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La competitividad: “No soy yo” (dólar), “sos vos” (inflación)
Enrique Szewach
Sin embargo, el problema luce mucho más complejo, ya que la aparente equivalencia no es tal. Me explico. La Argentina posconvertibilidad tuvo un salto brusco en el nivel de su tipo de cambio real, dado que la maxidevaluación inicial, por la recesión y el alto desempleo existente permitió un fuerte cambio de precios relativos a favor de los bienes comerciables y en contra de los servicios y el salario.
A medida que la economía se fue recuperando, de la mano de un extraordinario shock externo positivo, el tipo de cambio real, como no podía ser de otra manera ante un shock externo positivo, empezó a caer. Lentamente primero, hasta 2005, y más aceleradamente después, cuando se alcanzó el cuasi pleno empleo y el gasto público siguió cebando la demanda fuertemente, presionando sobre la tasa de inflación. Sin embargo, el tipo de cambio real multilateral, es decir tomando en cuenta no sólo la inflación local relevante sino la relación con los países con los que comerciamos, estuvo creciendo hasta el estallido de la crisis financiera en el tercer trimestre de 2008, porque los principales países con los que comerciamos fijaron metas de inflación y permitieron la revaluación nominal de sus monedas. En otras palabras, la caída local del tipo de cambio real la compensaba la revaluación de las otras monedas frente al dólar y al peso, sumado al aumento de los precios internacionales y del volumen de actividad.
La crisis financiera cambió bruscamente este escenario. Se fortaleció el dólar frente al resto de las monedas y se desplomaron los precios. Como la Argentina no aceleró su devaluación, temiendo acelerar aún más la inflación ante un escenario preelectoral, el tipo de cambio real multilateral cayó y el «ajuste» fue por recesión, lo que desaceleró también la tasa de inflación e incrementó el desempleo.
Superada la crisis, el mundo retomó, parcialmente, el «business as usual». Los precios de los commodities se recuperaron, y nuevamente se revalorizaron las monedas emergentes, en especial el real, ante el dólar y el peso. El tipo de cambio real multilateral, entonces, volvió a crecer recuperando lo perdido, y la economía argentina salió de la recesión, gracias también a la recuperación de la producción agrícola.
Para no complicar el relato he omitido el hecho de que este movimiento del tipo de cambio real multilateral se traduce en crecimiento económico interno, porque la mejor performance externa se «pesifica». Es decir, el sector privado transforma en pesos el sobrante de dólares. Cuando esto no sucede, como en 2008 y parte de 2009, el superávit comercial no es «reactivante» porque los dólares que entran por la ventanilla comercial salen por la de dolarización de los portafolios.
Dicho de otra manera, no basta con una lluvia de dólares derivada del superávit comercial para que la economía crezca. Esa lluvia de dólares se tiene que transformar en un granizo de pesos. El sector privado decide cuántos dólares netos vende, y el Banco Central «regula» el ritmo del crecimiento de la demanda, decidiendo cuántos pesos netos vuelca a la economía, y cuántos retira, colocando deuda de corto plazo.
Sobre este escenario, desde mediados del año pasado, el sector público siguió expandiendo el gasto, pese a que el ciclo ya se había dado vuelta, presionando aún más sobre la demanda. Y encima, sin recursos genuinos, porque se perdió el superávit fiscal, empezó a usar con más intensidad al Banco Central para financiarse. Esto, sumado a problemas en ciertos mercados, como el de la carne, llevó a la tasa de inflación a un nuevo ritmo de crecimiento, acelerando la caída del tipo de cambio real.
Una caída del tipo de cambio real local, que ya no es compensada por aumentos adicionales de los precios internacionales, relativamente estables, ni por revaluaciones más fuertes de las monedas regionales. Encima, la crisis de la Europa mediterránea debilitó el euro contra el dólar y el peso, ya que el Gobierno ancló el tipo de cambio como único intento por quebrar expectativas de inflación.
Y aquí surge el problema. Con una inflación del 20%-25% anual y cuasi pleno empleo, los costos están indexados. Si el resto de las monedas no se revalúan o los precios internacionales no siguen subiendo, los mayores costos en dólares, es decir la caída de la competitividad y de la rentabilidad, sólo puede compensarse con mayores volúmenes de producción. Más proteccionismo para ciertos sectores. O una devaluación nominal que no se traslade a precios. Esto es así porque aquí lo que importa es el nivel. Lo digo de otra manera. Si los costos unitarios han quedado altos en dólares, dados los precios internacionales y no aumenta el volumen o no se revalúan las monedas con las que comerciamos, la única forma de recuperar rentabilidad es que los costos caigan en dólares. Ello implica una devaluación que no se traslade a los precios internos.
Supongamos que, a partir de hoy, sacamos la foto. El mundo queda igual, y los precios y costos en la Argentina también y la inflación local, de aquí en más, es cero. El nivel del tipo de cambio real, por lo tanto, no cambia. Si era bajo ayer, seguirá bajo mañana. En síntesis, a menos que el resto de las monedas se revalúe contra el dólar o los precios internacionales de nuestros productos de venta sigan subiendo o se puedan compensar con volumen los mayores costos, si el tipo de cambio real de hoy «no sirve» estamos ante un problema de «nivel» que aun la necesaria baja de la tasa de inflación no puede solucionar. Si, por el contrario, todavía el tipo de cambio real «aguanta», pero preocupa su tendencia, entonces sí, una política antiinflacionaria seria ayudaría.


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