Tras la cancelación intempestiva de Angela Gheorghiu y la inasistencia del director contratado, el teatro presentó una esplendorosa versión con puesta de Aníbal Lápiz y dirección de Mario Perusso.
Virginia Tola. No hay “Adriana Lecouvreur” posible sin una gran protagonista, y esta producción la tiene en la soprano santafesina de temperamento sólido, vocalidad generosa y refinamiento musical.
"Adriana Lecouvreur", la famosa ópera de Francesco Cilea, tuvo finalmente su regreso al Colón con un polémico prólogo de desplantes que indudablemente dio más visibilidad pública a este espectáculo. La renuncia de Angela Gheorghiu al protagónico puede haber motivado muchos pedidos de devolución del dinero de las localidades, pero -al menos en el estreno- el público mantuvo la expectativa y, luego de tantos vaivenes tormentosos, la producción llegó a buen puerto.
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Inspirada en el personaje real de la actriz Adrienne Lecouvreur (1692-1730) y basada en una pieza del prolífico dramaturgo y libretista Eugène Scribe -en colaboración con Ernest Legouvé-, la obra tiene un planteo lineal que admite pocas relecturas o traslaciones. Aníbal Lápiz, a cargo del bello vestuario y de la puesta en escena, se ciñe al texto y a una marcación simple, cuyo lema parece ser el de no introducir elementos molestos para el fluir de la música, pero sin caer en el extremo del estatismo. La escenografía de Christian Prego (una estructura fija que va mutando en su "revestimiento" por medio de telas, fondos y proyecciones) es estéticamente bella y funcional, y la delicada iluminación de Rubén Conde contribuye a crear los climas adecuados. En el tercer acto, Lidia Segni aporta una coreografía agradable.
Si hubiera que señalar un hallazgo de la puesta de Lápiz, habría que destacar el final, en el que sobre las últimas palabras de Adriana ("Ecco la luce / che mi seduce, / che mi sublima, / ultima e prima / luce d'amor") las luces de la sala se encienden tenuemente, para enfatizar la pertenencia de la artista (y de todo artista de la escena) a su ámbito natural, el teatro.
Por supuesto no hay "Adriana" posible sin una gran protagonista, y esta producción la tiene en la soprano santafesina Virginia Tola. Con inteligencia, Tola administra sus medios vocales y emocionales para llegar cómoda al clímax del final. Su temperamento, vocalidad generosa y refinamiento musical libre de amaneramientos son herramientas fundamentales para abordar uno de los papeles más difíciles del repertorio. A su lado, Leonardo Caimi compone a un Maurizio correcto aunque un poco desdibujado, que se va afianzando desde un comienzo un poco vacilante hasta un final más seguro. Más convincente es la Princesa de Bouillon de Nadia Krasteva, de voz suntuosa y presencia escénica. Alessandro Corbelli, extraordinario barítono que brilló en papeles cómicos de Mozart, Rossini y Donizetti, encarna a un Michonnet sensible, discreto y refinado. La dupla que integran Fernando Radó (Príncipe de Bouillon) y Sergio Spina (Abate de Chazeuil) no podría ser más eficaz en lo vocal y lo teatral, y es uno de los pilares de la producción. Oriana Favaro, Florencia Machado, Patricio Olivera y Fernando Grassi componen un cuarteto actoral y musicalmente perfecto.
En un repertorio que conoce en detalle, Mario Perusso (quien reemplaza al anunciado Francesco Ivan Ciampa) lleva a la Orquesta Estable con corrección, más allá de la flaqueza temporal de algunos vientos. En sus breves intervenciones el Coro Estable preparado por Miguel Martínez cumple con altura. Aunque el espectáculo es logrado en su conjunto, los tres intervalos de casi media hora (para una ópera de cerca de 140 minutos de duración) aletargan la función innecesariamente.
="Adriana Lecouvreur", ópera en cuatro actos. Música: F. Cilea. Libreto: A. Colautti. Puesta en escena: A. Lápiz. Coro Estable del T. C. (Dir.: M. Martínez). Orq. Estable del T. C. Dir.: M. Perusso (Teatro Colón, 14 de marzo).
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