26 de abril 2011 - 00:00

La belleza y su relación con la felicidad, según Goldstein

«La promesa de la felicidad», obra que da título a la muestra de pinturas de Gabriela Goldstein inspirada en la afirmación de Stendhal sobre que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad».
«La promesa de la felicidad», obra que da título a la muestra de pinturas de Gabriela Goldstein inspirada en la afirmación de Stendhal sobre que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad».
La exposición de pinturas de Gabriela Goldstein que en estos días exhibe la galería Ag, se titula «Promesa de felicidad», y da cuenta de la extensa búsqueda de la artista en pos de ese don. «La belleza es la expresión de una cierta manera habitual de buscar la felicidad; las pasiones son la manera accidental», escribió Sthendal en su «Historia de la pintura en Italia». En «El pintor de la vida moderna», Charles Baudelaire señalaba que la definición de Sthendal, cuando afirma que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad», «sobrepasa el objetivo; somete lo bello al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja con demasiada ligereza lo bello de su carácter aristocrático; pero tiene el gran mérito de alejarse decididamente del error de los académicos».

Por su parte, las pinturas de Goldstein oscilan, ambivalentes, entre la figuración y la abstracción, y no eluden el gesto expresionista de su generación. Los rasgos, propios de los años 80, delatan esa felicidad que provocó el renacer de la pintura luego de su anunciada muerte.

Así, la génesis de la pincelada de Goldstein, lúdica y despreocupada, se puede rastrear en esa década: ella se iniciaba en el oficio cuando los pintores que en los años 60 habían abandonado la pintura, porque el arte estaba en la vida, generaron al retomar los pinceles un clima de euforia. La alegría se potenció en la Argentina con el fin de la intolerancia social y política. La sociedad era libre y la pintura también era libre.

Pasarían varios años, sin embargo, para que caducara el decreto vanguardista que desterró la belleza de las obras de arte, para que los artistas, sin pudor, pudieran volver a mencionarla. Y junto a la belleza debía volver la felicidad, o, al menos, esa expectante e indefinida «promesa» de Stendhal. En el escenario internacional la pintura estaba en su apogeo, pero en la transvanguardia italiana y, sobre todo, en el neoexpresionismo alemán, predominaban las visiones sufrientes y en EE.UU. Jean Michael Basquiat parecía anunciar el drama.

Recién a fines de los años 90, Umberto Eco, Arthur Danto y Hal Foster consideraron la belleza como una materia digna de análisis.

En la Argentina, el catedrático José Fernández Vega sostiene en la actualidad que esa promesa de felicidad «tal vez se ha revelado excesiva», y agrega: «pero en la época del fin de todas las cosas, el arte podría convertirse en Lo contrario de la infelicidad», título de su último libro. Fernández Vega cita a W.G. Sebald, cuando aclara: «[.] la explicación de nuestra infelicidad personal o colectiva ofrece la experiencia de que, aunque sea a duras penas, puede lograrse todavía lo contrario de la infelicidad».

La posición de Sebald resulta positiva si se la coteja con la de Lucas Fragasso, autor del texto que bajo el título «La promesa imposible», le dedicó a la artista y presenta la muestra. «La promesa de felicidad que encierran las pinturas recuperan la Grazia a través del dolor de su formación y el esfuerzo de su trabajo», afirma Fragasso.

Virtuosismo

Entretanto, las grandes telas de Goldstein revelan su virtuosismo en el uso del color. Los verdes, los azules y una gama de rosados que va desde los casi plenamente blancos hasta los que se acercan al rojo, dominan el espacio pictórico. Hay un cuadro, «La promesa de felicidad», cuya superficie ofrece varios planos; en el centro de una marea verde azulada se divisa vagamente un dibujo cuyas líneas recuerdan las ventanas con rejas renacentistas. Ese rastro evanescente de una ruina arqueológica es un dispositivo que despierta la memoria del espectador.

Al indagar el modo en que la artista elabora las obras, Goldstein que es además arquitecta y psicoanalista, cuenta que traza planos sobre la tela en blanco, de modo arbitrario, aunque luego pinte flores. Pero, en rigor, su arbitrariedad es relativa, dado que esos planos brindan una solidez constructivista que engrandece las obras, cualquiera sea el tema.

En el año 2005 Goldstein publicó «La experiencia estética», un excelente texto donde habla de los efectos que provoca el arte en la vida de las personas, comenzando por Freud y Stendhal. Cuenta que el «síndrome de Stendhal» tuvo lugar en Florencia, donde el escritor se sintió abismado al enfrentar la belleza del arte, y el éxtasis le provocó un vahído. Desde el siglo XIX éste es el paradigma del «síntoma», más o menos intenso, que puede deparar una experiencia estética. «¿Por qué estremece nuestro goce la transitoriedad de lo bello?», se interroga la autora y explica el ingreso del tiempo como «un factor hiriente en la apreciación de lo bello», que condiciona la experiencia estética.

La lectura se torna tan grata como la visión de los cuadros que aspiran al movimiento, donde las rosas al caer o rodar por la superficie del cuadro, ponen en evidencia la transitoriedad, el auténtico límite a esta promesa.

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