perlman, logrando un clímax en el asimétrico fraseo del tercer movimiento. La «Suite italienne», popular selección de fragmentos del ballet «Pulcinella» de Igor Stravinsky (basado principalmente en autores del barroco) manifestó a través de estos intérpretes todo su refinamiento, ironía y lirismo.

En el generoso bloque de bises desfilaron todas las caras de Perlman (quien presentó cada uno de ellos con un breve discurso que no excluyó su conocido humor), desde el «Tango» de Albéniz y la «Danza ritual del fuego» de Manuel de Falla hasta la esperada «Ridda dei Folletti» de Bazzini y el emblemático tema principal de «La lista de Schindler» de John Williams, pasando por el recuerdo de mostruos del instrumento como Wieniawski, Heifetz y Kreisler. Así, entre el virtuosismo y la emoción, llegó a su fin el paso fugaz de un artista que logra la perfecta alquimia entre talento y esfuerzo, exquisitez y popularidad, y el más alto rigor musical y el carisma que muchos colegas quisieran pero que muy pocos poseen.

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