2 de julio 2013 - 00:00

Kusama: el secreto de la eterna contemporaneidad

A los 84 años, Yayoi Kusama es la mejor teórica de su obra, pero no vino a Buenos Aires. Vive y trabaja por decisión propia en una clínica psiquiátrica desde el año 1977, cuando luego de conquistar Nueva York sintió que su equilibrio mental tambaleaba y decidió regresar a Japón.
A los 84 años, Yayoi Kusama es la mejor teórica de su obra, pero no vino a Buenos Aires. Vive y trabaja por decisión propia en una clínica psiquiátrica desde el año 1977, cuando luego de conquistar Nueva York sintió que su equilibrio mental tambaleaba y decidió regresar a Japón.
En el Malba, como a veces en Hollywood, el arte de la japonesa Yayoi Kusama se abre hacia un universo de espejismos que logra dejar atrás la vida real. La exhibición ha logrado convocar multitudes y captura la atención desde la calle. Un día antes de la inauguración, los árboles que rodean el Museo amanecieron con los troncos rojos salpicados de lunares blancos. "Obsesión infinita", título de la muestra, destaca su característica fundamental, el leit motiv reiterado desde el principio al fin del recorrido. La fachada del Malba, las puertas de ingreso, las escalinatas, el ascensor, están tapizados con lunares rojos. Entretanto, la pintura del lobby, el "Rompecabezas" de De la Vega, cedió su lugar a unos coloridos cuadros plagados de puntos. A pesar de la insistente repetición de los lunares, puntos y falos, la imaginación de la artista no reconoce límites y su producción, todavía inagotable, más que agotar la mirada activa el placer retiniano.

La tesis curatorial de Philip Larratt-Smith, vicecurador en jefe de Malba, y de Frances Morris, curadora de la retrospectiva de Kusama en la Tate Modern de Londres, difiere de las recientes muestras dedicadas a la japonesa en el Centro Pompidou de París, el Museo Whitney de Nueva York y la Tate. Para comenzar, a sus 84 años, ella es la mejor teórica de su obra, pero no vino a Buenos Aires. Vive y trabaja por decisión propia en una clínica psiquiátrica desde el año 1977, cuando luego de conquistar Nueva York sintió que su equilibrio mental tambaleaba y decidió regresar a Japón.

Ella no está pero su imagen está presente y, a través de los textos de Larratt-Smith y de Morris, su voz de alguna manera se escucha. Así cobra sentido la dimensión filosófica de la obra y el énfasis de los curadores en la psicología del personaje. El bello rostro y el torso de un teatral autorretrato aparecen entre unas ramas, pintados de modo tribal con lunares verdes y rodeados por lunares rojos. Cuesta creer que este "Autoborramiento" fue realizado en 1967. Años más tarde, Kusama explicaría sus propósitos: "Mi deseo era predecir y estimar la infinitud de nuestro vasto universo con una acumulación de unidades de red, un negativo de puntos. Cuán profundo es el misterio de la infinidad que es infinita en el cosmos. Percibiendo ese infinito quería ver mi propia vida. Mi vida, un punto, es decir, una partícula entre millones de partículas. Fue en 1959 cuando presenté un manifiesto declarando que [mi arte] me borraba y borraba a los otros con el vacío de una red tejida con una acumulación astronómica de puntos".

El video "Caminata" (1966) abre la muestra. Kusama aparece con un kimono y una sombrilla, paseando por las calles de Nueva York sin su eterno maquillaje. Los curadores destacan el diálogo que entabla la artista entre la tradición japonesa, que nunca abandonó, y el arte moderno occidental del que fue pionera. De hecho, utilizó como una precursora, la fotografía y el video para documentar sus happenings y performances.

En la primera sala del Malba los breves dibujos de los tempranos años 50 revelan que pronto encontró su estilo. A fines de esa década, mientras estudiaba arte en Tokio descubrió las grandes flores de Georgia O'Keeffe y en 1957 se fue primero a Seattle y luego a Nueva York. Allí surgió la serie "Redes infinitas", unas inmensas pinturas de color neutro donde sustrae la materia para diseñar un punto que deja a la vista la tela. Los puntos y lunares se reiteran desde entonces, pero es preciso aclarar que vuelven a renacer con una asombrosa cualidad: su eterna contemporaneidad.

El mejor ejemplo de la sobrada capacidad para reinventar el mismo motivo (el punto) lo brinda la inmensa instalación "Sala de espejos del infinito - Plena del brillo de la vida", realizada en 2011. El espectador flota literalmente en la configuración artística. Sólo hay un camino y la travesía lo llevará por un espacio oscuro donde brillan como estrellas unas luces de colores (los puntos), multiplicadas al infinito, reflejadas en el agua del piso y en las paredes y el techo de espejos. "La habitación del Borramiento" (2002-2013) es una obra interactiva que ostenta el llamado espíritu del tiempo. Se trata de un cuarto blanco pensado para espectadores activos que, en el transcurso de la muestra, lo intervendrán con miles de lunares de colores que provee el Malba por expresa disposición de la artista.

En el exhaustivo catálogo que acompaña la exposición, la tarea de montaje de imágenes permite cotejar las obras realizadas en la década del 60 y sus derivaciones actuales. Así, el "Campo de falos" blancos de 1965 hoy revive con lunares rojos y una gracia recién ganada, como si el ayer no existiera, ni tampoco una existencia dura, signada por la neurosis. Y dicho sea de paso, los curadores le atribuyen a Kusama la maternidad de las esculturas blandas. En esta etapa surge la relación con el Pop. La artista modelaba las formas de sus obsesiones, el sexo y la comida, y los acumulaba sobre los objetos de la vida cotidiana, como una valija, un zapato o un bote. "Uso mis complejos y mis miedos como temas", reconoce la artista. Con el proceso de acumulación luchaba para doblegar el miedo.

Cuentan los curadores que a los galeristas les costaba vender estas obras, razón que impulsó a Kusama a gestionar y documentar su trabajo. En las vitrinas que exhibe el Malba figuran las portadas de los diarios, los testimonios de los excesos y alucinaciones, características de las obras de Kusama que se intensificaron cuando las trasladó a los espacios públicos. Están también los registros de las performances pacifistas en contra de la Guerra de Vietnam, las pintadas de lunares sobre los cuerpos desnudos de los jóvenes que la acompañan, la serie de orgías que acaban por agotar su energía y la devuelven a su tierra.

Todo podía haber terminado en un hospital para enfermos mentales. Pero Kusama continuó trabajando en Japón, y en 1993, el país que la había recibido con críticas a sus desbordes, la eligió para su envío a la Bienal de Venecia. Entonces sí, se convertiría en una celebridad, la artista más importante y más cotizada de Japón y acaso de Oriente.

Pero lo cierto es que la popularidad de Kusama alcanzó su apogeo cuando una lluvia de sus atractivos lunares de colores bañó los diseños de Louis Vuitton. "Kusama, empeñada siempre en la autopromoción, tiene un producto atractivo para todo el mundo, inmediatamente reconocible por su marca de estilo", afirma la curadora. Si bien la alianza con la moda y las características de espectáculo de las obras podrían alimentar prejuicios, la fuerza de la obsesión compulsiva es tan intensa que las dudas sobre el valor estético de los decorativos lunares se desvanecen al ingresar a la muestra. "Lo importante no es la locura sino el modo en que ella la maneja", aclaran casi a dúo los curadores.

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